El movimiento indígena en Ecuador: sujeto social que genera un proyecto contrahegemónico

Francisco Hidalgo Flor
Especial para
*Gramsci e o Brasil*




“Indio solo es como hebra de poncho, que fácilmente se rompe;
a indios unidos, como poncho tejido, nadie podrá doblegar.”
Dolores Cacuango.


“… IBAN DELANTE NUESTROS PADRES…”

Miércoles 31 de Enero del 2001: cerca de ocho mil indígenas, que copan los locales de la Universidad Politécnica Salesiana, permanecen cercados por la Policía Nacional, que ha cortado los servicios de agua y energía eléctrica en las dependencias universitarias, es la respuesta del Gobierno de Noboa ante el Levantamiento Indígena que cumplen todas las organizaciones indígenas y campesinas del país, piden la derogatoria de las mas recientes medidas económicas, especialmente del incremento de los precios de los combustibles. Al mismo tiempo otros contingentes de indígenas, igual o mayormente masivos, estructurados en torno a comunas y cabildos indios mantienen cerradas las principales carreteras, durante cerca de una semana, en las principales vías de la serranía y la amazonía, todo lo cual refleja un alto nivel de convocatoria y movilización. En varias provincias en cumplimiento del Levantamiento Nacional convocado por todas las organizaciones indígenas y campesinas del Ecuador, que piden la derogatoria de las mas recientes medidas económicas, de estilo neoliberal, impuestas por el Gobierno de Gustavo Noboa, al mismo tiempo otros contingentes igual o mayormente masivos, estructurados en torno a comunas y cabildos indígenas mantienen cerradas las principales carreteras en diez provincias del país, principalmente de la serranía y amazonía, durante mas de una semana, lo que refleja un alto nivel de convocatoria y movilización. Las varias provincias se instalan los denominados Parlamentos de los Pueblos de cada jurisdicción, experiencias de un parlamento paralelo basado en delegados de organizaciones populares, iniciativa que empezó a cobrar protagonismo en el Levantamiento del año pasado; en dos provincias, Cotopaxi y Bolivar, estas asambleas populares toman posesión de las sedes de las Gobernaciones, y declaran destituido al funcionario designado por el Presidente, y ellos eligen en su reemplazo a uno de sus líderes. En la provincia de Tungurahua miles de campesinos toman el control del cerro de Pilisurco, donde se concentran las torres de retransmisión de los principales canales de television de alcance nacional.
Es la demostración de un movimiento popular que evidencia gran fortaleza y persistencia en una línea de acción directa y con una propuesta que interpela a toda la sociedad ecuatoriana desde sus demandas de pueblos pobres, de nacionalidades indígenas y portadores de una cultura ancestral muy valiosa.
Un año atrás, el 21 de Enero del 2000, la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, junto a fracciones de coroneles nacionalistas del ejército ecuatoriano y a movimientos sociales urbanos, en el marco de otro Levantamiento Nacional, se tomaron la sede del Congreso Nacional, instalaron el Parlamento de los Pueblos del Ecuador y proclamaron una Junta de Salvación Nacional, provocando el derrocamiento del Presidente de Jamil Mahuad, con los siguientes planteamientos:
“El Parlamento de los pueblos del Ecuador asume plenos poderes para decidir el nuevo rumbo de la patria: instauración de un Estado plurinacional, unitario, democrático, descentralizado, transparente y equitativo.”
Este intento de un gobierno indígena y nacionalista apenas dura unas cuantas horas, no logra prosperar por las presiones del imperialismo y las debilidades de estrategia que el movimiento presenta. Fue un hecho inédito y sorprendente para un mundo que a inicios del siglo XXI se muestra copado por un discurso único del libre mercado y gobernabilidad de las élites.
Después de aquella intentona de insurrección popular de masas, el movimiento indígena es objeto de manera persistente y reiterada, de una ofensiva por dividirlo, fraccionarlo, atizar las discrepancias en su interior, de campañas de desprestigio contra los dirigentes que participaron en la revuelta, de despolitizarlo y separarlo del resto del movimiento popular.
Desde los círculos de poder, del gobierno, de las fuerzas derechistas y sus medios de comunicación se insistió repetidamente que la dirigencia del movimiento indígena realizara una supuesta “autocrítica” pública de arrepentimiento por haber tenido la osadía de acceder al poder.
Fueron públicos y notorios los llamados para que el movimiento indígena se redujera a un perfil y una propuesta exclusivamente étnica, se asumieran unicamente como “minoría nacional” y desde esos espacios locales reclamaran las atenciones de obras para sus municipios.
Pero la revitalización del movimiento indio en Enero del 2001, que a un año del revés sufrido, vuelve a la acción directa, con una contundencia y energía notables, sobre la base de una demanda que recupera las necesidades del conjunto de la población ecuatoriana: la derogatoria de las medidas económicas, especialmente del incremento de los precios de los combustibles, el rechazo a la reforma tributaria, por la condonación de la deuda externa, demuestra una voluntad de resistencia realmente notables.
Este levantamiento significa una ratificación como un sujeto social con un proyecto propio, de profundo contenido contrahegemónico, con una sostenida conciencia política de participación directa. Se trata de un proceso de concientización paulatino y sostenido realmente masivo, pues son miles y miles de indígenas y campesinos que a lo largo de una década vienen movilizándose, con propuestas cada vez más audaces y cuestionadoras, así como de afirmación de sus identidades y valorizaciones.
Es un proceso por el cual el movimiento indio, a la par que se afirma en sus reivindicaciones locales y étnicas, asume una opción por el poder y representa al conjunto de los oprimidos y explotados.
Un proceso así solo puede ser apreciado reconociendo las raíces profundas que lo atraviesan, y que superan un simple vistazo de cinco o diez años, cuando en realidad viene desde siglos atrás, mas de quinientos años, que atraviesa por la permanencia de la identidad y organización comunal antes de la conquista española, durante las épocas duras de la colonia y la república, hasta las fases decisivas de los últimos años.
Ese recorrido puede ser analizado claramente como la constitución de sujeto social con una propuesta de cuestionamiento al poder imperante, que sacude las bases del dominio cultural e ideológico de los círculos burgueses ligados al imperio, y presiona por sacudir el pensamiento de la izquierda tradicional, y socava las bases de instituciones claves como las Fuerzas Armadas y la Iglesia.
A lo largo del siglo XX son momentos importantes aquellos de la lucha contra el dominio terrateniente, en los años 30 y 40, bajo el influjo de las organizaciones socialistas y comunistas, la expedición de las leyes de Reforma Agraria en los años 1964 y 1973, la incidencia del indigenismo y el terrigenismo en la cultura y la educación, la presencia de la Iglesia de los pobres, con Leonidas Proaño a la cabeza, a mediados de los 70, la reforma constitucional que reconoció el voto a los analfabetos en 1978, la promoción de la educación bilingüe, la constitución de la CONAIE con incorpora las propuestas de la multiculturalidad y plurinacionalidad, la concientización que alcanza el movimeinto de denuncia de 500 años de opresión en 1992 y la participación activa en las movilizaciones sociales por el derrocamiento del Presidente Bucaram.
Solo una exploración por ese largo camino, así sea muy sintética como es el caso del presente artículo, por los debates que provocó y las lecciones que arrancó, puede ayudarnos a tener una visión un poco mas completa del múltiple proceso para la constitución de este sujeto social, aún en fases de consolidación.

“… CON SUS PIES CARGADOS DE MEMORIA…”.

Las raíces de la vitalidad y persistencia del movimiento indígena ecuatoriano están, en primer lugar, en la extensión y profundidad de la organización en Comuna al interior de las poblaciones y territorios habitados por ellos.
La comuna, término que denomina a un grupo de indígenas que se organizan dentro de una localidad en torno a la tierra donde el grupo se desarrolla y que afirma rasgos de identidad entre ellos, reproduce la estructura de los ayllus o llactas. Con el dominio terrateniente republicano del siglo XIX los pueblos indios adoptan como estrategia un repliegue en torno a estas comunidades:
“… si quisiéramos definir el proyecto indio norandino en el siglo XIX hasta 1930, ese proyecto fue la comunalización, vale decir, el no reconocimiento al Estado criollo, la búsqueda permanente de eludir las relaciones con un Estado que no los reconoce como poder.”
Los indios multiplicaron notoriamente sus organizaciones comunales; su potencialidad radicó en constituirse en un modelo para aquellos indios que permanecían en las relaciones de hacienda, a los vagabundos, a los forasteros.
Para la mayoría de comuneros existe la visión de un pasado común, el sentimiento de que hay una raíz que los une e identifica como fabricantes de una cultura que le ha tocado asumir rasgos de la modernidad y que quizás por eso, aún se mantiene y cuyo mérito es precisamente ese, el reto de mantenerse a pesar del constante peligro de ser aniquilados. Una historia compartida es la que da lugar a la conservación de prácticas, de valores y sobre todo de un sentimiento de pertenencia a la comuna
En 1937 el Estado se ve obligado a aprobar una Ley de Comunas, a partir de ese momento su vigencia se mantiene y acrecienta, luego ante las leyes de Reforma Agraria los propios indígenas la adoptan como modalidad organizativa prioritaria, hasta el punto que a mediados de los años 80 sumaban cerca de 2500, extendidas en buena parte de la serranía. En la amazonia, a la par de la comuna, se desarrollan las Confederaciones de nacionalidades, con una gran capacidad de organización e incidencia social.
Esta organización comunal queda consolidada en la articulación de estas en los denominados cabildos. Las comunas de una misma zona geográfica, llámese parroquia o cantón, se agrupan entre sí en una instancia que las coordina, los mencionados cabildos, que son electos en asambleas que agrupan a las poblaciones comunales. A su vez estos cabildos se agrupan en torno a organizaciones a uniones regionales o provinciales . Por ejemplo, en la parroquia de Pinllo, en la provincia de Tungurahua, existen cuatro comunidades que todas juntas conforman el cabildo de la localidad, este a su vez mantiene conexiones con cuatro cabildos más, correspondientes a las parroquias de Ambatillo, de Constantino Fernandez, y de Augusto Martinez; estos cabildos a su vez se agrupan en la organización subregional Unión de Organizaciones Campesinas e Indígenas de Noroccidente de Tungurahua, que al involucrar a estos cuatro cabildos, y estos a cerca de treinta comunas, logra involucrar a un total de aproximadamente 12500 personas.
A su vez estas uniones subregionales se agrupan en torno a una instancia orgánica provincial, en este caso al Movimiento Indígena de Tungurahua - MIT -, el cual pertenece a la organización propia correspondiente a su etnia o nacionalidad, en este caso la Confederación de pueblos de la Nacionalidad Quichua del Ecuador, la Ecuarunari, la cual a su vez forma parte de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, CONAIE que reúne a doce organizaciones de doce nacionalidades y pueblos del Ecuador. Se trata de una auténtica red organizativa que cubre desde el nivel de base hasta la dirección nacional, sustentada en las formas de agrupamiento tradicionales de la población que toma en cuenta características productivas y culturales.
No se puede dejar de mencionar entre 1954 y 1985, producto de la propia lucha campesina y de la aplicación, aunque sea parcial, de las leyes de Reforma Agraria, se producen cambios significativos en la tenencia de la tierra en el Ecuador; en términos globales se pasa de una estructura agraria fuertemente concentrada en latifundios, a una que favorece la mediana propiedad, se redistribuyen algunas tierras a los campesinos y racionaliza la extensión de las grandes propiedades, eliminando a la par, las relaciones de servidumbre en ellas.

“… MILES DE VOLUNTADES, MILES…”

El segundo elemento fundamental en estas raices del movimiento indígena ecuatoriano está en la constitución autónoma de su organización regional y nacional, esto es que ellas no están ni controladas ni cooptadas por las clases dominantes. Las organizaciones regionales y nacionales indígenas, obedecen en buena medida, a la dinámica propia, social y política, del movimiento indio, y esa semilla viene de las primeras estructuras nacionales nacidas a mediados del siglo XX, especialmente con la Federación Ecuatoriana de Indios - FEI - y sus lìderes, donde destaca el rol de las mujeres.
La frase dio apertura a este artículo: “a los indios unidos, como poncho tejido, nadie podrá doblegar”, resume las enseñanzas de todo un siglo de luchas, desde las derrotas contra el dominio terrateniente republicano, en la época de García Moreno, hasta los primeros logros en la primera mitad del siglo XX, y es sintetizada por una de las pioneras y de las principales líderes de las organizaciones indígenas: Dolores Cacuango, quien nació en 1881 en la comunidad de Pesillo, en el cantón Cayambe, uno de los de mayor población indígena en la provincia de Pichincha. Esta líder concentra en su vida las características de los/as dirigentes que lucharon con enorme fuerza por abrir los caminos de la organización indígena con autonomía frente a los terratenientes y los grupos oligárquicos. En 1931 la humilde choza de Cacuango, junto a la de varias de sus vecinos de comunidad, es incendiada abusivamente por los patronos de la hacienda, ella y sus tres hijos son atropellados y expulsados de la hacienda, ella en lugar de amedrentarse, radicaliza su posición, promueve algunos levantamientos, forma parte de los líderes indígenas y campesinos, como Tránsito Amaguaña y Ambrosio Lasso, que en el año 1944 constituyen la Federación Ecuatoriana de Indios, FEI, con fuerte incidencia del Partido Comunista, constituyéndose en la primera organización propia de este sector, concebida como la estructura de un gremio campesino, tal cual establecen sus documentos fundantes:
“… corresponde a la FEI levantar la lucha por la reforma agraria, la liquidación del huasipungo y otras formas de servidumbre semifeudales.”
Las luchas que se desarrollan en torno a la Reforma Agraria, durante tres décadas, desde mediados de los años 30, fueron determinantes para sustentar la mencionada autonomía, pues confrontaron a la naciente organización indígena directamente con la médula del poder central: el pacto entre las burguesías criollas y los terratenientes herederos, mayoritariamente ligados a las actividades de importacion- exportación y especulativas. Confrontación realmente dura que implicó tomas de tierras, cercos de carreteras, levantamientos locales y regionales, que templó a los líderes en el enfrentamiento a los procesos por corromperlos y/o cooptarlos a los intereses de las clases dominantes. Esta etapa es clave para establecer las distancias necesarias, y garantizar una relativa autonomía del movimiento indígena ecuatoriana, frente a las versiones mas recalcitrantes del imperialismo y las oligarquías criollas.

“… TRAIAMOS EL PULSO DE LA SEMILLA LIBRE…”

El tercer elemento fundamental que confluye a consolidar estas raíces de la vitalidad y persistencia del movimiento indígena ecuatoriano, es el desarrollo de una corriente artística indigenista, o mejor llamada terrigenista, en especial en los campos de la literatura y la pintura, que rompe los moldes tradicionales del corte étnico-racista heredado de la Colonia e implementado desde la hegemonía burgués- terrateniente de principios de siglo.
Irrumpen con fuerza en el escenario intelectual una generación de artistas que condena lo establecido, en esta labor destacan obras con mucha creatividad y energía como la novela “Huasipungo”, de Jorge Icaza, y las colecciones “Huaycañan” y “Edad de la Ira” del pintor Osvaldo Guayasamin, que influyeron profundamente en la mente y el corazón de las jóvenes intelectualidades, rompiendo con las culturas tradicionales de segregación y menosprecio por todo aquello que tenga que ver con lo indio.
Icaza en sus obras sobre la cuestión indígena, “Huasipungo”, “Atrapados”, y “Huairipamushcas”, rompe con los moldes tradicionales, donde el indio es visto desde lejos y con distanciamientos, para incorporarlo como actor de primer orden, e intentando reflejar sus angustias y dolores. En estas obras “el tema que inquieta al narrador es un asunto de búsqueda de identidad”, de la construcción de las identidades culturales de los pueblos indios y mestizos.
Corresponde a Osvaldo Guayasamín, Eduardo Kingman, y Diógenes Paredes, como los mas destacados de toda una generación, trasladar al mundo de la pintura, con extraordinaria originalidad y creatividad, el drama de los pueblos indios del Ecuador, una de cuyas primeras concreciones vigorosas lo alcanza en la serie “Huacayñan” pintada entre 1945 y 1950, con ello aportan al descubrimiento del otro, en el ambiente de la intelectualidad urbana y mestiza, abre el mundo de la alteridad, y el reconocimiento de los valores de aquellos que son sojuzgados y oprimidos, permiten reconocer la propia estética e identidad de estos pueblos y naciones milenarios que permanecieron ocultados, abre los horizontes de un mundo distinto, aquel que fue sojuzgado por la espada y la cruz, durante más de quinientos años :
“soy conciente de que venimos de una cultura milenaria, alrededor de la cual se formó una civilización que alcanzó momentos de gran esplendor… cuando llegamos a comprender este universo, no se puede menos que sentir orgullo y admiración de que nuestro presente tenga raíces tan trascendentes.”
Es una acusación en toda la línea a una sociedad que durante cuatro siglos había explotado al indio, lo había humillado, reducido a un estrato subhumano, le había arrebatado su cultura, su fe, sus dioses, su tierra, sin entregarle nada o casi nada a cambio.
La obra de los intelectuales indigenistas se difunde como una tendencia contrahegemónica en las organizaciones sociales, en los políticos y científicos democráticos, abriendo mentes hacia uno de los aspectos claves en la constitución del sujeto social indígena: son herederos de una civilizacion distinta de aquella de la modernidad occidental, que ha pretendido pasar como la única y verdadera civilización.
Implica reconocer que ellos tienen percepciones del tiempo y el espacio igualmente válidas, y con formas vivenciales en comunidad superiores a las del indivualismo y la competencia propias del capitalismo.
Se trata de rescatar con admiración y orgullo, como expresa este notable pintor de ancestros indígenas y mestizos, esas cosmovisiones que vienen de las culturas originarias. La constatación y concientización de esta problemática, a la cual aportaron estos cambios culturales promovidos desde la literatura y la pintura, especialmente, abre nuevos caminos y pone en cuestión la ideología dominante de racismo, segregación, que reduce el tema de las culturas aborígenes a una preocupación folclórica.

“… FLAMEABA EL HARAPO DE NUESTRO GRITO, EN EL PALO MAS ALTO DEL AIRE …”.

La apertura a la participación política de los indígenas, con el reconocimiento del voto de los analfabetos, que en el Ecuador solo es aceptado en la Constitución de 1978, el impulso de la educación bilingüe, incorporando al quichua como idioma oficial, la consolidación de la denominada Iglesia de los pobres, con Monseñor Leonidas Proaño a la cabeza, que pone acento en el rescate de los elementos étnicos y culturales, a correspondencia con ello la constitución de nuevas organizaciones como la Ecuador Runacupac Riccharimui - Ecuarrunari -, la incidencia de medios de comunicación alternativos especialmente radiales ligados a esta corriente, marcan las bases de un nuevo momento que va definiendo los caracteres y los programas del movimiento indígena ecuatoriano, y el sujeto social que surge de él.
En este momento, mediados de los años setenta, se abre una brecha en la relación del movimiento indígena con los partidos de izquierda tradicionales, el Partido Comunista y el Partido Socialista, pues estos quedan mentalmente atados a una visión economicista y clasista en la percepción de las demandas, y no logran percibir la trascendencia de asumir los desafíos de reconocer la vitalidad y la fuerza de una perspectiva étnica y cultural; el mundo de las identidades y concepciones de mundos, distintos del esquematismo del llamado “socialismo real” de Europa Oriental.
Así la izquierda tradicional queda rezagada, pues se sostiene neciamente en la visión manualista y estrecha del marxismo, y pasa a ocupar un rol secundario en la relación con el movimiento indígena. En su lugar ganan protagonismo los nexos que establecen tanto los sectores eclesiales de base ligados a la Iglesia de los Pobres, así como las nacientes Organizaciones No Gubernamentales, ligados a la socialdemocracia europea que habían incorporado a su discurso elementos mas actuales de la antropología social y las criticas culturales al modernismo occidental, varias de ellas ligados a la socialdemocracia europea, aunque algunas de ellas portadoras de una tendencia reformista en el seno del movimiento social.
Pero sería un error percibir al nuevo discurso, que va naciendo al interior del movimiento indígena durante la década de los 80, como una consecuencia mecánica de estos influjos, cuando en verdad responde a una dialéctica múltiple: i) la mayor personalidad de las organizaciones indígenas, ellas se ven robustecidas con una estructura en la mayor parte de provincias del país, ii) la necesidad de dar respuesta a las amenazas de una ofensiva neoliberal en el campo que apuntan a una mayor pauperización de los productores agrícolas pequeños y medianos, así como dar pie atrás en los logros de la Reforma Agraria, y la privatización de los centros de acopio y de las aguas de riego, iii) el reconocimiento de las fortalezas de un discurso que va incorporando las visiones de identidad y diversidad, y la consolidación de una propuesta que cuestiona a la nación ecuatoriana en su conjunto a partir del reconocimiento del carácter plurinacional y multicultural del Ecuador. En este contexto se conforma la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador en Noviembre de 1986.
El momento de síntesis, que da cuerpo y fuerza a este nuevo estadio del movimiento indígena, que le permite reconocerse como un actor principal del acontecer social y político del Ecuador, que legitima a su organización nacional naciente, que sacude a todo el país con la fortaleza e innovación de sus planteamientos, que recupera las formas de luchas peculiares de este sector, es el Levantamiento Nacional de Junio de 1990, que propone al país una agenda de demandas, como las siguientes:
“ i) Declaración del Ecuador como Estado Plurinacional; ii) entrega de tierras y legalización de territorios de las nacionalidades indígenas; iii) solución a los problemas de agua y riego; iv) condonación de las deudas con Foderuma y en Banco Nacional de Fomento; v) entrega de recursos permanentes para la educación bilingüe …”
Estos planteamientos y la fuerza organizativa que representaban cayeron “como aguacero andino en tierra seca”. Sacaron el debate sobre el proyecto indio de las ataduras del “estado nación”, para mostrar la potencialidad de este proyecto en términos de la construcción de una sociedad plurinacional y pluricultural autogestionaria, a partir del paradigma comunitario andino; la riqueza y novedad de sus planteamientos cuestionaron de manera radical los fundamentos básicos de la nacionalidad ecuatoriana. Fue la primera vez que en el Ecuador el problema étnico es planteado directamente por el propio movimiento indio y no solamente por los intelectuales indigenistas, como aconteció en los años 30 y 40.
Un rol importante también desempeñaron las movilizaciones, los debates y el Levantamiento de 1992 para denunciar y condenar los 500 años de la brutal conquista de Europa, específicamente de España, sobre los pueblos y los territorios indígenas, esto permitio consolidar una conciencia de revalorización de las culturas aborígenes y de denuncia de las implicaciones del eurocentrismos y de los esquemas capitalistas de explotación y opresión.
Los levantamientos indígenas de 1990 y 1992 confirmaron la poderosa revitalización de los pueblos indios, que se opero en medio y a pesar de la modernización, demostraron la emergencia renovada de un pueblo antiguo que se contemporaniza para cuestionarlo todo. Se expresó como la critica radical a la modernidad capitalista, desde la experiencia milenaria y la fuerza moral de un pueblo oprimido que resiste.
Puso sobre el tapete la cuestión de la plurinacionalidad, tema insuficientemente tratado, en el que se expresaban de manera concentrada añejas esperanzas de territorio, autodeterminación, autonomía, participación en el sistema político, cambios en el tipo de Estado y en la relación con la sociedad mestiza.

“… CAMINÁBAMOS CON UN PONCHO DE LUZ
SOBRE LOS HOMBROS …”

Durante y después de estas demostraciones de consolidación del movimiento indígena, todos los ojos se centraron en ellos, los gobiernos nacionales y regionales, los partidos políticos, legales o no, socialcristianos y socialdemócratas, las agencias de cooperación internacional, los militares y la iglesia, católicos y evangelistas, los círculos intelectuales y culturales, recurrieron a sus relaciones pretéritas y presentes para incidir en este movimiento, que se mostraba revitalizado, con un discurso movilizador y una estructura orgánica fuerte.
El movimiento indígena en lo fundamental supero el embate, logró mantener durante el período 1995 - 2000, ejes claves de una importante autonomía y convertirse en el centro de procesos políticos importantes, no descendió a posiciones subordinadas frente a los círculos de poder oligárquico o imperial. Esto fue cardinal para consolidarse como un sujeto social con proyecto propio, condición indispensable para asumir esta característica.
La condición de sujetos social está determinada, según los estudios de Joge Lora, entre otros elementos porque ellos : “… sólo devienen en sujeto eficazmente transformador cuando adquieren conciencia política a través de la práctica, la lucha, la comprensión teórica y la calificación de las condiciones objetivas”. Concepto al cual cabe añadir también el expuesto por Alvaro Marquez - Fernandez: “… este sujeto histórico debe entenderse como una unidad de colectivos múltiples, orientados por finalidades e intereses plurales, cuya principal misión consiste en reunificar la escisión que produce la sociedad capitalista entre hombre abstracto y hombre concreto …”
Precisamente el proceso de consolidación del movimiento indígena ecuatoriano atraviesa, en primer lugar, en aquello de entenderse como la unidad de colectivos múltiples, no solo en su raíz organizativa de comunas y cabildos, sino como poblaciones con sus propios tiempos, que se afirma en cuanto se reconoce como lo que son: pueblos originarios, con sus propias culturas y concepciones de mundo; en segundo lugar, por su capacidad de transformarse en una presencia política cuestionadora, decisoria, cuya fortaleza reside específicamente en que da paso a un proceso de concientización política de masas.
¿Cuáles fueron esos elementos que permitieron consolidar al movimiento indígena como sujeto social con programa propio? La posibilidad de articular propuestas, accionar político, y las concepciones de mundo, en el marco de una corriente contrahegemónica, que logró motivar a otros sectores: jóvenes, maestros, ecologistas, movimientos de mujeres, militares nacionalistas, cristianos comprometidos con los pobres, marxistas consecuentes, intelectuales democráticos, sentando las bases para un nuevo bloque popular.
Son propuestas contrahegemónicas que estremecen al poder y sacuden a la izquierda tradicional.
Estremecen al poder: pues hablan de una economía solidaria, de un desarrollo social equitativo, hablan de un Estado plurinacional en oposición al Estado nacional centralizado y vertical, hablan de que los indios quieren participar directamente en el Gobierno, en el Estado.
Sacuden a la izquierda tradicional, pues cuestionan sus esquemas uniculturales y verticalistas, la multiculturalidad obliga a cambiar las concepciones de mundo que están presentes en el accionar social de las fuerzas del cambio y la transformación; la plurinacionalidad rompe el esquema el Estado único y centralizado; la democracia que ellos viven rompe las practicas de los líderes mesiánicos.
En esta década el movimiento indígena supo mantenerse firme y fiel al programa del Levantamiento de 1990, que cuestionaba y demandaba al estado oligárquico - burgués - dependiente en su bases fundamentales. Las demandas que dan fundamento a este nuevo momento de la organización indígena ecuatoriana apuntan al meollo del debate con los proyectos neoliberales: apoyo a la producción campesina de alimentos, la organización de la producción que atienda centralmente las necesidades humanas básicas; el reconocimiento de la plurinacionalidad del Estado, la implementación de procesos de participación popular con capacidad de decisión; el reconocimiento de la multiculturalidad, el respeto y el desarrollo de las culturas de los pueblos y naciones originarios.
Ensayaron mecanismos de expresión política propios, y no embarcarse de forma subordinada en partidos o fuerzas políticas ya existentes, eso fue la conformación del partido político Pachakutik, en alianza con otros movimientos sociales, y su participación en los procesos electorales nacionales y regionales, con resultados halagadores; lo cual a su vez abrió el debate sobre el rol de la presencia de líderes indígenas en el Poder Legislativo y en los municipios locales, en algunos de los cuales demostraron una importante capacidad administrativa, aunque no en todos.
Fue importante que esta presencia en las instancias estatales no implicara su reducción a los condicionamientos que imponía la participación en los cargos parlamentarios y municipales. Los sectores del poder pretendieron que el movimiento indígena, y los demás sectores populares, quedaran atados a las lógicas imperantes en el Poder Legislativo, así como las relaciones entre el poder central y los gobiernos locales donde participan o ejercen dirección. Sin embargo los incumplimientos constantes de los acuerdos suscritos por parte de los grupos de poder, asi como la constatación de viejas prácticas de corrupción para cooptar a los dirigentes ubicados en las dignidades alcanzadas, aportaron a mantener las distancias necesarias.
Las políticas hegemónicas de libre mercado, de reducción de las áreas sociales, de pérdida constante de la soberanía nacional, así como los intereses de las fracciones burguesas en el poder, principalmente ligadas a los grupos financieros - especulativos, mas interesadas en garantizarse condiciones de rentabilidad y enriquecimiento antes que dar cierta atención a los problemas del país, han sido obstáculos insalvables para armar una propuesta de pacto social que involucre seriamente la resolución de los problemas que aquejan a los sectores indígenas y campesinos. Es que también estos son problemas estructurales, con viejos antecedentes de exclusión y opresión, sobre los cuales se asienta el poder oligárquico existente.
Dar atención a las demandas profundas de los pueblos y naciones indígenas del Ecuador significa, sin lugar a dudas, transformaciones serias en las estructuras de poder económico y político imperantes, y a ello las elites en el poder no están dispuestas. Y aquello tampoco está en las agendas dictadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que a lo máximo que llegan son a propuestas de políticas focalizadas y no a temas estructurales.
Durante el período de consolidación del sujeto social indígena, 1994 - 2000, salta a la vista de toda la ciudadanía la fragilidad del poder de las oligarquías, que se muestra como tal precisamente porque existe una capacidad de movilización social que deja al descubierto la corrupción, el entreguismo, y la demagogia de los círculos gobernantes.
De enorme interés han sido los espacios de unidad desenvueltos en el campo de la organización “de los de abajo”, sobresalen las potencialidades de la articulación conjunta y de la acción directa de un bloque popular en constitución, y para ello van a ser determinantes los triunfos del NO en la Consulta de Noviembre de 1995, y las movilizaciones populares nacionales que precipitaron el derrocamiento de Bucaram. El pueblo aprendió que movilizándose podía destituir presidentes, y alterar el rumbo de políticas estatales.
En esta etapa se ensayan, dentro del campo popular, instancias orgánicas mas abiertas e ingeniosas, como por ejemplo el Congreso del Pueblo (1997 y 1999), el Parlamento de los pueblos del Ecuador (2000), o la Asamblea de los Pueblos y Trabajadores del Ecuador (2001).
Durante este tiempo profundizaron los planteamientos y programas, especialmente en los levantamientos de Marzo y Junio de 1999, en el denominado “Mandato Nacional de los Pueblos y las Nacionalidades Indígenas” en confrontación directa con la aplicación del modelo neoliberal que atacaba seriamente los intereses de los sectores indígenas, campesinos y en general los populares. En estas ocasiones: “por primera vez en la historia del Ecuador, un levantamiento y marcha indígena lideraba una protesta y negociación con el gobierno cuyos efectos tenían aplicación y vigencia nacional”.
Mientras en 1990 el tema fue la asunción de un protagonismo nacional y presentación de una demanda integral que incorporara la plurinacionalidad y multiculturalidad; en 1992 el asunto fue la denuncia del genocidio y la imposición cultural que implicó la conquista y sus secuelas durante quinientos años; en 1996 la participación política autónoma y la presencia directa en los organismos estatales; en 1997 la participación en la movilización social para destituir un Presidente corrupto, en 1999 el centro fue la denuncia contra las estructuras del poder oligárquico y la demanda de participación directa en la toma de decisiones gubernamentales, y la presentación de un mandato que involucraba al conjunto de los sectores populares.
El siguiente paso, acicateado por un contexto de fractura y pérdida de legitimidad del bloque de poder, era apenas una consecuencia lógica del proceso social y político vivido: el cuestionamiento a las tres funciones del Estado, la destitución del Presidente Mahuad, y la constitución de un gobierno en el que participaran directamente los indígenas, bajo una propuesta de gobierno anti- neoliberal.

“… Y EN LA FRENTE EL MANDATO DE LA TIERRA …”

El primer momento de síntesis y proyección de este sujeto social fue sin lugar a dudas el Levantamiento de Junio de 1990, el segundo momento, de consolidación y liderazgo nacional, es el levantamiento de Enero del 2000. El día 21 de aquel primer mes se produce la insurrección indígena - militar, acontecimiento clave en tiempos de cambio de siglo, cambio de milenio, con un país profundamente afectado por la peor crisis económica de los últimos 75 años. ¿ Fue la ultima revuelta popular del siglo XX, o fue la primera revuelta popular del siglo XXI ?, inquietud que atiende, mas que a las formas de medir los calendarios, a los conceptos y los mecanismos de acción implementados.
En verdad la insurrección indígena - militar tuvo de ambas, con un pie en el pasado y otro en el futuro - no en balde el escenario geográfico también esta marcado por la mitad del mundo - y recuperó una vieja consigna revolucionaria: la dualidad de poderes.
De nuevo trajo al sujeto social: los pueblos y nacionalidades indígenas, con una propuesta tanto de reivindicaciones económicas como de profundos cuestionamientos culturales, portadora de una concepción de mundo fuertemente andina y popular: la multiculturalidad y plurinacionalidad, totalmente distinta al eurocentrismo y la unicidad de la cultura occidental, y su concepción de la política.
Precisamente estos tres planteamientos: plurinacionalidad, multiculturalidad y equidad basada en desarrollos locales y regionales son los puntos que diferencian al programa del sujeto social indìgena de principios del siglo XXI, de aquel sujeto social campesino de mediados del siglo XX cuyo programa estaba centrado en la reforma agraria y la redistribución de la tenencia de la tierra, aunque es necesario indicar que lo segundo no deja de ser medular en las luchas actuales, no son lo ùnico. En cambio la plurinacionalidad aporta el debate con los conceptos anticuados del estado “único y centralizado” que es asumido acriticamente en Latinoamérica de las experiencias de la Europa central y del pacto socialdemócrata de la segunda post guerra mundial. La multiculturalidad aporta el debate con el monismo cultural eurocentrista, el cuestionamiento a la unicidad de la cultura occidental y la revalorización de las culturas originarias de los pueblos latinoamericanos. El desarrollo local y regional basado en la centralidad de la satisfacción de las necesidades humanas básicas, aporta el debate al consumismo, a los preceptos de las doctrinas de las supuestas “ventajas comparativas” en el marco de la aplicación de la globalización, y la articulación de la economía y la política en el diseño de las nuevas alternativas para la construcción de sociedades distintas en nuestros países.
De nuevo trajo las practicas de una democracia “desde abajo”, desde la comunidad centenaria, desde los cabildos indios, la preeminencia del comportamiento colectivo, de la solidaridad y el apoyo mutuo, la formas unitarias con amplia participación social, de presencia y acción directas.
La consolidación que alcanza esta también basada en la capacidad de grandes movilizaciones sociales, en una especie de aprendizaje político abierto de miles y miles de seres humanos, que durante estos años, de manera persistente se proclamaron en Levantamientos. Las condiciones sociales y políticas existentes en el Ecuador posibilitaron que cada uno de ellos fuera un proceso verdaderamente masivo, abierto y franco del quehacer político popular. Los miembros de la comuna discuten la participación o no en el Levantamiento, y luego de concluidos estos vuelven a sacar las lecciones de forma colectiva; los líderes locales pueden debatir abierta y reiteradamente en los cabildos locales o cantonales, los destinos del movimiento; en las acciones resueltas, como una toma de carreteras o las marchas hacia Quito, participa toda la comunidad: vienen a pie, o en tren, o en camionetas, traen consigo los alimentos, cultivados en las propias parcelas, vienen con la cocineta y el tanque de gas; vienen juntos, permanecen compactados en la “toma de Quito”, aun en las marchas multitudinarias no se disuelven, ni se dispersan, se mantienen cohesionados, y regresan juntos; al retornar a su zona vuelven a mantener esa vida colectiva;; respetan y aprecian mucho a sus dirigentes, la detención o prisión de uno de ellos les exacerba los ánimos y radicalizan la lucha.
Del pasado trajo los debates inconclusos: el problema del poder; los mecanismos para intentar ganar ventaja en la confrontación con el imperio y las oligarquías; las vías de la transición.
Desconfiaron de lo poco que existía de clase obrera, del sindicalismo y el antiimperialismo tradicionales, desestimaron sus advertencias y su participación - discurso anticuado, es verdad, pero con verdades enormes: lucha de clases y dominación imperial -, lo que dio lugar a comportamientos francamente ingenuos.
Su alianza con las fracciones militares fue extremadamente frágil, confiaron en unos generales que se asustaron al ver al pueblo movilizado y dieron pie atrás - aquellos creyeron que jugaban con títeres y salió en su lugar el genio del pueblo rebelde -, otros mas audaces, los capitanes y coroneles, pretendieron tomar su lugar, pero lo hicieron con precipitación y atemorizamiento.
Una gran lección obtuvo el movimiento indígena: no basta con destituir presidentes, los hilos del poder están más profundos: en las oligarquías que ese día no tuvieron empacho en amenazar con dividir al país, en la capacidad de mando del gran imperio, las órdenes y los mecanismos para aislarlos vinieron personalmente del Subsecretario para Sudamérica del Departamento de Estado de los Estados Unidos, en los grandes medios de comunicación que atizaron el racismo y el terror en las capas medias urbanas de Quito y Guayaquil.
En conclusión, este recorrido muy rápido por la trayectoria del movimiento indígena, creo que muestra a todas luces, tanto para los ojos del científico social, como los del líder político, o el dirigente social, que estamos frente a un sujeto social en toda la extensión del concepto, cuyos términos teóricos mas acertados podemos encontrarlos en los textos de Lora y Marquez- Fernandez ya citados.
Sujeto social consolidado, como creo que existen pocos actualmente el Latinoamérica, cuya dinámica fuerte proviene, en gran medida, por su fidelidad a si mismo, a la búsqueda de sus raíces, a sustentarse en las formas organizativas y políticas heredadas de sus ancestros, por su rebelión ante los dramas que les impone el capitalismo total: pobreza, desempleo, exclusión, racismo, segregación.
Antes de concluir es necesario mencionar procesos importantes en otros actores sociales del campo popular en el Ecuador, como la juventud, los movimientos de mujeres, ecológicos, el magisterio, los trabajadores de las empresas estatales, en confrontación al neoliberalismo, que aunque no alcanzan la magnitud, ni la trascendencia, del movimiento indígena, son relevantes.
La respuesta del Gobierno al mas reciente levantamiento es la declaratoria del estado de emergencia y establecer que el programa de medidas es inamovible. Contra estos pueblos indios del Ecuador, honestos y sinceros, habitantes milenarios de las zonas norandinas de la América del Sur, en estos dias de Enero del 2001 se alzan las voces de los representantes de las Cámaras de la Producción, de los Industriales y Comerciantes del principal puerto del país, Guayaquil, reclamando del Ejecutivo y de las Fuerzas Armadas que “tengan la hombría de imponer mano dura”, pues “el desarrollo del Ecuador no puede estar atado a una minoría nacional”.
En un país donde la concentración de la riqueza es escandalosa, el 10% mas rico de la población posee el 45% de la riqueza nacional, y el 10% mas pobre apenas alcanza al 0,7% de la riqueza; donde el eufemisticamente llamado “salvataje bancario”, que significa imponer al conjunto de la sociedad ecuatoriana el pago de la quiebra de los bancos privados, tiene el costo per-cápita mas alto de América Latina, por encima de aquellos procesos similares en México y Argentina, y que hasta el momento han implicado desembolsos por mas de 6.000 millones de dólares, esto es veinte veces mas el presupuesto anual para la salud, y nueve veces mas aquel destinado a la educación.
Escandalosas diferencias sociales, estructuras de poder oligárquico que veinte años de neoliberalismo han consolidado, y contra esta situación es que se levantan con dignidad y fortaleza los pueblos y naciones indígenas del Ecuador, junto con los demas sectores explotados y excluidos, en un proceso continuo de resistencia, que también va dibujando los nuevos caminos para una sociedad de equidad, respeto y diversidad cultural.

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Francisco Hidalgo Flor é sociólogo, professor universitário e diretor da revista Espacios. As notas deste artigo podem ser obtidas com o autor.
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