Crisis del estado-nación y propuestas desde los movimientos populares

Francisco Hidalgo Flor

Especial para
*Gramsci e o Brasil*




Uno de los temas cardinales en el debate de inicios del siglo XXI para los movimientos populares, fuerzas alternativas y sectores de izquierda es la cuestión de la fragmentación del viejo estado-nación y los imaginarios sobre los cuales se construyen las propuestas de nuevas relaciones entre las clases, capas y etnias en torno a un proyecto de sociedad no-capitalista.
El estado-nación en el caso ecuatoriano, como en buena parte de los países latinoamericanos, se construyó a fines del siglo XIX e inicios del XX, jalonado por las reformas de la naciente burguesía, circunscrita a los límites de la agro-exportación y el comercio internacional, se consolida con los procesos de urbanización acelerada de mediados del siglo y la propuesta de reforma social y educativa que se propone “civilizar” y “occidentalizar” a todos los pueblos y etnias en un solo y monolítico estado, expresado en el llamamiento de Benjamín Carrión: “nuestra obligación suprema: volver a tener patria”; y cuya consolidación parcial es alcanzada en la década de los sesenta y setenta con los procesos truncados de reforma agraria - 1964 y 1972 - y de industrialización vía sustitución de importaciones en los gobiernos desarrollistas de los setenta.
Endeble unidad social que hoy es socavada de manera múltiple; por un lado están las propias fuerzas oligárquicas que presionan por “subirse al tren rápido de la globalización”, dejando atrás cualquier tipo de control respecto de los capitales transnacionales; por otro lado las tendencias de las fracciones industriales para una rápida flexibilización que implica la derogatoria de las legislaciones de protección a los trabajadores directos del campo y la ciudad, y el abandono de los sectores básicos de bienestar y seguridad social; y en tercer lugar, las tendencias de descentralización y autonomías regionales ante la franca evidencia del renunciamiento estatal a verdaderas políticas de desarrollo nacional.
Hoy el estado-nación va quedando mas como fachada que pretende ocultar el rol cada vez mayor de los organismos de control mundial - Fondo Monetario y/o Banco Mundial - y su situación de quiebra se refleja en sectores claves como salud y educación: centros hospitalarios practicamente abandonados con presupuestos que apenas si alcanzan para pagar mal y a destiempo al escaso personal de salud que aun sobrevive; escuelas y colegios que van pasando a manos de municipios y juntas parroquiales, con profesores cuyos salarios son cancelados la mitad en especies y con cuotas de padres de familia, incapacitados de cualquier innovación tecnológica y actualización de programas.
En buena parte esta debacle del estado-nación también se debe a que el sujeto llamado a construirla, la mítica burguesía nacional, prácticamente ha fallecido en el vértigo de la mundialización del capitalismo.
Ante esta quiebra del estado-nación los sectores oligárquicos, que siempre mantuvieron buenas relaciones con el imperio, responden con un pragmatismo y oportunismo descarado, y con cinismo reflexionan frente al enfermo agonizante: “si no hay torta para todos, por lo menos que haya para nosotros”, y así surgen a diestra y siniestra, especialmente desde las Cámaras de la Producción, propuestas por establecer “zonas de desarrollo especial”, que con desparpajo renuncian a mirar al país, a la nación como una integridad, y colocan todo el énfasis en un crecimiento unilateral de las regiones mas ricas en recursos e infraestructura, con el sueño de convertirlas en futuros enclaves - los nuevos “Hong Kong” del Pacífico sur occidental - que atraigan los capitales especulativos, las tecnologías cibernéticas y los centros de consumo de las elites.
Los movimientos populares y los sectores de izquierda de alguna manera se ven sorprendidos por esta situación y responden contradictoriamente, pues a la par que combaten a las clases sociales que lo han sustentado también en sus propuestas alternativas pareciera que añoran esa imagen de unidad nacional que presento el discurso de la burguesía criolla. Por ello las propuestas aun son dispersas, en unos casos se trata de una defensa cerrada del estado-nación ante la imparable globalización, en otros casos se presentan propuestas de una descentralización equitativa sustentada en procesos de autocentramiento regional, pero con un escenario aun difuso de sujetos sociales.

El peso del imaginario pacto socialdemócrata en el estado-nación

Con frecuencia en estas propuestas que se debaten en el campo popular, aquellas que precisamente aspiran a representar los intereses y las demandas de los de abajo, está aun presente, y con fuerza, aquella visión del estado-nación europeo, especialmente el del pacto socialdemócrata de la segunda postguerra mundial en Occidente.
Está viva la aspiración de aquel imaginario que exportaron las elites occidentales de un acuerdo entre el capital y los trabajadores, cuyo tronco es el pacto estado - sindicatos, que garantiza un reparto de la plusvalía de acuerdo a la estratificación de la división del trabajo, con el supuesto recuperación de lo mejor del capitalismo y del socialismo, para terminar siendo una nueva versión de los mismos mecanismos de dominación.
En el propio caso del Ecuador, si se analizan con algún detenimiento las propuestas de las organizaciones populares durante los últimos cinco años, por ejemplo el documento: “Mandato del pueblo ecuatoriano a través del Frente Patriótico” presentado en el mes de Febrero de 1997, en el marco de las movilizaciones que aportaron al derrocamiento del presidente Bucaram, es posible encontrar esa visión de un Estado que desde arriba redistribuye la riqueza, en asocio con una sociedad civil de gremios, y bajo un programa de estatizaciones, nacionalizaciones y protección de la industria local.
Y no es que haya reparos a un programa de nacionalizaciones, sino que en el imaginario de las propuestas que movilizan a los movimientos populares está mas presente aquel estado protector, desarrollista, antes que el poder popular basado en los colectivos de campesinos y proletarios que propugnaron en sus orígenes los procesos revolucionarios anti-capitalistas mas trascendentes del siglo XX.
Es razonable que ese imaginario persista, pues no solo la hegemonía insistió en aquello de la tercera vía, cuyo eje era precisamente el pacto socialdemócrata, sino también que la construcción del socialismo real en sus etapas finales de las décadas de los sesenta y setenta también era la de un estado único, centralizado, con grandes controles sobre la sociedad, pero sin un ejercicio real del poder popular y la democracia desde abajo.
Pero sostenerse hoy, a inicios del siglo XXI, en pleno proceso de mundialización del capital y de fragmentación del estado-nación, en aquella visión de un estado centralizado y unico, como el eje de las propuestas alternativas contemporáneas, es un grave error. Es pretender proyectarse al futuro con los instrumentos del pasado.
La evolución y consolidación del estado-nación tuvo su sustento en el hecho de que durante la mayor parte del siglo XX la realización de la ley del valor se mantuvo en los contextos nacionales, pero luego de la segunda post-guerra mundial esos limites fueron cediendo ante las nuevas condiciones creadas por un capitalismo transnacional y las derrotas del socialismo.
Junto a ello los cambios, o mejor dicho las regresiones sociales e históricas en el campo de los derechos civiles y humanos, generados por la imposición de un mercado total en el planeta, rompieron las garantías de asociación antiguas en sindicatos de fábrica y la negociación mediada por el estado.
Ahora el contexto de la acumulación se mundializa, da preeminencia a la transnacionalización de los capitales, a la explosión de los circuitos especulativos y volátiles, se organiza en zonas enclaves, que en su dinámica a la vez genera una polarización social y territorial. Esta evolución del capitalismo mundial va, cada vez más, unida a un proceso de periferización y exclusión igualmente mundializados.
Además el discurso del capitalismo de inicios del siglo XXI es el de un capitalismo cínico, que hace rato arrojó por la borda sus referencias hacia el interés general o el bien común, y de frente plantea que única preocupación es el bienestar de los circuitos capitalistas transnacionales.
Con el crecimiento de la globalización del capital también crece la corrupción de los circuitos gobernantes encargados del remate de los bienes públicos, del desmantelamiento de la protección social y nacional, que acorde a la calidad de las tareas enconmendadas a ellos, tienen más de filibusteros y mafiosos, que de estadistas nacionalistas, se acercan más a una especie de lumpenburguesía que a la mítica burguesía nacional.
Por ello es natural que en este escenario ganen protagonismo los Bucaram, los Mahuad, los Fujimori, cínicos y desvergonzados promotores de la dependencia total, de la sujeción absoluta, a la par que intentan amasar fortunas personales a base del negociado y de las migajas de las privatizaciones; son los aventajados discípulos del doble discurso: mientras hablan de labios para afuera de la búsqueda de consensos, de construir la gobernabilidad, por debajo promueven el saqueo de los recursos y agudizan la concentración de la riqueza.
La nueva situación descrita también motiva modificaciones en la composición social de los sectores populares, por ejemplo, se presenta una mayor dispersión de los segmentos de trabajadores directos, la propia organización de la clase obrera requiere modificarse para enfrentar la gran ofensiva del capital, a la par que se multiplican las capas de informales y marginados.
En varios países latinoamericanos, uno de ellos el Ecuador, los pueblos, etnias y nacionalidades indígenas ganan protagonismo, unen al discurso de las reivindicaciones sobre la tenencia de la tierra nuevas demandas respecto de la multiculturalidad y plurinacionalidad de nuestros países, se confrontan con los círculos gobernantes e incluso se plantean varios sectores una disputa real del poder, es decir, se convierten en auténticos sujetos sociales con una visión mas integral de la sociedad que requieren y demandan los oprimidos y excluidos de hoy.

Dejar que los muertos entierren a sus muertos... cuando el contenido desborda a la frase

Con frecuencia los sectores de izquierda, los partidarios de procesos de transformación de las estructuras de poder del capitalismo, se han enfrentado a condiciones históricas novedosas, que parecieran rebasarles, superarles ante sus discursos, y son estos contextos desafiantes precisamente los que ponen a prueba ese carácter revolucionario que se proclama, ese carácter de rupturas y de irreverencia ante lo establecido.
Contextos de desafío son los actuales, como lo fueron a inicios del siglo XX con la consolidación de los imperialismos y los estado-nación, o también aquellos de mitad del siglo XIX con la primera oleada del movimiento obrero.
Entre 1845 y 1855 en los países capitalistas del centro emerge una multiplicidad de revueltas y revoluciones impulsadas por los emergentes movimientos proletarios que logran aglutinar en torno suyo a variados sectores de los empobrecidos y explotados. La obra de Carlos Marx está fuertemente incidida y demanda por dichos movimientos y los procesos que desencadenan, ello motiva a los revolucionarios de la época a acelerar textos, teorías e interpretaciones, para dar cuenta de los nuevos procesos que se gestan.
Una de esas obras es el Dieciocho Brumario y precisamente en las primeras páginas, a manera de vistazo general del juego de contradicciones y desafíos a enfrentar, no sólo de interpretación de las clases y fuerzas en confrontación sino también de la construcción de la teoría revolucionaria , de las categorías, conceptos e ideas, a partir de las cuales proyectar e incidir en el propio movimiento obrero en auge, Marx exclama:
… la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y precisamente cuando estos parecen disponerse a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en éstas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado.
Toda aquella introducción es un llamamiento a asumir la complejidad, los desafíos, las rupturas de los nuevos contenidos, y a no caer en el error de quedar atados a las interpretaciones del pasado, de los acontecimientos y respuestas del pretérito, sino a adoptar el compromiso de crear lo nuevo. Es más, en el mismo texto, Marx se desespera ante las limitaciones evidentes de los movimientos obreros de su tiempo, que parecen, dice : “interrumpirse continuamente en su propia marcha”, vuelven sobre los mismos errores, parecen tropezarse en sus mismos pies.
Establece una crucial diferencia entre el discurso de la etapa revolucionaria de la burguesía decimononica, con aquel que corresponde construir al proletariado emergente; mientras para los primeros la necesidad es ocultar el contenido burguesamente limitado de sus luchas, para los segundos la demanda es cobrar conciencia de sus propios contenidos. Es la nueva escena histórica la que demanda de un nuevo discurso, de una puesta al día de la teoría revolucionaria, y la revolución social, dice Marx, debe sacar su poesía del porvenir y no del pasado.
Es la dura relación dialéctica con el pasado, por un lado el inevitable recurso de recurrir a él, de alimentarse de la historia, de asumir y aprender de los elementos esenciales de sus debates fundamentales, pero al mismo tiempo no quedar atrapado en él, atado a sus palabras y conceptos, sino ser capaces de expresar una nueva síntesis: “dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allá, la frase desbordaba el contenido; acá, el contenido desborda a la frase.”
Pero cabe tener cuidado de caer en una interpretación de glorificar al presente por ser presente, renunciando a sus conexiones con el pasado y con el futuro, es decir renunciando a construir un discurso histórico, cual es la pretensión de los posmodernos más conservadores. El renunciamiento a los muertos es para asumir los nuevos contenidos y no para quedarse sin contenidos y por ende sin discurso ni propuestas propias.

Hacia una nueva politización del movimiento popular

Los destinos de una transformación social que logre superar al capitalismo, que siente las bases de una auténtica emancipación humana de las diversas formas de dominio, opresión y explotación, atraviesa necesariamente por el robustecimiento, por la presencia vital e innovadora de los movimientos populares.
La posibilidad de construir sujetos sociales capaces de asumir los nuevos retos requiere de instancias orgánicas que se vuelvan generadoras y catalizadoras de la formación social y política de los actores concretos que se presentan en el accionar contemporáneo.
Sin embargo, los movimientos populares latinoamericanos aún cargan con herencias muy pesadas que no permiten avanzar: el economicismo, el clientelismo, el caudillismo y el coyunturalismo, esto sucede especialmente en los movimientos urbanos provenientes de los viejos gremios, todo lo cual incide en un quehacer político que no logra dar cuenta de las nuevas situaciones.
El coyunturalismo, frecuentemente ligado al electoralismo, se caracteriza por absolutizar en la práctica de la organización popular los problemas y los temas de la situación inmediata, del “día a día”, e impide construir una agenda propia y de largo plazo.
En las organizaciones populares persisten las viejas prácticas del caudillismo y el clientelismo, donde la opinión del dirigente máximo se vuelve ley, que asume todas las instancias de control, que no educa en las bases los elementos del quehacer político, que no enseña el valor de la democracia, que privilegia mantener pequeños espacios de poder, a cualquier precio, antes que una construcción de un poder popular desde abajo.
El economicismo viene de las viejas escuelas políticas que “manualizaron” al marxismo, despojándolo de su interpretación de la totalidad y de una crítica integral de la explotación y el dominio, para circunscribir las propuestas a un recetario de estatizaciones y nacionalizaciones de un “clasismo” estrecho.
Todo esto sin mencionar las incidencias desde los organismos ligados a las polìticas del Banco Mundial y el Fondo Monetario que incentivan el atomizamiento y la focalización de la organización popular, reduciéndolas a la renegociación de pequeños subsidios, y el renunciamiento expreso a cualquier pretensión de un quehacer político autónomo del movimiento popular, pero esto ya ingresa en los mecanismos abiertos de la hegemonía oficial, que merece otro tratamiento del aquí planteado.
En el marco de estos contextos del quehacer político real de las organizaciones sociales, es indispensable para los movimientos populares latinoamericanos superar estas tendencias limitantes, asumiendo el reto de fortalecer un pensamiento crítico contemporáneo, y de colocar como norte la aspiración integral de una auténtica emancipación humana.
Y es precisamente aquí donde, desde mi punto de vista, resulta trascendente recuperar las enseñanzas y reflexiones de aquel revolucionario italiano de mediados del siglo XX, Antonio Gramsci, de quien en este 2001 se conmemoran los 110 años de su nacimiento.
El pensamiento de Gramsci es el del estratega revolucionario del largo plazo, es aquel que mejor recupera aquella totalidad propia del marxismo, que conecta las demandas de una filosofía contemporánea de la emancipación con los sentidos comunes populares de resistencia y protesta, que plantea no solo la acumulación de fuerzas y poderes, sino también la construcción de la contrahegemonía, de una nueva hegemonía desde abajo.
Para Gramsci el quehacer político de los sectores populares no puede, ni debe, empantanarse en las pequeñas o grandes triquiñuelas propias de la forma de hacer política de las oligarquías, debe superar el inmediatismo y el pragmatismo para asumir la construcción de lo político como la edificación de una voluntad colectiva de liberación, intermediada por el encuentro entre la filosofía de la praxis y la economía socializada y equitativa.
La construcción de un nuevo estado atraviesa por la armazón de aquella nueva hegemonía, que de cuenta de la explotación, pero también de la alienación en el proceso de trabajo, y de la fetichización de la sociedad en torno a las mercancías y el dinero, que asuma las culturas y las filosofías populares en torno a un discurso crítico del poder.
Erigir una racionalidad propia del proyecto popular requiere alimentarla de una propuesta de humanización de la producción y de la reproducción de la vida social, que asuma los retos de un proceso de desconexión parcial del mercado mundial y de construcción económica autocentrada, que incorpore a las nuevas visiones alternativas la multiculturalidad, la plurinacionalidad, en un marco de equidad y democracia que atraviese todos los niveles sociales y políticos del nuevo poder.

______________

Francisco Hidalgo Flor, sociólogo equatoriano, é autor, entre outros, de Alternativas al neoliberalismo y bloque popular.
______________