Afganistán: la "hipocresía duradera" (¿ha terminado la guerra?)

Enrique Dussel
Especial para
*Gramsci e o Brasil*




Hipocresía procede del griego: de “hypó” (debajo) y de “krísis” (juicio). Es el acto propio del actor (ya que representa un papel que no es el propio en la vida cotidiana), del que esconde “debajo” (oculto) su propio “juicio”. En todo el affaire de Afganistán, incluyendo la manipulación de las cinco mil víctimas inocentes de New York (antes las que hay que solidarizarse con el dolor, de las que nadie puede alegrarse y menos manejarlas cínicamente para otros fines nunca mostrados públicamente, fines que permanecen por debajo ocultos, y de allí lo de “hipócrita”), hay diferentes niveles interpretativos que como espejos reflejan un sentido, pero dejan en la sombra muchos otros.
¡Afganistán! Tierra central en el Asia central. Alejandro llegó allí en el 328 a.C, en Ghasni (pocos kilómetros al Sur de Kabul). Los seleucidas griegos la ocuparon como provincia oriental (desde el 301 a.C). El budismo llegó a sus desiertos y montañas en el tiempo del rey hindú Asoka (272-231 a.C). Perteneció al reino de Baktriana (desde el 231 a.C). Fue el centro del imperio de Kushán o Kushanas (hasta el 227 d.C). Su primer rey conocido fue Kanishka I (2-23 d.C), simpatizante entusiasta del budismo. Los persas sasánidas ocuparon el territorio afgano durante quinientos años (226-750 d.C). La presencia del Islam es permanente en los últimos 1.250 años. Kabul fue siempre la “puerta” de la India, camino obligado de las caravanas de la India que iban hacia Persia, Bizancio o la China. No lejano de Samarkanda y Bújara, la tierra del filósofo Avicena. ¡”Centro geopolítico del Mundo antiguo”! ¡Región central del Asia central!
Ante la guerra que contemplamos atónitos y apesadumbrados diariamente, el intelectual guerrero Samuel Huntington pudiera hacernos creer que se trata de un El choque de civilizaciones, como de una Reconfiguración del orden mundial, siendo en realidad algo más simple y claro, pero cuyo sentido se encuentra encubierto por una maraña de argumentos y declaraciones puramente aparentes [1]. Henry Kissinger enseñó que la geopolítica no se inspira en buenas intenciones, sino en la defensa de los “intereses propios” (en este caso de los americanos del Norte).
Se nos inculca a diestra y siniestra que se trata de una “cruzada contra el terrorismo”, como si la CIA no fuera la maestra del terrorismo en Africa (contra Angola, por ejemplo) o en América Latina, incentivada desde 1954 (desde el golpe de estado contra Jacobo Arbenz), pasando por los “Contras” (terroristas contra el gobierno democrático de Nicaragua, que destituyeron al tirano Somoza educado en las escuelas militares del Norte) hasta el presente. Como si los terroristas hoy perseguidos en Afganistán no fueran los disciplinados “aprendices de mago” de esa misma escuela (es decir, pasan del uso como “inteligencia” de un Noriega en Panamá o de los grupos armados de los fundamentalistas islamistas contra la antigua URSS, para después encarcelarlos o destruirlos como terroristas cuando ya nos les sirven a sus “intereses”). “Terrorista” es, según la definición hoy vigente, el que atenta contra “nuestros intereses actuales”. Los terroristas de hoy se equivocan, entonces, porque no saben que “nuestros intereses” han cambiado, y permanecen tercamente sosteniendo “nuestras enseñanzas” de los “enemigos” de ayer, o, aún peor, pretenden descubrir nuevos “enemigos” (sus maestros de terrorismo de ayer).
Algunos opinan que Estados Unidos ha entrado en un laberinto sin salida (dicen los rusos, comparándola con su guerra de “baja tecnología” en Afganistán); otros piensan que no podrán salir victoriosos (porque ahora “se embarrarán” en un conflicto sin fin para lograr un gobierno estable); otros opinan que la próxima guerra de guerrillas les costará muchas vidas; otros aún piensan que nunca encontrarán a Osama Bin Laden y con ello no podrán presentar al villano de la película de cowboys; o que lo presentarán muerto y con ello fabricarán un mártir musulmán que será peor enemigo, como muerto heroico en el imaginario del pueblo humillado, que vivo; etcétera. Lo que no advierten esos vaticinadores es que la guerra, en principio, para los “intereses” acerca de los cuales habla Kissinger, ya ha cumplido su objetivo; la guerra ya ha terminado. Es decir, se ha logrado la victoria. ¿En qué consiste esa victoria? En haberse puesto bases, en haberse hecho presente el ejército norteamericano en el Norte de Afganistán, en “el centro del Asia central” para “siempre” (como reza el one dollar: novus ordo seculorum, para toda la eternidad). Me explico.
Estados Unidos, durante la Guerra Fría - así llamada por los productores de armas, no por los pueblos de Vietnam, Mozambique, Nicaragua, Kosovo o Afganistán, que la “sienten” bien caliente -, fue el baluarte del derecho internacional desde la ONU y otros organismos, para oponerse a la URSS. Desde 1989 ya no es más necesario esa política. Peter Spiro muestra como Estados Unidos se retira de, y se opone a todos los organismos internacionales (no pagaba las cuotas a la ONU, no apoya un Tribunal internacional [ICC], no firma el protocolo de Kyoto, no intenta redefinir el Banco Mundial y el FMI, se opone contra una efectiva fuerza internacional de Paz de la ONU, no aprueba la Ley de la Convención del Mar, ni la Convención de Diversidad Biológica, etc.) [2].
El mismo millonario filantrópico George Soros, que no puede ser criticado de izquierdista, indica la necesidad de las instituciones internacionales para evitar la futura gran crisis global financiera que anuncia, pero encuentra que Estados Unidos es hoy el enemigo principal de tales medidas e instituciones políticas globales [3]. Soros llama a la doctrina del norteamericano aislacionista el nuevo “fundamentalismo de mercado” (market fundamentalism), al que pertenece ciertamente el equipo de G.W.Bush [4]. Propone, en oposición a la política actual exterior norteamericana, una “Alianza de los Estados democráticos” de toda la tierra. Debo reconocer que paradójicamente la obra de Soros es mucho más interesante, agresiva y realista que la visión postmoderna de Hardt-Negri [5].
En efecto, si consideramos aunque sea superficialmente los últimos tres conflictos armados, podemos ver que hay un creciente “aislacionismo”, o un aumento de autonomía en el obrar de Estados Unidos. En la Guerra del Golfo se obró con el apoyo de la ONU, de la OTAN, y de los países árabes y de muchos del Tercer Mundo. En la Guerra de Kosovo, sólo se contó con la OTAN. En la Guerra de Afganistán se decidió y se operó solo. No hubo necesidad de ninguna colaboración efectiva de nadie fuera del ejército norteamericano (el apoyo de Blair, con los soldados ingleses o de los alemanes, etc., son puramente simbólicos). Puede entonces confirmarse una vez más las hipótesis de la política de los “new sovereigntists” de Spiro y del “fundamentalismo de mercado” de Soros.
Pero, al final y estratégicamente, ¿qué se ha intentado en estas tres guerras? Siempre un mismo objetivo: la expansión global de su presencia militar - como garantía de la expansión del mercado global con especial referencia a la fuente principal de energía: el petróleo -. Por ello, podemos concluir que Estados Unidos ya ha ganado la Guerra de Afganistán, como ganó la Guerra del Golfo aún dejando en el poder a Hussein - que para nada puede ya oponerse a sus “intereses” -. Mi hipótesis es la siguiente.
Las cinco mil víctimas neoyorquinas del atentado, triste y repugnante precio de la irracionalidad terrorista (que condenamos), y los miles de civiles muertos por las bombas y posteriormente de hambre, desnutrición, empobrecimiento, mutuas venganzas entre los afganos, etc., triste y repugnante precio de la irracionalidad contraria (del “fundamentalismo de mercado”, de la derecha fundamentalista cristiana norteamericana, de los estrategas del Pentágono, porque las cosas pudieron haberse desarrollado de otra manera, pero en ese caso no se hubiera logrado el cumplimiento de los “intereses” estratégicos, que son protegidos al “poner el pie” junto al 80% de las reservas de petróleo de la humanidad, que se encuentra a pocos miles de kilómetros a la redonda de Afganistán, limítrofe con la antigua URSS, con la China y cerca de la India: es decir, el centro geopolítico militar y energético no sólo del Asia sino de la humanidad en su totalidad), son la justificación aparante y el costo de una ocupación geopolítica decidida de antemano como cumplimiento de “intereses” no confesados.
Por todo ello protesto contra el uso hipócrita del dolor del pueblo neoyorkino para lanzar una guerra desde hace tiempo planeada, pero que cinco mil víctimas permitieron derribar los muros que la cordura y la racionalidad impedían lanzar con tal destructora vehemencia. Se ha manipulado el dolor, el patriotismo, el espíritu del “Lejano Oeste” (“¡Tráiganmelo vivo o muerto!”) y otras motivaciones sanas, nobles, posibles, ocultando (de ahí lo hypó [debajo] de la hipo-cresía) los fines estratégicos, los “intereses” reales de la industria armamentista (los cientos de miles de millones dedicados por decisión del Congreso ahora a la producción de armas en tiempos posteriores a la “Guerra Fría” y otros planes siniestros, como el “escudo” antimisiles que protege al pueblo dominador y deja indemne a la humanidad restante) y en especial de los petroleros de Texas.
La Guerra del Golfo permitió a Estados Unidos imponer su presencia, para siempre, en Arabia Saudita (la “Tierra Santa” del Islam) y en Kuwait (en el centro del Medio Oriente petrolero). La Guerra de Kosovo, no dirigida por petroleros, situó en lugar secundario a la Rusia post-URSS (que no pudo ayudar a su aliado serbio, ortodoxo y eslavo) y movió a su voluntad a Europa con la OTAN. En la Guerra de Afganistán, que ya ha terminado estratégicamente, Estados Unidos tendrá bases en el Norte de Afganistán, para siempre, y sea cual sea el nuevo gobierno y su orientación le deberá al Pentágono el haber destruido al Talibán, es decir, le será dependiente y le permitirá pasar el gas y el petróleo de sus vecinos por su territorio, además de otros servicios eventuales en el futuro.
La humanidad, contra lo que opina I.Wallerstein en un Encuentro que tuvimos el año pasado en Luxemburgo, con Samir Amin, Pablo González Casanova y otros amigos - ya que piensa que Estados Unidos ha comenzado su decadencia -, debería quizá tomarse con cuidado las palabras de G.Soros e intentar una “Alianza de los Estados democráticos” para comenzar la lenta tarea de la construcción de instituciones internacionales y políticas eficaces globales. Los nuevos y antiguos, los micro (de M. Foucault) y los macro (de K. Marx) movimientos sociales, de los pueblos excluidos deben continuar sus tareas cotidianas de crítica, de acción solidaria, de organización local y global. El “Imperio” - sea el de Hardt-Negri o el de Soros - está por desgracia en plena salud... pero no hay que olvidar que “sus pies son de barro”. El “barro” es el hambre de los pueblos y su amor por la Vida. Aunque se nos quiera encaminar al suicidio colectivo (anti-ecológico y desvastadoramente liderado por el “fundamentalismo de mercado”) pensamos que ¡la Vida es más fuerte que la Muerte [6]!

México, 20 de noviembre de 2001

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Enrique Dussel é filósofo e professor de Ética.
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Notas

[1] Simon and Schuster, Nueva York, 1996. Digo “militar”, porque una de sus conclusiones finales es la de “mantener la superioridad tecnológica y militar de occidente sobre otras civilizaciones” (trad. cast., Piados, México, 2001, p. 374). Cuando escribe “occidente” debe leerse “Estados Unidos”.

[2] “The New Sovereigntists. American Exceptionalism and Its False Prophets”, en Foreign Affairs, vol. 79, Nr. 6, Nov.-Dec. 2000, pp. 9-15. Bradley y Goldsmith escriben en Harvard Law Review (1997) que “not only does the United States have the power to reject international regimes, but in many instances the federal goverment has a constitutional duty to reject them” (Spiro, p. 113).

[3] Open Society. Reforming Global Capitalism, PublicAffairs, New York, 2000, pp. 330 ss.

[4] “It may be a shocking thing to say, but the United States has become the geatest obstacle to establishing the rule of law in international affairs” (Op. cit., p. 333).

[5] Michael Hardt-Antonio Negri, Empire, Harvard University Press, 2000, donde el “Imperio” se volatiliza, el Estado se anarquiza, y el “ciudadano global” queda sin mediaciones políticas estratégicas.

[6] Véase mi Etica de la Liberación, Trotta, Madrid, 3ª. ed., 2000.