Argentina - Notas de fin de época: los caminos abiertos de la crisis

Daniel Campione

Especial para *Gramsci e o Brasil*




Durante el año 2001, Argentina venía asombrando al mundo, que se preguntaba como un país ‘tan rico’, podía caer en la quiebra financiera y la ruina económica, social, política y cultural. Los días 19 y 20 de diciembre, quedó inaugurada otra sorpresa, tan grande y más inesperada que la anterior: Miles de argentinos, lanzaban un gigantesco ‘basta’ contra quienes se habían propuesto escribir la historia del país reduciendo al mínimo (a la nada de ser factible) la iniciativa popular. Y en los días sucesivos, se fue comprobando que no se trataba de una revuelta tan furibunda como pasajera, sino del amanecer de un paisaje político diferente, en el que una parte sustantiva de las clases subalternas se han propuesto pasar a la ofensiva, lograr que la iniciativa cambie de manos, que el ‘abajo’ deje de ser el espectador de los atropellos de un ‘arriba’ cada vez más rico y minoritario, que la historia de la rebelión popular vuelva a comenzar, después de décadas de forzado sometimiento a las órdenes y los vetos del gran capital.
Las páginas que aquí siguen han sido escritas al calor de los sucesos, sin ser pensadas como una continuidad, sino como breves fragmentos de reflexión sobre un día a día cada vez más acelerado, en el que los moldes anteriores se rompían uno detrás de otro, en que asistimos y participamos en un gigantesco aprendizaje colectivo. Lo escrito no puede sino estar atravesado por la nerviosidad del relato periodístico y el fervor del espíritu militante. Confiamos en que estas características no impidan aportar algo a la comprensión inicial del más resonante fenómeno colectivo que produce la sociedad argentina en las últimas tres décadas.

De triunfos y usurpaciones (23 de deciembre de 2001)

Por primera vez en la historia argentina, un presidente de la Nación se va corrido por una pueblada. Una movilización por etapas, con predominio social de distintos sectores en cada una. Pero que tuvo rasgos sublimes, muy distintos entre sí, como la espontánea caminata entre ruidos de cacerolas para ir a sitiar al poder político en sus sedes formales o virtuales (Casa Rosada, la residencia presidencial de Olivos, la casa de Cavallo), o la valentía de los que enfrentaron a la policía durante horas en el centro porteño. Y resultados, en sí mismos, óptimos, como son el alejamiento del más persistente personero de la concentración capitalista sin límites, y uno de los mayores estafadores de la voluntad popular expresada en el voto: Cavallo y de la Rúa; por más que ahora se cierna la sombra de la malversación que el poder intenta siempre respecto de las irrupciones populares
Desde el momento mismo de los hechos, se procuró instigar balances perversos de la situación, desde los medios y otros sectores con poder. Se rebautizó ‘robos’ a los saqueos, se propuso la condena sin remisión a todo saqueador que se llevara algo que no fuera estrictamente comida (incluso bebidas alcohólicas, es sabido que el pobre debe ser abstemio para la moralina que los poderosos no creen ni practican, pero difunden para someter mejor) [1]. Se intentó y se intenta desvalorizar la valiente movilización del jueves 20, que no se arredró ni ante las balas de plomo, haciéndola aparecer como fruto de activistas de izquierda o de la derecha impresentable, o denigrándola por los saqueos ocurridos en su transcurso (que no fueron tan anárquicos, a juzgar porque símbolos del poder capitalista local y extranjero, como los bancos, Mc Donald’s y OCA fueron parte de los principales afectados) [2]. Se buscó también la introducción de una cuña entre trabajadores y ‘saqueadores’, llegando a exhibirse a empleados de supermercados atrincherados para la defensa de su ‘fuente de trabajo’, acaudillados nada menos que por Alfredo Coto, todo mezclado con el hipócrita lamento contra la ‘guerra de pobres contra pobres’ que en realidad se fomenta [3]. También hicieron lo suyo la Bonaerense y patotas no identificadas, sembrando rumores de saqueos hasta el límite del absurdo, para generar un clima de terror que cambia el eje, de la protesta contra la injusticia, a la defensa de la propiedad privada por escasa que ésta sea [4].
La otra cara fue la represión brutal, que embistió a las Madres con caballos, corrió a los manifestantes a balazos de plomo, secuestró a golpes a decenas de personas en plena calle mediante patotas de civil mezcladas en la multitud, y prodigó gases lacrimógenos a diestra y siniestra. Quedó demostrado una vez más, con singular contundencia, que la policía argentina (incluida en primer lugar la Federal, a menudo parcialmente disculpada por comentaristas ‘progre’) es una enorme banda de delincuentes, uniformados o no, con la peligrosidad adicional de tener armamento pesado a discreción y la aparente cobertura de legalidad estatal. La exigencia de justicia y castigo para la locura homicida desatada por los ‘servidores del orden’, deberá estar al frente entre los nuevos reclamos.
Como ante toda irrupción de la multitud, las fuerzas del sistema se mueven raudas para despojar al conjunto social del poder alcanzado, para ponerle límites a su avance primero, para hacer desaparecer el logro después.
Nada más expresivo en ese sentido que el ‘glorioso’ retorno del Partido Justicialista, en alas de un pronunciamiento masivo que se encargó expresamente de repudiarlo sin remisión, en el mismo nivel que al radicalismo (¡Que se vayan todos¡ ha sido el grito de guerra que los manifestantes dedicaron a los dirigentes políticos). Y la consecuente entronización en la presidencia provisoria de esa mezcla de caudillo paternalista y administrador eficiente, que ha acumulado en San Luis dieciocho años como gobernador y varios millones de dólares [5], y el nombramiento de un gabinete plagado de protagonistas secundarios del menemismo (y hasta alguno principal, como Carlos Grosso, cuya designación es en sí misma una provocación) [6]. Y luego elecciones con los nefastos ‘lemas’, la forma más eficaz de expropiar el voto popular y tapiar el surgimiento de nuevas opciones.
El peronismo ha decidido ignorar la crisis que afecta a toda la dirigencia, y apropiarse sin más del triunfo popular con un razonamiento tan falaz como simple: “El radicalismo fracasó, ahora es nuestro turno”, mientras hablan del ‘agotamiento del modelo’ y de la desocupación, como si el peronismo no hubiera gobernado en los últimos veinte años.
Con todo, el duelo por los muertos, la indignación por las manipulaciones mediáticas, la ira contra la usurpación no deben ocultar el que nos parece, por lejos, el saldo principal de las jornadas del 19 y 20 de diciembre: La movilización popular ganó la calle, y no cejó ni ante la violencia más desbocada. Los gases menudearon en la madrugada del miércoles, y la plaza volvió a hervir desde la mañana del jueves. Y ninguna carga policial bastó para aplacar a miles de hombres y mujeres, la mayoría jóvenes, que volvieron a avanzar una y otra vez, dispuestos a no conformarse con nada menos que la renuncia de De la Rúa, aún viendo caer heridos y muertos a su lado. Se inscribieron pequeñas épicas de la solidaridad y la organización popular, como la de los motoqueros y ciclistas que recorrieron sin parar el campo de batalla, hasta reunirse, hacia la noche, en la celebración de la victoria. La larga noche del temor desatado por la dictadura y remachado por la hiperinflación, el efecto paralizante de la depresión económica, fueron hechos a un lado para dar lugar a una actitud movilizada, valiente, jugada a la acción colectiva como vía para el cambio de una realidad hace tiempo insoportable. Podemos lamentar el antipoliticismo justificado pero demasiado abarcativo, y que puede tener el efecto de exculpar indirectamente a los verdaderos dueños del poder del cuestionamiento; o la reticencia a identificarse con cualquier organización (aun las no partidarias) de muchos de quienes participaron. Pero toda una etapa ha quedado atrás, se ha dibujado un punto de inflexión en la ofensiva de un cuarto de siglo del gran capital y la dirigencia política a su servicio. La ‘lucha de calles’ ha regresado, cerrando con telón rápido la supuesta era de la política mediática, de la administración gerencial de lo existente, de la proclamación del capitalismo como Dios y de una democracia parlamentaria cada vez más devaluada como su profeta. La movilización popular logró un gran triunfo, inédito en su modalidad y sus alcances en el país reciente.
La dirigencia política, los medios, el poder económico, trabajan sin pausa, desde el mismo jueves, para escamotear la victoria popular, o santificar únicamente la madrugada del miércoles, destacando su carácter pacífico, procurando enterrar en la imagen del ‘caos’ y el dolor por los muertos todo lo demás. De nuestra parte estará el consolidar este retorno a las calles, rechazar con firmeza todas las usurpaciones, e inscribir el 20 de diciembre como el auspicioso comienzo de una nueva era.
Como siempre, como en todas partes, la lucha continúa...

La protesta social ya no perdona (31 de deciembre 2001)

El ‘cacerolazo’ volvió a ser el factor detonante de la caída de otro gobierno, esta vez el ‘provisorio’ encabezado por Adolfo Rodríguez Saá. Cacerolazo que estuvo acompañado por hechos más localizados pero no menos significativos, como la quema de trenes en Plaza Once [7], o la batalla campal en las calles de Floresta [8], debido a la represión de la protesta por el inaudito asesinato de tres jóvenes en un minimercado del barrio.
No habría que perder de vista que el puntano cae por sus nombramientos desacertados, sus propuestas improvisadas en materia de medidas económicas, su incapacidad de dar alguna respuesta frente al ‘corralito’ bancario, y sus amagos de violar los acuerdos iniciales que lo llevaron al gobierno; pero también contribuyó la bajada de pulgar de sectores del poder y los medios frente a los anuncios ‘populistas’ tales como el aumento del salario mínimo, la posibilidad de restitución de los descuentos salariales o de liberación de las cuentas correspondientes a sueldos.
Ahora buena parte de la dirigencia política, y del poder económico, tratan de alejar el fantasma de unas elecciones que ya no le dan garantías a ninguno de los partidos del ‘sistema’ [9], ya que un mes más de crisis inmanejada podría pulverizar incluso las posibilidades electorales del justicialismo, y en ese caso sólo quedarían en pie las fuerzas de izquierda y centroizquierda, a las que el poder económico considera no ‘tolerables’, y que frente a la actual composición del parlamento y los gobiernos provinciales sólo podrían gobernar planteando una Asamblea Constituyente u otro instrumento de cambio radical de la institucionalidad vigente; vale decir mayor grado de enfrentamiento con los poderes que afrontan hoy una crisis orgánica de profundidad desconocida.
Todo parece dado para que la nueva Asamblea Legislativa designe a Eduardo Duhalde presidente, ya no por noventa días sino hasta diciembre de 2003. El ex vicepresidente y ex gobernador representa una mezcla de clientelismo reciclado, ideología ‘productivista’ cercana a la Unión Industrial y el Grupo Productivo, con el indigesto añadido de la vertiente más conservadora del peronismo (recuérdese sus campañas antidroga o las vedas para la actividad nocturna de los adolescentes). Un cocktail que tenderá a ser ampliado por alguna versión de ‘unidad nacional’ pluripartidaria y multisectorial, capaz de dibujar la posibilidad de una base social más amplia que la muy menguada que exhibió el más que efímero mandatario puntano.
Es de pensar, con todo, que la versión criolla del ‘fin de la historia’, la muerte de las ideologías y la reducción de la política a administración de lo existente y a espectáculo disfrazado de debate pluralista, ha quedado herida de muerte después de las jornadas del 19 y 20 de diciembre, y cualquier política de concertación no encontrará fácil el cumplir el propósito de neutralizar la movilización popular. La hora de la ofensiva impune de las clases dominantes ha tocado a su fin; y ahora ellas mismas se hallan desconcertadas y atravesadas por múltiples desacuerdos internos, agravados por la amenaza de un nuevo actor social, complejo y heterogéneo, mucho más amplio, en acto y en potencia, que la clase media preocupada por sus ahorros a la que algunos pretenden presentar como única portadora de los ‘cacerolazos’.
En estas condiciones es sustancial mantener y articular el espíritu de convocatoria popular permanente que se ha generado, pues de lo contrario los integrantes del bloque en el poder lanzarán, más temprano que tarde, alguna ‘solución’ que profundice la expropiación del ingreso futuro de las clases subalternas, se apropie de los ahorros capturados en el ‘corralito’, aleje la perspectiva de elecciones por lo menos hasta el 2003, y apunte a que la gente abandone la movilización, vuelva al encierro individualista, y descarte las perspectivas de acción autónoma que se insinuaron en los últimos días. Y eso se tratará de hacer aun cuando esas políticas sólo cierren con represión, tanto con el fin de imponer una nueva expropiación de los ingresos y las condiciones de vida populares, como, más importante quizás en el plano estratégico, la de ‘sacar’ a la gente de la calle, procurando volver al modelo de toma de decisiones del último cuarto de siglo, con el componente de ‘iniciativa popular’ reducido al mínimo, como viene ocurriendo desde 1983.
Que esto no ocurra depende en gran medida de que continúe, y gane en fuerza, organización y claridad en las reivindicaciones, el reclamo contra los beneficiarios de veinticinco años de concentración capitalista. Todo indica que esta historia renacida recién comienza.

Sudor frío sobre las espaldas del Poder (3 de enero de 2002)

Eduardo Duhalde es Presidente de Argentina. Eso sí, no lo es por imperio del sufragio popular, y sólo durará la mitad del período previsto en la Constitución Nacional.
Paradoja chocante: Quien perdió la presidencia en 1999 en elecciones libres, la conquista poco más de dos años después, sin necesidad de conseguir un solo voto ciudadano. Lo ‘coronan’ un cuarto de millar de legisladores, muchos de ellos ungidos a su vez a través de las elecciones más conflictivas de las celebradas de 1983 en adelante, las del voto a Clemente, el general San Martín y hasta Bin Laden [10].
El acuerdo alcanzado por los dos partidos mayoritarios, con algunos flecos del Frepaso como ‘cola de barrilete’, ha adoptado la escenografía, cara al empresariado y a la Iglesia, que se había soslayado para designar a Adolfo Rodríguez Saá: La de la ‘unión nacional, el acuerdo amplio que compromete a los partidos mayoritarios, a cambio de algunos cargos en el gabinete, y en el caso de la UCR, la gratificación de suprimir unas elecciones de resultados seguramente desalentadores. Allí talló Raúl Alfonsín, siempre dispuesto a colaborar en la imposición de las ‘soluciones’ más inmorales y antidemocráticas, eso sí, siempre en nombre de la democracia y la ética.
Esta vez, la mesa fue servida con cuasi unánime presencia de comensales: Una amplísima mayoría de los votos de la Asamblea Legislativa, y un gabinete con predominio peronista, pero algunas ‘incrustaciones’ de la oposición y la dirigencia empresaria tratan de allegar una imagen de consenso y base social amplia. Hasta el ARI estuvo a punto de sumarse, con la timidez de una anodina abstención, hasta que algún exabrupto peronista (o un análisis de último momento) lo condujeron al voto en contra [11].
Nada de esto alcanza para disimular del todo el rasgo fundamental del arreglo que se pergeñó: La supresión del recurso al sufragio popular para elegir al sucesor. Y con ella, la entronización de una ‘solución’ basada en el acuerdo de cúpulas, en el reflotamiento fantasmal de un bipartidismo que agoniza. Esto significa un retroceso respecto a las decisiones de la anterior Asamblea Legislativa que, aun conteniendo la trampa de la Ley de Lemas, por lo menos conservaba la instancia del voto popular [12]. Se argumenta que la legitimidad de origen está dada por las elecciones de octubre de 2001. Pero, como ya dijimos, la conducta de los votantes en ella habla más de una instancia de pérdida de legitimidad, que de adquisición de la misma.
Y Duhalde termina siendo el ‘hombre del momento’, justamente porque el fuerte rechazo que suscita en gran parte de la población lo convierte en un candidato improbable a la Presidencia ganada por vía del sufragio. Por eso es conveniente para él llegar por vía de esta peculiar ‘rosca’, aún a precio de comprometerse a la no presentación como candidato en el 2003.
Eso de cara a los enjuagues palaciegos. Pero en cuánto se vuelve la vista hacia los millones de argentinos que han estado inusualmente presentes en las calles del país en estos días, como colofón de un movimiento de protesta social que ya lleva una larga trayectoria de cortes de rutas y puebladas varias, la ‘solución Duhalde’ es difícil de empeorar. En tiempos de repudio colectivo y total a la dirigencia política, es ungido para la presidencia, sin el acuerdo de la población, uno de los representantes máximos de la misma: Vicepresidente y gobernador de Buenos Aires bajo Menem, defensor de La Bonaerense como la ‘mejor policía del mundo’, fautor de un entramado clientelístico nutrido de ‘plata negra’ y punzadas al presupuesto público; portador de un discurso conservador con rasgos de autoritarismo en materia moral y religiosa, cuya sinceridad, para colmo, es más que dudosa; dueño de cuantiosos bienes difíciles de poner en correlación con sus sueldos de funcionario, sus emolumentos como docente universitario o las ganancias de la inmobiliaria familiar de la que es titular. ¿Qué representa Duhalde en cuánto a programa económico-social? Es un cabal exponente del discurso del tipo ‘el modelo está agotado’, que sirve para enlazar la aceptación entusiasta del tiempo de su implantación y auge, con la crítica de la etapa de decadencia. En esto se aproxima, nada casualmente, a la lógica de las discrepancias que cursan al interior de las clases dominantes, cuando una fracción de ellas percibe que resiste mal la apertura a capitales y mercancías externas, al tiempo que sufre en carne propia parte de las superganancias de bancos y compañías privatizadas y las tropelías de los supermercados a la hora de comprar. Duhalde se pone entonces de parte de los productores contra los usureros, del capital nacional contra el foráneo, de la industria contra la especulación. En fin, todos los lugares comunes a los que acuden los conservadores cuando necesitan su cuota de populismo para tentar mantenerse en alto en la consideración ciudadana. De allí viene la ya prolongada entente con el Grupo Productivo, y últimamente con su líder Ignacio de Mendiguren, flamante titular de la cartera de Industria y Comercio Exterior.
Los sectores con poder en Argentina sienten hoy el regusto amargo de las dirigencias que agotan su capacidad de respuesta, que ven naufragar una tras otra sus herramientas tácticas, sin poseer otra estrategia que la de enriquecerse a como dé lugar, sin respetar ninguna norma ni ceder un ápice de sus utilidades. La otrora socorrida salida golpista es hoy imposible, y el desprestigio brutal de la ‘clase política’ ya ha llegado a un punto en que no puede sino desperdigarse sobre el poder económico, máxime si la ya decidida devaluación redunda en una ola inflacionaria, para que una vez más los ‘de abajo’ sean los máximos perdedores de la crisis [13].
Ni las cuitas coyunturales (el ‘corralito’ sobre los depósitos, la recesión interminable), ni el ansia de renovación económica, social, política y cultural que explota junto al hartazgo y la ira largo tiempo reprimida, parecen destinados a alcanzar ninguna satisfacción bajo el flamante primer mandatario. Ningún viraje decisivo puede esperarse del ‘humanismo’ o la generosidad de quiénes no pueden hoy distribuir nada sin chocar contra los muros del gran capital, del que reciben la parte principal de su precario aliento. ¿Escepticismo, pesimismo ilevantable? No. Queda la voluntad de terminar de revertir una relación de fuerzas que ha sido muy desfavorable durante demasiado tiempo a las clases subalternas. Queda ese retomar las calles, ese sonoro abandono del miedo y la indiferencia, que no alcanza todavía para dar vuelta la historia, pero sin duda ya hace correr sudor helado sobre muchas espaldas, hasta ahora acostumbradas a la fiesta corrida de la riqueza y el poder.

La fragilidad del que amenaza: el ‘abajo que se mueve’ y la impotencia del poder (29 de enero de 2002)

El proceso social y político de los últimos años, evidenciado (y acelerado) con las movilizaciones de diciembre último, ha marcado un punto de inflexión a largos años de miedo, de incitación exitosa a la pasividad y el individualismo, e hizo saltar la tapa a la gigantesca olla de presión del empobrecimiento generalizado, de los récords de desocupación, de las superganancias de sectores del gran capital, y del deterioro extremo de la representación política que convierte a la democracia parlamentaria en un simulacro en el que casi nadie cree.
Frente a esta nueva situación, la dirigencia argentina no parece tener un programa de acción claro, mas allá de actos de preservación de las superganancias presentes y futuras. Corren detrás de los acontecimientos, repitiendo el catecismo neoliberal, o variantes parciales del mismo que no pueden ni siquiera disimular que sus bases quedan en pie. No logran abandonar el campo de la defensa de sus intereses económico-corporativos. O bien proponen una ‘concertación’ a la que se le nota un vacío de contenido, expresado en que se dialoga allí con tirios y troyanos, desde banqueros a piqueteros, mientras prosigue el bloqueo de los depósitos bancarios, la caída por inanición financiera de los servicios estatales, la incapacidad para imponer cualquier control eficaz a las grandes empresas capitalistas.
Ninguna clase dominante puede aspirar a generar consenso más allá de sus límites en esas circunstancias. Ni siquiera puede lograr cohesión interna, como sí lo consiguió a comienzos de los 90’ para las privatizaciones y la desregulación, porque ya no hay beneficios de esa magnitud para repartir y dejar satisfecho al conjunto. El recurso a la fuerza aparece dibujado en el horizonte como el único procedimiento más o menos seguro a la hora de emprender la reconstrucción de algún orden compatible con el proceso de acumulación del gran capital.
Repetidas veces en los últimos días, funcionarios de gobierno, comenzando por el presidente Duhalde, han dicho que si Argentina no supera esta crisis, la espera la ‘guerra civil’ o un ‘baño de sangre entre hermanos’. Nadie aclara los términos de ese posible enfrentamiento bélico, quienes serían los potenciales rivales en choque, pero allí queda la sombría profecía, hecha con invariable aire atribulado, dejando flotar un elevado nivel de ambigüedad, muy apto a la hora de despertar miedos y prevenciones diversas en su forma, pero convergentes en su objetivo: desalentar el auge de movilización callejera, asambleas populares y ataques a los símbolos del poder político y económico, que hunde sus raíces en los años 90’ pero ha hecho eclosión a partir de diciembre de 2001.
La precede, en términos lógicos, la retórica de la ‘última oportunidad’. La sociedad argentina estaría jugando su última chance de construir un país con algún grado de bienestar económico, orden social y desarrollo cultural. ¿La última oportunidad para quién? Los estados nacionales no desaparecen ni ‘cierran’, y nada indica que Argentina vaya a ser anexada por algún país extranjero. Lo que se quiere indicar, nos parece, es que el sistema no tiene un recambio claro, y lo que hace es proyectar su propia impotencia al conjunto social: Con el radicalismo hundido en un merecido abismo, y unas oposiciones sistémicas que no parecen tener otro concepto de la acción política que el de la producción de denuncias judiciales y arengas parlamentarias de tono crítico, con los militares muy lejos de poder constituir una alternativa de gobierno, no se ve que podría proponer el sistema para el 2003 (o antes) si el gobierno Duhalde fracasa, todo en medio de una depresión económica de agudeza inusitada, y un colapso del entramado empresarial del capitalismo argentino. Tal vez alguna salida ‘berlusconiana’, tipo Mauricio Macri, pero pareciera que el talante social que predomina hoy en Argentina no ofrece perspectivas de mínimo consenso para tales aventuras [14].
La clase dominante asiste hoy a la aguda puesta en evidencia de todos sus niveles simultáneos de crisis: a) La de acumulación, manifiesta en la imposibilidad de salir de la recesión y en la dificultad estructural para alcanzar algo que no sea el juego de suma cero que siempre termina en la expropiación brutal de las clases subalternas; b) la de legitimidad demostrada en el brutal desprestigio de su dirigencia, c) la jurídico-institucional o de estado que hace que todos los mecanismos del aparato estatal (parlamento, poder judicial, administración pública) aparezcan al borde de la disolución y repudiados por la mayoría de la población.
Las cosas han llegado a ese estado de deterioro generalizado, de fluidez imprevisible, que los miembros del ‘partido del orden’ acostumbran llamar ‘caos’, y blandirlo como amenaza en épocas de crisis, y el pensamiento crítico ha solido denominar ‘crisis orgánica’. Un presidente designado sin votos reemplaza a un presidente votado, pero echado entre la repulsa de una mayoría social. Veinticinco años de ofensiva permanente del gran capital han recibido un parate, y se insinúa un fuerte contragolpe desde el campo de las clases subalternas.
La profecía del enfrentamiento cruento es, en sustancia, una amenaza, bastante sencilla de decodificar: Si no amaina la protesta social, si continúa el estado de movilización y asamblea permanente de vastos sectores populares, habrá toda la represión que sea necesaria para volver a los que protestan a sus casas, previo traslado de miles de ellos a la cárcel o al cementerio. Pero también es una confesión de impotencia y temor, frente a la perspectiva de perder las posiciones adquiridas y a la incapacidad de generar algún mecanismo eficaz de creación de consenso, siquiera negativo o pasivo, entre las clases subalternas.
Les queda, al menos eso piensan, la coerción, el uso o la amenaza de la fuerza. Y mientras la ponen en acto en dosis todavía limitadas, con una táctica de contención, enuncian la posibilidad del ‘baño de sangre’, que en Argentina despierta la resonancia ominosa de la re-edición del genocidio. Es muy probable que el presidente y los demás que repiten el sonsonete de la contienda civil, estén pensando que tal contingencia es ampliamente evitable, pero que el agitar el espantajo les resulta eficaz a la hora de llamar en tono dramático a la ‘unidad nacional’ y armar su enésima ‘concertación’, con empresarios, sindicalistas y cúpula eclesiástica, que esta vez necesita un poco más de operatividad, dado lo profundo de la crisis. Y desalentar por intimidación a la organización y movilización popular crecientes.
En tanto, el estado de movilización y autoconvocatoria permanente está obrando en el sentido de ‘expandir el horizonte de lo posible’ en profundidad y con rapidez. Se difunden consignas que hace sólo meses hubieran sonado de un atrevimiento insensato (nacionalización de la banca y de las empresas privatizadas, por ejemplo), se delinean nuevas alianzas entre sectores que antes apenas se visualizaban mutuamente, se plantean objetivos nuevos, se señala a enemigos antes escasamente o nada identificados. Está claro, además, que nada queda indemne, que dentro de la estructura de poder nada ni nadie está ‘a salvo’ del cuestionamiento radical. A la dirigencia política se le suman los bancos, la justicia, los medios de comunicación (que hasta hace poco se complacían de los elevados niveles de imagen y credibilidad que le daban las encuestas), las compañías de servicios públicos.
Al comenzar la efervescencia, muchos señalaron la potencial debilidad que implicaba la separación (y hasta el posible enfrentamiento) entre los trabajadores desocupados y los pobres, por un lado; y las capas medias afectadas en sus depósitos y la disponibilidad de sus salarios. La respuesta en la práctica fue la rápida aparición de iniciativas de solidaridad, y luego de convergencia entre ambos sectores y modalidades organizativas, con su pico mayor en la manifestación del 27 y 28 de enero.
La inarticulación de los ‘cacerolazos’ iniciales fue suplida en cuestión de días por las asambleas vecinales, a su vez rápidamente coordinadas en una ‘asamblea de asambleas’. Y la preocupación por el ‘corralito’ es sólo una, y no la principal, entre las demandas que se elevan y las cuestiones que se debaten en ellas. La democracia asamblearia, el crecimiento desde la base, la coordinación horizontal, que llevan ya años de trayectoria en los piquetes, aparecen ahora con una fuerza inusitada en ámbitos sociales no abarcados antes por ese fenómeno, y ponen en bancarrota definitiva los modos tradicionales de hacer política.
El 20 de diciembre marcó un giro trascendental, y puede vincularse al desarrollo de una ‘visión del mundo’ diferente en amplios sectores de la sociedad argentina. Sociedad victimizada desde su lugar en el capitalismo periférico, castigada por su ‘peligrosidad’ demostrada en los 70’, expuesta a un movimiento de trituración de avance gradual pero inexorable. Todo ha quedado hoy largamente en evidencia, pero la cadena de resistencia que convergió en los sucesos en torno al 20 de diciembre le agrega un nuevo componente que puede ser decisivo: La posibilidad de construir un contrapoder, de darles fuerza colectiva a reclamos no ya particulares sino de carácter universal. Y vuelve a vivirse, de modo ruidoso y combativo, en las calles, una acción política que comienza a retomar su sentido verdadero de disputa por la transformación de la sociedad, frente a la mera gestión de los intereses del gran capital que venía imponiéndose en los últimos años. La incógnita, en todo caso, es si el movimiento social alcanzará el grado de desarrollo y tendrá la perdurabilidad como para imponer un cambio profundo en la relación de fuerzas de nuestra sociedad. Si esto es así, los sectores de poder que agitan el fantasma del ‘enfrentamiento entre hermanos’ (o el del ‘retorno de la subversión’ como hace el ex ministro López Murphy para reclamar un gobierno de mano dura) quedarán faltos de sustentación, siquiera porque la mayoría de la sociedad habrá dejado definitivamente de considerar ‘hermano’ al otro bando [15].
En consonancia con la aceleración de los tiempos de la protesta social, es ostensible el crecimiento de posiciones de izquierda, expresadas en la radicalización de las consignas que antes mencionábamos, en el favor despertado por figuras como Luis Zamora, en el crecimiento de organizaciones sociales identificadas con esa tradición, como la CCC y una multiplicidad de otras más pequeñas y localizadas, pero con convocatoria nada despreciable. Las fuerzas políticas de esa orientación, en tanto, con sus vicios de arrastre y sus crisis recientes, tienen chances de mantener y aumentar sus niveles de militancia y adhesión en esta coyuntura. Tienen presencia en las asambleas vecinales, articulan con diversas organizaciones de pobres y desocupados. Sus dirigentes y militantes están viviendo una oportunidad invalorable de desplegar su acción en un campo social más amplio que el que venían teniendo durante décadas, en condiciones de terrible deterioro de las estructuras políticas que responden a la clase dominante. Pero todo ello no equivale de modo automático al avance de fuerzas de izquierda, y si éste se produce, nada garantiza que no sea neutralizado, ‘parlamentarizado’ en dirección a perder su radicalidad y a no desarrollar articulación efectiva con el movimiento social. Para evitar ese riesgo, las fuerzas de izquierda, tradicionales o nuevas, organizadas en forma de partido o no, deberán demostrar capacidad no ya para adaptarse, sino para contribuir al desarrollo de formas de organización y toma de decisiones que tienen poco en común con la tradición de las ‘orgánicas’, hijas de un centralismo con tendencia a sesgarse hacia el hegemonismo y el burocratismo, más que a estructurarse sobre la decisión democrática desde la base. Necesitarán fundirse con un espacio social que excede en enorme medida su ‘auditorio’ tradicional, por añadidura lleno de prevenciones frente a cualquier aspiración de liderazgo y a casi cualquier organización preexistente.
Como en todas las grandes oportunidades históricas, el arco de perspectivas que se abre es magnífico; al mismo tiempo que la capacidad de reflexión, la creatividad, el coraje intelectual y físico y el ‘arte’ político que se requiere para aprovecharlo en plenitud es difícil de alcanzar. Así de intrincados suelen ser los grandes desafíos.

Zonceras argentinas 2001, o el crecimiento de la inteligencia colectiva (1 de ebrero de 2002)

La pluma, muy discutible en sus contenidos, pero sumamente hábil, de Arturo Jauretche, creó la figura de la ‘zoncera’ (adjetivada ‘argentina’ para mejor filiarla): Medias verdades o mentiras completas, que repetidas y amplificadas por voces ‘autorizadas’ servían para remachar las relaciones de poder existentes [16]. En estos felizmente convulsionados días, la conjunción del repudio generalizado a una dirigencia política más que nefasta, con la voluntad de los dueños del poder de resolver en su favor la terrible crisis que vivimos, ha alumbrado, e intenta convertir en ‘zoncera’ de consumo masivo, lo que podría sintetizarse en la frase: “La culpa de todo la tienen los políticos”
Si algo ha caracterizado la prédica de la derecha argentina durante el período marcado por el derrumbe del gobierno de la Rúa y de la convertibilidad, ha sido la apuesta a acusar en bloque a la dirigencia política, erigiéndola en responsable principal de toda la crisis. Se exhibe una realidad muy visible, la de gobernantes corruptos, cargados de prebendas para sí mismos y para repartir, despreocupados de la opinión y los sentimientos de sus supuestos ‘representados’; pero se lo hace para escamotear otras lacras menos evidentes, pero quizás más dañinas.
Uno de los propósitos de la culpabilización exclusiva de la ‘clase política’ es más o menos transparente: Alejar la responsabilidad del campo de la empresa capitalista, de los ‘hombres de negocios’. El problema no serían las grandes empresas que ganan cientos de millones de dólares, sino lo que obtienen los políticos, en salarios y en corruptelas. A ello se añade que la deshonestidad en el manejo de los fondos públicos es mostrada como patrimonio de los funcionarios públicos y legisladores, y no de los lobbystas del gran capital que los ‘ablandan’ con comisiones non sanctas y favores variados, además de los ‘lavados’ y ‘fugas’ que muchas veces ni requieren la anuencia de una autoridad política, debiéndose a la pura ‘iniciativa privada’. Otro corolario del planteo: Convertir la situación, al ser resultado de la ineptitud y deshonestidad de los políticos, en un problema de ‘ejecución’ y no de la concepción de las políticas aplicadas, de la ideología y los intereses que las animan. Se tiende así a ‘desideologizar’ la falencia de esos dirigentes. No se les critica su reducción a meros administradores de una relación de fuerzas sociales que no piensan mínimamente en modificar, sino su falta de habilidad o convicción para realizar esa administración, a la que se erige en finalidad única de la acción estatal. Privatizaciones, apertura económica, flexibilidad laboral, serían medidas irreprochables en su concepción, y su realización indispensable para el ‘bien del país’. “La línea neoliberal es buena, pero ha caído en manos de gente inadecuada”, es la lectura que se pretende inducir.
En segundo lugar, se tiende a mantener la cuestión fiscal (vista del lado del gasto y no de los impuestos que lo solventan) en el lugar de problema excluyente, y allí el ‘gasto político’ aparece con un magnificado protagonismo. Cuando una cuestión es asignarle el alto valor simbólico que tiene al festín a costa del presupuesto público en medio del empobrecimiento general; y otra muy distinta barrer bajo la alfombra las pérdidas que ocasionan subsidios injustificables, concesiones monopólicas e incontroladas, comportamientos usurarios tolerados, los mecanismos de socialización de las pérdidas empresarias, etc. Del ‘gasto empresario’ nadie habla en el ámbito del pensamiento más o menos oficial, pero multiplica en varias veces el costo fiscal de los desaguisados de la ‘clase política’.
Un tercer objetivo aparece menos claro en su formulación pero más ominoso en sus proyecciones: Que el completo desprestigio de la dirigencia de los partidos del sistema abra las puertas para encarar el reemplazo, total o parcial, de esa dirigencia por algún otro tipo de elite de poder, en el que los saberes tecnocráticos, ahijados del gran capital, tomaran un lugar de privilegio y las organizaciones populares perdieran espacio y gravitación. No es pensable hoy (al menos en el futuro inmediato) un golpe militar, pero pueden armarse otros mecanismos para hacerlo. La propia designación extra-electoral de Duhalde, una ‘reforma’ que quite protagonismo a los partidos, la conformación de alguna ‘fuerza nueva’ que reemplace la dirigencia tradicional por algún empresario afortunado, en la línea de la Italia de Berlusconi (allí está Macri el Joven, que sueña cambiar la presidencia de su entidad deportiva por la de la República), o aún algún economista con ambiciones (como el autopostulado para ajustar y reprimir sin piedad, Ricardo López Murphy)
Hasta ahí el ‘antipoliticismo’ producido por el establishment, con pretensión de expandirlo hacia abajo, con pretensión de que sea esa la forma que adquiera la rebeldía popular. Pero hoy en Argentina campea con fuerza otro ángulo del cuestionamiento a la dirigencia, otro tipo de ‘antipolítica’, el que se realiza desde el pueblo movilizado y que da algunos indicios potentes de superación de las vallas que le coloca el discurso engañoso de los dueños del poder: La extensión a otras dirigencias (“escrache” a los bancos y a los medios de prensa, cacerolazo a la Corte Suprema, a dirigentes sindicales que juegan para el otro lado) hace que todo el andamiaje del poder quede aquejado de una falta de legitimidad que amenaza convertirse en una fisura estructural, mas allá de gobernantes y dirigentes partidarios [17]. Toda jerarquía basada en el manejo del capital y del poder, todo sistema de decisiones cerrado a la mirada pública o impermeable al sentir de las mayorías, el conjunto de los privilegios que atentan contra una noción básica de igualdad democrática caen rápidamente en la picota. Y en ese cuadro extendido, el cuestionamiento a los ‘políticos’ toma otro significado, al atacar con justicia la voracidad y la indiferencia por la suerte de la población, pero en el contexto de la crítica a la subordinación absoluta de la política a los deseos del gran capital, que es la que le da sentido al conjunto.
El ‘que se vayan todos’, que retumba una y otra vez en las manifestaciones, se convierte así en una invitación abierta a que ese ‘todos’ abarque al núcleo mismo del poder, y no sólo a sus servidores del régimen político actualmente existente.
Si el cuestionamiento global a ‘los políticos’ se convierte en impugnación totalizadora a un sistema de dominación político, económico y cultural, se habrá dado un nuevo salto de calidad y se evitará el riesgo de caer en la ‘zoncera’, que sirve de cobertura a los mayores responsables, a los dueños del gran capital económico, ideológico y comunicacional. Y se habrá avanzado en un cuestionamiento radical a las obediencias ‘naturalizadas’ por el injusto orden social que vivimos: la de los gobernados a los gobernantes, la de los que ‘no saben’ a los que saben, la de los trabajadores a los jefes y patrones, la de los que no tienen autorización para usar la violencia a los que tienen patente oficial para matar.
Se habrá dado un gran paso en la búsqueda, difícil pero luminosa, de un orden nuevo.

A modo de (muy provisorias) conclusiones

La compleja relación entre espontaneidad y dirección consciente, que Gramsci analizara en su época de L`Ordine Nuovo, ha tenido una expresión cabal en el permanente ‘estallido’ en que se convirtió el país desde el 19 de diciembre a la fecha.
Comenzó con el máximo de espontaneidad, sin aviso previo, desde el interior de las propias casas, como una reacción indignada frente a un poder político que, inmerso en la más aguda de las crisis, se empeñaba en las mismas recetas, centrada en una fórmula implícita “Para la gran empresa todo, para el resto, nada”. Pero no es difícil discernir sus raíces en la organización y movilización que ha crecido en los últimos años, en un resurgir de nuevas luchas populares... la organización late en el basamento de lo espontáneo, y la espontaneidad se da su propia dirección y organización en la medida en que se desarrolla y complejiza.
Hace un mes y medio que la sociedad argentina ha entrado en un ritmo febril de protesta, movilización y politización. Pero hace algo más de cinco años que comenzaron luchas sociales que ya no eran los combates de retaguardia contra la etapa más dura de la ofensiva del gran capital, expresada sobre todo en las privatizaciones y en el avasallamiento de conquistas históricas de los trabajadores; sino la búsqueda de caminos nuevos, que tomaban nota de la victoria del gran capital y sus aliados, sin por ello resignarse ante sus deletéreos efectos, y buscando constituir nuevas organizaciones, nuevos actores sociales. Son de estos años la creación de movimientos de base territorial, centrados en la organización autónoma de pobres y desocupados; la de un nuevo organismo de derechos humanos formado por la nueva generación (los hijos de desaparecidos), que manifestaron así la continuidad con la generación de sus padres e inventaron los ‘escraches’, ese particular modo de ir a buscar a los culpables a sus guaridas, en lugar de sólo reclamarle a la justicia su captura. Aparecieron nuevos sindicatos, muchos de ellos orientados a actividades nuevas o no organizadas con anterioridad (desde los mensajeros en motocicleta, hasta las prostitutas, pasando por los peones de los supermercados o los músicos callejeros), una nueva central obrera, más democrática que todas las existentes. El pensamiento de izquierda se re-encontró a sí mismo, y a una perspectiva de renovación, a través de decenas de publicaciones y medios de comunicación alternativos, que afloraron por la misma época. Se establecieron los términos de una nueva disputa por las calles, por el espacio público, con los ‘cortes de ruta’, los ya mencionados ‘escraches’, las tomas de tierras urbanas para vivienda...
En suma, estos últimos cuarenta y cinco días han sido decisivos. Pero los ‘cacerolazos’ no son una floración instantánea, sino el resultado, tan creativo como imprevisto, pero resultado al fin, de esos jalones que los precedieron poco antes.
En un cuarto de siglo, la clase dominante, el gran capital, lograron la mayor acumulación de ganancias y el mayor control sobre el aparato del estado de la historia del país. Pero no consiguieron ir más allá del plano económico-corporativo. Incluso destruyeron la versión periférica del estado social y de las políticas keynesianas, para reemplazarla por un aparato estatal sólo orientado al cortejo del gran capital y al silenciamiento de sus cuestionadores, sean activos o potenciales, por la persuasión o por la fuerza.
En reemplazo de su incapacidad para generar una auténtica hegemonía, empeñados como estaban en maximizar sus ganancias, las clases dominantes aspiraron, después del genocidio consumado en los últimos años 70’, a generar un consenso pasivo, centrado en el miedo, la resignación y el individualismo. Nada de acción colectiva, mínimo de autopercepción como ciudadano y máxima como consumidor. No muy diferente a otras partes del mundo, sino se le agregaran dos ingredientes locales decisivos:
a. La idea de que la derrota frente a la dictadura era tan completa como irreversible, y que términos como ‘revolución’, ‘socialismo’ y cualquier aspiración a unas relaciones de poder sustancialmente distintas debían ser excluidos para siempre del diccionario político.
b. La ‘lección’ de la hiperinflación de 1989, como demostración de que el Poder no sólo podía producir el aniquilamiento físico, sino también el económico, el caos anulador de todas las referencias vitales. Y por lo tanto, era muy costoso (y en última instancia inútil) desafiar los dictados del poder en su cara económica.
Y el encargado de ‘servir el plato’, en condiciones de régimen representativo, era una dirigencia política cada vez más desprovista de ideología y de objetivos propios, con partidos políticos indiferenciados entre sí, sin otras preocupaciones que la conservación del poder y el enriquecimiento por vía del saqueo de las arcas públicas o de los enjuagues con las grandes empresas, y el no ofender al gran capital, que les imponía todas las decisiones fundamentales y pagaba sus campañas electorales y la mayoría de sus excesos.
Esa construcción de un consentimiento, pasivo y negativo, pero consentimiento al fin, venía debilitándose y se ha hecho trizas, frente a la decisión y persistencia de esa complejidad de fenómenos que la simplificación periodística subsume en la denominación ‘cacerolazo’: El gobierno de la Rúa amenazó con el estado de sitio, y se salió a desafiarlo en las calles, cacerolas en mano. Ordenó que la policía reprimiera, y se lo enfrentó con piedras y todo lo que se tuviera a mano, pero no se abandonó la Plaza de Mayo. Vino un presidente provisional que nombró funcionarios corruptos y prometió todo a todos, y lo volvieron a ‘cacerolear’ hasta que se fue, vino otro presidente que le sonrió a los pobres y a los ahorristas y se dedicó a ponerse de acuerdo con financistas y multinacionales, y siguieron en la calle; cada vez más gente, cada vez más seguido...
El ‘partido del orden’ tendió a saludar al ‘cacerolazo’ como un gran hecho democrático y comenzó de inmediato a hacerle objeciones, que una por una comenzaron a ser desvirtuadas por el propio movimiento [18]. Es un fenómeno circunscripto a la Capital - y al poco tiempo hubo un cacerolazo nacional, desde Jujuy a la Patagonia. No tiene ninguna organización - y aparecieron las asambleas barriales, y la coordinadora de asambleas barriales, y más asambleas. Es una protesta contra el ‘corralito’, sólo atenta a la propiedad de la clase media - y comenzaron a aparecer reivindicaciones políticas y culturales, a hablarse de la salud y la educación, de los servicios públicos, de los despidos de las fábricas, y a hacer nuevos cacerolazos por todo eso. Los ‘caceroleros’ son de clase media, no les importan las necesidades de desocupados y pobres que expresan los ‘piqueteros’ - y las asambleas barriales con sus cacerolas concurrieron a la marcha piquetera y se solidarizaron activamente con ella. Los utilizarán grupos autoritarios - y los movilizados se encargaron de sacar a patadas a grupos fascistoides y militaristas de sus protestas y reuniones. No tiene nada que ver con ninguna revolución, es un reclamo a favor de la propiedad privada - y comenzaron a aparecer consignas de nacionalización de la banca, estatización de las compañías de servicios públicos, reapertura bajo control obrero de las fábricas cerradas...
Y allí están, ‘piqueteros’, ‘caceroleros’, sindicatos, partidos de izquierda, las Madres de Plaza de Mayo, los Hijos, gritando que ya no quieren el dominio de una dirigencia política siempre aliada al gran capital, discutiendo sobre todo y cuestionándolo todo, dispuestos a ser impiadosos con el campo enemigo y exigentes y vigilantes con el propio. Han resistido la represión, han tumbado gobiernos. Han ensanchado el ‘horizonte de lo posible’ en las calles y en las mentes. Son heterogéneos en ingresos, en educación, en ámbito cultural, en antecedentes políticos, y sin embargo van encontrando el modo de converger y llegar a acuerdos. Están construyendo el más rico ejemplo de democracia directa, de ‘horizontalismo’ que se recuerde en la historia argentina. Hacen reverdecer el espíritu de las grandes rebeliones populares del siglo XX... y se aprestan a ser una de las importantes del siglo que comienza...

Buenos Aires, 4 de febrero de 2002.

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Daniel Campione é professor de Teoria do Estado da Universidade de Buenos Aires.
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Notas

[1] Cabe recordar que las manifestaciones callejeras de los días 19 y 20 de diciembre fueron precedidas por gran número de saqueos de comercios, que se desarrollaron en buena parte del territorio nacional, incluida la Capital Federal.

[2] OCA es una empresa de correos que supo pertenecer al cuestionado empresario Alfredo Yabrán, muy relacionado al presidente Menem, y hoy es propiedad del Exxel Group, conglomerado de dudosa titularidad e incierto manejo, al que múltiples versiones relacionan asimismo con el presidente Menem.

[3] Alfredo Coto es dueño de una vasta cadena de supermercados que lleva su apellido como marca (Supermercados Coto). Originalmente empresario del rubro carnes, prosperó con gran rapidez en la década de los 90’.

[4] La Boanerense es el modo coloquial de mencionar a la Policía de la Provincia de Buenos Aires.

[5] Adolfo Rodríguez Saa, designado como presidente después de la renuncia de De la Rúa, con el mandato de llamar a elecciones en sesenta días, y renunció antes de una semana de gobierno.

[6] Intendente de la Ciudad de Buenos Aires a fines de los 80’ y comienzos de los 90’, acusado de actos de corrupción, nunca fue condenado judicialmente, pero quedó como símbolo de la corrupción de la era Menem.

[7] Ante una imprevista supresión del servicio de trenes de pasajeros, usuarios indignados quemaron dos vagones en la estación Plaza Once, una de las terminales ferroviarias principales de Buenos Aires.

[8] Floresta es un barrio residencial, de clase media, de la ciudad de Buenos Aires. Los tres jóvenes fueron muertos por un policía, que los escuchó criticar a la Policía Federal, cuerpo al que pertenecía.

[9] Las elecciones fueron suspendidas junto con el nombramiento de Eduardo Duhalde como nuevo presidente por la Asamblea Legislativa. Por el momento, sólo habrá nuevos comicios en la segunda mitad de 2003.

[10] Clemente es uno de los personajes de historietas más famoso de Argentina, obra del notable humorista gráfico Caloi, y publicado como tira cómica diaria en Clarín de Buenos Aires. Clemente es un animal de género indefinible, pero carece de manos, por lo que no podría ‘meter la mano en la lata’, y por tanto sería el único candidato a presidente que no robaría. En efecto aparecieron millares de sobres electorales con su retrato.

[11] Partido de muy reciente creación, debutó en las elecciones de 2001, siendo tercero en el orden nacional. Lo lidera la diputada Elisa Carrió, líder carismática, católica y de centroizquierda.

[12] Sistema electoral que permite presentar varias listas (sublemas) bajo el mismo partido o alianza (lema), sumándose luego todos los votos a la lista más votada dentro del ‘lema’. Creado en Uruguay, Argentina lo ha incorporado recientemente en algunas provincias, y se lo impuso para la fallida elección de este año.

[13] El desprestigio con el que los militares abandonaron el poder en 1983, luego de la dictadura criminal y la derrota militar en Malvinas, la posterior condena judicial y sobre todo popular por los crímenes, los procesos abiertos hasta la actualidad, en el país y en el exterior, vuelven inconcebible el generar un mínimo consenso para su retorno al gobierno.

[14] Mauricio Macri es un joven empresario, hijo de Francisco Macri, fautor de un emporio capitalista con ramificaciones en la construcción, la industria, las comunicaciones, la informática, y filiales en Brasil y otros países. Mauricio es desde hace unos años presidente de Boca Juniors, el más popular club de fútbol del país. Es bastante sabido que tiene aspiraciones políticas, a la jefatura de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y quizás, a la Presidencia de la Nación.

[15] Ricardo López Murphy es un economista muy destacado, ligado a la gran empresa, e intransigente neoliberal. Pero también es dirigente del partido Unión Cívica Radical. Fue brevemente ministro de Economía de De la Rúa, pero fuertes protestas de oficialistas y opositores repudiaron su programa de nuevo ajuste y privatización, y debió renunciar a semanas de asumir. En la actualidad ha anunciado su pretensión de ser presidente, presentándose como un cruzado de la honestidad y el ‘realismo’, entendido este último como summa del programa de máxima de los organismos financieros internacionales y de los grupos económicos más concentrados.

[16] Escritor muerto en 1974, especie de sociólogo aficionado y agudo polemista, uno de sus libros más conocidos se titula Manual de Zonceras Argentinas. De ideas nacionalistas, estuvo muy ligado a la burguesía industrial y llegó a apoyar a algunos golpes militares, como el de 1966. Pese a ello, es reivindicado por sectores de la izquierda argentina de origen populista.

[17] El término ‘escrache’, y su derivado el verbo ‘escrachar’, es un término coloquial que tiene el significado de poner en evidencia, desenmascarar. Se le dio ese nombre a una protesta que consiste en ir a la casa de una persona (o eventualmente a la sede de una entidad, como la Corte Suprema de Justicia, últimamente), y gritar ruidosamente en su contra, ‘decorar’ el frente con pintadas, y otras manifestaciones de repudio. Fue creación de la organización de Hijos de desaparecidos, para denunciar en sus barrios, ante sus vecinos, dónde vivían los criminales de la última dictadura que están en libertad. Luego se extendió a otro tipo de repudios, personales o institucionales.

[18] El ‘cacerolazo’ inicial, del día 19 de diciembre, que provocó la renuncia del ministro Cavallo, fue elogiado por la gran mayoría de los medios de prensa, incluyendo algunos de tendencia manifiestamente derechista, amén de otros de características habitualmente pasatistas y despolitizadas. Se lo trataba de identificar como una expresión de la clase media acomodada, que protestaba exclusivamente contra el atentado a su propiedad que significaba la medida ‘dirigista’ de congelamiento de los depósitos bancarios.