El grito de los cerros y de los piqueteros

Francisco Hidalgo Flor

Especial para
*Gramsci e o Brasil*




El nuevo momento del auge de la acción social directa en Latinoamérica queda refrendado en apenas cinco meses, entre Diciembre del 2001 en Buenos Aires y Abril del 2002 en Caracas, por un lado el despliegue de las movilizaciones argentinas, el denominado “Cacerolazo”, que provocaron que por primera vez en la historia de ese país una amplia movilización popular, de capas medias y pobres, fuera el factor decisivo en la caída de un Gobierno, aquel de De la Rúa, y horas mas tarde de otro presidente transitorio; y por otro lado la insurgencia de los ranchos de Venezuela, la decisiva movilización de los sectores marginados de la ciudad y de soldados del ejército venezolano, que logró derrotar una intentona golpista derechista, de empresarios y altos mandos militares, con el apoyo de Washington. Así la política retorna a los escenarios de las calles y plazas, porque el protagonismo vuelve a los sectores populares.
“Nos querían quitar nuestro Presidente, que es del pueblo, y nosotros lo rescatamos y ganamos”, es la definición política de un ciudadano caraqueño, la agencia AFP añade que esto lo expresó: “Rubén Rizo, quien vive con sus dos hijos y su mujer, hacinado en cuatro metros cuadrados, en la populosa barriada de El Valle. Sentado en la puerta de su “rancho”, construido con trozos de madera y plástico, Rubén recuerda que bajó hasta Miraflores para sumarse a la manifestación que exigía, a una sola voz, la vuelta al poder de su Presidente Hugo Chavéz”. Así queda retratado el comportamiento del pueblo venezolano en los acontecimientos del 13 de Abril. Chávez lo llamó el “contra contragolpe”, una insurgencia de los ranchos, las barriadas marginales, que dio al traste con la intentona golpista del 11.
En las expresiones de este hombre de los sectores más pobres de Venezuela, resalta una voluntad política de cambio, de transformación, que le pretende ser negada a los pueblos de todo el mundo, por el discurso de gobernabilidad en la globalización, acuerdos entre élites para garantizar la eliminación de los obstáculos a la libre circulación de los capitales, y que excluyen a quienes no forman parte de la institucionalidad, esos que en el mundo suman entre 800 o 1000 millones de seres humanos que viven hacinados en cuatro metros cuadrados, en medio de trozos de madera y plásticos, con ingresos de apenas uno o dos dólares, o quizás menos, por día.
Este es en sí ya un primer logro a destacar, los que no existen para la economía del mercado, que jamás son considerados por los millonarios medios de comunicación, hicieron sentir en las calles de Caracas, su existencia real, su peso político específico, existen, pueden y saben luchar en defensa de sus derechos. Así queda evidenciado en otro relato testimonial: “la presión popular ha sido un elemento determinante en la vuelta de Chavez a su cargo... los habitantes salieron a las calles masivamente, a pesar del miedo y sin saber lo que estaba pasando en los cuarteles, es decir arriesgando su propia vida, pues no se sabía si el ejército tenía la orden de reprimirlos, y la gente empezó a llegar... se fue concentrando cada vez mas frente al palacio, frente al Fuerte Tiuna, el cuartel principal”.
Por su parte un periodista ecuatoriano testigo presencial de los acontecimientos de Caracas en ese agitado fin de semana del 13 y 14 de Abril, relata que, apenas llegado al centro de la capital, el sábado por la mañana, vio a la gente correr con desesperación, cerrando sus comercios, mientras volaba el rumor: “vienen los chavistas”, eran esos miles de gentes humildes que bajaban de los cerros para “rescatar a su Presidente”. A su vez el semanario Líderes titulaba: “el fallido golpe de estado empresarial nunca esperó una resistencia popular organizada”.
Mas también es necesario reconocer que en el proceso venezolano hay una polarización política muy fuerte, pues las burguesías lograron alinear a la burocracia sindical y a un segmento importante de las clases y capas medias, afectadas por la crisis económica y distantes del discurso populista, mientras que los sectores mas pobres de la sociedad, junto a campesinos e indígenas, hicieron suyo el discurso bolivariano de Chávez, asumieron una esperanza en el proyecto que este encarna, y percibieron acciones y gestos a favor de sus intereses desde este gobierno nacionalista.
De esta manera los mas empobrecidos de la sociedad, junto con soldados y la oficialidad de las fuerzas armadas, mas una tibia condena internacional, dieron al traste, por lo menos temporalmente, con una ofensiva ultra derechista, que no era solo una intentona golpista de empresarios neofascistas, sino un acto de fuerza que aplicaba a América Latina las políticas segregacionistas, reduccionistas e imperiales de la “guerra prolongada contra el terrorismo” decretada por la administración Bush desde Septiembre del 2001.
La argumentación de las grandes cadenas de medios norteamericanas y del gobierno de Washington para desgastar internacionalmente al gobierno de Chávez giraron en torno a su apoyo al gobierno de Cuba, sus visitas a los regímenes de Irak, Libia e Iran, su condena a la ofensiva militar contra Afganistán, y el posicionamiento por la consolidación de la OPEP, a ello se sumaron montajes de supuesto respaldo a la guerrilla colombiana. Estos hechos por si solos le convertían en un aliado del “eje del mal” y blanco de la “guerra santa” de la Casa Blanca.
Además estaba el hecho de la trascendencia de Venezuela como el tercer proveedor mas importante de petróleo a los Estados Unidos, en condiciones de una creciente recesión que requiere cada vez mas energía barata, en un contexto de empeoramiento del conflicto Israel-Palestina que compromete al mundo árabe.
Esta compleja tramoya fue derrotada por la decisión de los sectores populares de actuar directamente, rodeando y presionando sobre los centros de poder político y militar. Con todas sus limitaciones ahí esta una experiencia concreta, valerosa y ejemplar, de constitución de una voluntad colectiva, en plena “era de la globalización”, confrontada con aspectos ideológicos y estructurales del llamado “Consenso de Washington”. Se evidencia la conformación de una voluntad colectiva contrahegemónica en estos sectores, una decisión política, mas una identidad cultural, junto a una actitud ética de dignidad, añadiendo la adhesión a un líder carismático, que encarna un proyecto de reivindicaciones nacionales y regionales.
Este proyecto paso su primera prueba, pero el escenario regional y mundial es muy adverso, su discurso está a plena contracorriente y las demandas imperialistas por el petróleo venezolano son muy grandes. También tiene internamente límites fuertes pues su estructuración en organización es pequeña, su propuesta para construir solidaridades y apoyos a nivel global es emotiva, y todavía se maneja en el filo de la navaja, de negociar con unos y otros.
Los elementos claves de esa voluntad colectiva construida en más de una década son: i) el pueblo venezolano es el protagonista principal de su historia, ii) es asumido como pueblo-ciudadano y no como pueblo-masa, con capacidad de revocatoria sobre sus propias delegaciones de autoridad o representatividad, iii) el ideario bolivariano es reproducido desde su sentido de independencia y soberanía, iv) el pueblo tiene, no solo conciencia de su protagonismo, sino memoria de su pasado y presente, proyectándose al futuro, memoria de la barbarie de la que ha sido objeto, conciencia de que si es posible aceptar la idea de cambio.
Un elemento primordial, que resultó clave para legitimar el proyecto bolivariano, fue la decisión de valerse de la propia constitucionalidad y juridicidad del Estado venezolano, la redacción de una Nueva Carta Magna, gestada en el seno de una Asamblea Nacional Constituyente, con la autenticidad de representación que deriva de las consultas populares y referéndum.
A ello se añade la conciencia de que la legitimidad del poder reside en el pueblo y que la estructura normativa de un Estado sólo responde a la voluntad de ese “soberano”, a ello sumado la recuperación del sentimiento de arraigo del pueblo venezolano, de pertenencia a una historia, la tierra como patria.
Precisamente esta experiencia venezolana, de la propuesta de un proyecto bolivariano, vuelve vigente aquella conclusión de que: “una ideología política se presenta no como fría utopía, ni como doctrinario raciocinio, sino como una creación de fantasía concreta que actúa sobre un pueblo disperso y pulverizado para suscitar y organizar en él la voluntad colectiva” (Antonio Gramsci. Cuaderno 13: “Notas sobre Maquiavelo”).

Resignificación de las luchas callejeras y rebelión popular

La experiencia argentina es igualmente trascendente, también fruto de un proceso de luchas particulares y tipos de organización nuevos, en ellos parecieran ganar protagonismo los jóvenes desocupados, que se agrupan como “piqueteros”, las asociaciones de jubilados, y poblaciones de la periferia, cuyas revueltas se caracterizan por constantes cortes de ruta y confrontación directa con los cuerpos represivos. Los unos sin una perspectiva laboral, los otros condenados a pensiones de miseria, y los terceros sufriendo la quiebra y el abandono del Estado, estos sectores vienen luchando desde inicios de los noventa, a ellos poco a poco se suman otros sectores, universitarios, trabajadores, profesores y finalmente las capas medias afectadas por el “corralito”.
Todos estos sectores se lanzan a la lucha, cada cual con distinta intensidad, pero confluyen en los “Cacerolazos”, en Diciembre del 2001 y Enero del 2002, que en el contexto de una crisis de hegemonía de las clases dominantes provoca en los sectores movilizados procesos de concientización como el relatado por uno de los miles de protagonistas: “... en el camino me encontré con un joven, que yo no conocía, se me pegó todo el trayecto, 49 cuadras a Plaza de Mayo, me contó que era remisero y que hace años estaba ahorrando para comprarse un auto propio, y ahora el dinero se lo incautaban. ‘Estaba viendo Crónica TV en la cama y cuando ví que la gente iba a la Plaza de Mayo me levanté. Mi madre me preguntó ¿vas a ver a tu novia?, Ma que novia vieja, voy a la Plaza a ver si recupero lo mío, si no no tendré novia, ni mujer, ni nada.’ Ahora estaba al lado mío, lo dejé hablar sin influenciarlo, para ver que pensaba, y a medida que pasaba de su programa personal al general, él solo iba deduciendo un programa de transición y ya estaba en el punto de que había que echar a la Corte Suprema de Justicia” (Francisco Sobrino, Revista Herramienta, Argentina).
Es que es en estas revueltas populares, que empatan con momentos de fragilidad y crisis del poder, que el sentido político de las masas se metamorfosea, abandona el encuadramiento institucional, el orden impuesto, y vuelve a confiar en su capacidad de acción, de que sólo uniéndose, agrupándose, protestando, resistiendo, será capaz de defender sus derechos. En este gran escenario de la agitación social que los pueblos “aprenden en horas lo que en otras circunstancias les tomaría años”.
Entre los logros está precisamente la resignificación de las luchas callejeras y la rebelión popular, que fueron satanizadas por la ideología liberal, a ello se añade el rechazo a los politiqueros de los partidos burgueses y los transadores de siempre, los diputados, los jueces, los ministros de estado, y también el señalamiento a los organismos internacionales, el Fondo Monetario y el Banco Mundial.
Otro gran logro es la consolidación de la unidad popular, romper con la fragmentación, la dispersión y el aislamiento entre clases, capas y sectores populares, dando paso a la fraternización en medio de la acción directa: “Durante la marcha del 28, cientos de vecinos de la capital bajaron de sus edificios para repartir jarras de agua fresca a los piqueteros que caminaron 40 kilómetros; otros, sobre todo mujeres, les llevaron naranjas, ciruelas y sándwiches caseros. Hasta los porteros, especimenes de piel dura, abrieron las mangueras de sus edificios para refrescar a los marchantes. Grupos de jubilados les entregaron galletitas y gaseosas. Fueron iniciativas individuales, aunque algunos barrios hicieron sus colectas para aportar alimentos y bebidas” (Relato recuperado por Raúl Zibechi, Brecha, Uruguai).
Una experiencia valiosa de la lucha social argentina del 2002, es la constitución de las Asambleas Barriales: “embrionarias, estas asambleas parecen buscar - a tropezones, con contradicciones, siempre con declaraciones de vocación democrática - una nueva forma representación política”, la expresión mas frecuente en ellas es: “queremos discutir por nosotros mismos”, “estamos discutiendo qué tipo de democracia queremos”.
Es posible hablar de un proceso de constitución de una voluntad colectiva en el pueblo argentino a lo largo de una década, acentuada en los años recientes, alimentada por una percepción de desamparo ante la liquidación suicida del Estado, el abandono de los derechos colectivos, una oposición al sistema político vigente, a la par que se va confrontando al establecimiento constituido recuperando conciencia de que las clases populares también tienen la capacidad de discutir e implementar nuevas formas de expresión política y de dignidad, de recrear sus lazos de solidaridad y tienen el poder de cambiar los rumbos de la vida de su país. Las formas de lucha de unos y otros se interpenetran, y “se encuentra a las clases medias haciendo piquetes, a los desocupados haciendo escarches, y a los jóvenes tomando lo mejor de cada sector social” (Raúl Zibechi, cit.).

Voluntad colectiva y totalidad del sujeto político

En esta rápida lectura de las recientes revueltas populares en Latinoamérica en el inicio del siglo XXI, que ya por su frecuencia y magnitud llaman la atención, hemos puesto un acento en la construcción de la voluntad colectiva, ahora intentaremos establecer nexos con uno de los aspectos medulares: sus incidencias en la lucha por una nueva hegemonía, en los escenarios actuales de globalización y exclusión.
La experiencia venezolana nos refresca el valor que en nuestros pueblos tienen los principios de soberanía, de afirmación nacional, de reforma popular, la persistencia en el imaginario popular de los discursos y las experiencias históricas de nuestra primera independencia, del ingreso de las masas a la construcción histórica, de mano de acontecimientos que se sintetizaron en personajes paradigmáticos como Bolívar, Martí o Zapata con su llamamiento a la inclusión de los campesinos y de reforma agraria.
La experiencia argentina nos demuestra la vitalidad del reencuentro y la alianza entre las clases y capas medias junto a los obreros y los desocupados, construida al calor de la lucha contra el neoliberalismo y el atraco del sistema financiero, en la decisión de hacer política con su acción directa, en las calles y plazas, en los cierres de ruta y los paros, junto a ello la convicción de ir construyendo una democracia directa, con formas propias, que la voz popular se haga escuchar sin delegaciones, ni sustituciones.
Cada una de estas experiencias de voluntad colectiva está acompañada de expresiones organizativas particulares: los círculos bolivarianos, las asambleas barriales, los encuentros de piqueteros, y también expresiones programáticas, no solo como elaboraciones teóricas, sino como formas de conciencia social.
Cuando en las calles de Caracas las masas se lanzan a defender un gobierno, que encarna una propuesta denominada bolivariana y un proceso político que incluye mecanismos de participación y decisión, como una Asamblea Constitucional y una Constitución, se expresa un programa.
De manera similar cuando en las barriadas populares de Buenos Aires y otras ciudades argentinas se reúnen los pobladores para discutir planteamientos en defensa de sus derechos y evitar que el país termine por caer en la quiebra total, sé esta construyendo un programa.
Pero Argentina y Venezuela son solo los puntos de mayor conflictividad en el momento presente, en ellos se hacen visibles procesos de lucha, concientizacion, organización y propuestas, que dan pistas certeras del devenir en el continente, mas existen otros procesos igualmente trascendentes, como la consolidación de los movimientos indígenas y campesinos en varios países, como en México y Ecuador, el acrecentamiento de conflictos armados y la presencia cada vez mas directa del imperialismo, como en Colombia, agravamiento de la dependencia y fragmentación de los estado-nación, en varios puntos del continente.
Son importantes también la persistencia y ampliación de foros de debate continental e incluso mundial, cuyo escenario está en Latinoamérica, como el Foro de Partidos Políticos y el Foro Social Mundial.
¿Cuáles se avizoran como los desafíos y retos del movimiento popular latinoamericano? Desde nuestro punto de vista son las visiones parcializadas y fragmentadas del proceso que estamos viviendo y las construcciones unilaterales del sujeto y del discurso crítico que se presenta.
En primer lugar cabe subrayar que los conflictos sociales que se agudizan tienen como eje la profundización de la polarización en la nueva división mundial del trabajo, presentada como globalización, y consecuentemente el agudizamiento de la exclusión social de poblaciones, países y subregiones. Cada vez son mayores las repercusiones por la implementación de la globalización, así en Argentina y otros países observamos el peso de las privatizaciones, la deuda externa y los capitales especulativos, mientras que en Venezuela y otros países resalta el peso de las exigencias de las grandes potencias y transnacionales por energía y petróleo baratos, el ahogamiento a los países productores de materias primas y recursos naturales.
La respuesta de los organismos internacionales, de los bancos y empresas transnacionales, es cínica y brutal, cuando en Diciembre caía la economía argentina el Director del FMI exclamó: “los argentinos tienen que aprender a sufrir”, en Abril cuando Wall Street pensó que Chávez estaba derrocado llamó a sus accionistas: “lucrar con la transición”.
Ante una perspectiva de acentuamiento de la crisis en Latinoamérica, e incluso del conjunto de las periferias, los antes llamados “tercer” y “cuarto” mundos, es indispensable ir superando las perspectivas que reducen la conflictividad a un problema solo nacional, o incluso a la solución parcial de temáticas de empleo o pobreza para un sector de la población afectada.
En segundo lugar cabe advertir de tendencias a una construcción unilateral del sujeto social y político. Si en décadas anteriores el acento fue una perspectiva economicista y corporativa, la clase y el gremio, como los ejes del proceso, desconectando al sujeto de sus demás articulaciones estructurales y superestructurales, en los tiempos presentes pareciera girar el acento en una perspectiva que unilateraliza la diversidad y la diferencia, desconectando al sujeto de sus articulaciones estructurales, y de universalidad con los demás explotados y oprimidos.
Un ejemplo actual sobre lo mencionado puede ser aquello que viene aconteciendo con el movimiento indígena ecuatoriano en el año 2002, sus fraccionamientos internos y su desconexión con los demás sectores populares.
En tercer lugar vale la pena indicar la construcción fragmentada del discurso crítico, desde una perspectiva que solo mira lo económico, o lo cultural, y que reduce lo político a una gestión de administración, o de participación electoral.
Es prioritario la recuperación del discurso de lo político como uno de los espacios claves donde la praxis puede transformar decisivamente procesos económicos y culturales, es el espacio de construcción del sentido de la acción pública y directa de las colectividades, de disputa del poder, de la confrontación a la hegemonía dominante y la posibilidad de construir una nueva hegemonía desde abajo.
Abandonar el espacio de la política, del poder y del gobierno, o solo mirarlo desde la perspectiva de gestión de lo local, de la participación electoral para alcanzar escaños de representación, o solo de la sociedad civil, es conceder a los sectores hegemónicos, el imperialismo y las oligarquías todo el espacio de la estrategia de los procesos sociales y políticos.
Algo de esto pareciera estar sucediendo con el Foro de Porto Alegre, donde cobran fuerza las voces que lo proclaman como el encuentro de la sociedad civil y los movimientos sociales, separándolo de las corrientes expresamente partidarias.
Uno de los desafíos centrales con seguridad es recuperar una perspectiva integral de la praxis política, con una visión de la totalidad, estructuras y superestructuras indisolublemente articuladas. Darle potencialidad política al grito de los cerros, de los piqueteros, de los runas.
A esa enorme, valerosa y enriquecedora voluntad colectiva de cambio, de transformación, que emerge en Latinoamérica, unir los procesos organizativos que ya están hoy presentes, y los debates sobre el programa alternativo, superando los unilateralismos gremialistas o culturalistas, asumiendo los desafíos de una perspectiva global, no solo local o nacional, quizás empezando por regiones mas abarcativas, aquellas previas a nuestra fragmentación en países pequeños, construyendo las alternativas con una visión de praxis política y de disputa de poder.

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Francisco Hidalgo Flor é sociólogo e diretor da revista equatoriana Espacios.
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