Ernesto "Che" Guevara, ayer y hoy

Francisco Fernández Buey
Especial para *Gramsci e o Brasil*














I

Es difícil, muy difícil, todavía hoy, hablar o escribir sobre Ernesto Guevara con distancia, sin implicarse personalmente en lo que fue su vida y su proyecto revolucionario. A diferencia de Antonio Gramsci y de Camillo Berneri, que pueden ser considerados ya como clásicos de dos de las tradiciones de liberación que más han calado en el imaginario político-social del siglo XX, y que, por tanto, pueden ser leídos por todos sin necesidad de explicitar una identificación especial con el conjunto de su pensamiento, el hombre Guevara sigue siendo un mito. Y el hombre-mito se resiste a los pronunciamientos distanciados. Así es que empezaré, también yo, con una declaración personal. Siempre me ha costado hablar y escribir sobre Ernesto Guevara. Me costaba en 1968, cuando Guevara era uno de los principales temas de conversación entre los estudiantes revolucionarios que, aquí, en Barcelona o Madrid, pero también en Berlín, en París, en Roma, en Praga, o en Latinoamérica, nos proponíamos "asaltar los cielos", como se decía entonces. Y me sigue costando un gran esfuerzo escribir sobre Guevara ahora, treinta años después, cuando la leyenda del Che vuelve a ocupar las páginas de los periódicos de todo el mundo.
Diré por qué; diré por qué me costaba y por qué me cuesta hablar del Che. Me costaba entonces porque en 1967 yo veía en Guevara un ejemplo moral para el hombre revolucionario de nuestra época condenado, sin embargo, a la derrota.
He conservado vivo el recuerdo de una larguísima conversación en una celda de la Cárcel Modelo de Barcelona, en septiembre de 1968, con uno de los más convencidos guevaristas catalanes de entonces: Solé Sugranyes. Unos pocos años antes yo había dado al jovencísimo Solé Sugranyes la entrada en el Partit Socialista Unificat de Catalunya y le había animado para que estuviera con nosotros en la asamblea constituyente del Sindicato Democrático de los Estudiantes de Barcelona en Capuchinos. Estábamos allí, en la cárcel, por motivos próximos pero distintos. Solé Sugranyes creía entonces, como el poeta salvadoreño Roque Dalton, que la guerrilla simbolizada por el "Che" era lo único limpio y bueno que quedaba del movimiento comunista en nuestro mundo. Yo pensaba que había otras vías para la liberación, sobre todo en Europa. Discutimos horas y horas sobre eso, con la amistad de siempre. Fue la última vez que le ví: algunos años después Solé Sugranyes creó, com otros amigos, el Movimiento Ibérico de Liberación y murió, en los montes de Euskadi, en el enfrentamiento con la Guardia Civil que puso fin a la célebre fuga de Segovia organizada por los presos de ETA.
Desde entonces siempre que pienso en Guevara se me hacen presentes tres muertes de tres justos: la suya propia, en Bolivia; la de Solé Sugranyes, aquí, todavía bajo la Dictadura; y la de Roque Dalton (muerto, paradójicamente, por la guerrilla en la doble, y en este caso ambivalente, acepción de la proposición). Por eso me ha costado mucho esfuerzo hablar de lo que Guevara representó para nosotros. Y por eso me cuesta todavía ahora. Pero ahora me cuesta por una razón adicional, que no es sólo propia: porque veo, con otros, en este retorno al Che, en esta vuelta a la leyenda del héroe romántico revolucionario (que, sin duda, enlaza con la atracción que muchos, jóvenes y viejos, sentimos por la personalidad del subcomandante Marcos, allá en Chiapas), precisamente la expresión de la más profunda de nuestras contradicciones en el fin de siglo, a saber: que intuyendo o sabiendo que la razón moral está de parte de estos hombres que lo han dado todo en favor de los que menos tienen, la razón política, sin embargo, nos atenaza y nos pierde a la hora de ser consecuentes y coherentes en nuestras actuaciones. De ahí la perplejidad en la que vivimos, sobre todo en Europa: entre la siempre renovada atracción por el romanticismo revolucionario y las imposiciones de una nueva forma de cinismo que lo convierte todo en moda intermitente. De un lado, la tragedia de los revolucionarios sin revolución; de otro, la farsa que representa la conversión de la tragedia del otro en camiseta o nadería para el consumo.
"Hacer", como escribió José Martí, "es la mejor forma de decir", y si el hacer lo que deberíamos hacer nos cuesta tanto,¿cómo no nos va a costar el decir cuando queremos ser coherentes con lo que sale de nuestros labios?. Creo que Paco Ignacio Taibo II acierta sobre la mejor manera de leer al Che hoy. Héla aquí:
Hoy el Che más vivo y más presente es aquel que construye (tanto en la etapa guerrillera como en la del triunfo de la revolución) un pensamiento hiperigualitario, anti-burocrático, anti-jerárquico. En realidad, más que un pensamiento, construye una serie de actos; hay que leerlo a partir de sus actos e intercalar éstos en el discurso [...]
Guevara fue un hombre con un concepto muy rescatable, el de que no debe haber distancia entre la palabra y los hechos: un concepto contra la admisión del doble lenguaje; la idea de que sólo se puede dirigir a partir del ejemplo.

II

Nuestra época se distingue por la pretensión de desmitificar. Esta pretensión ha dado muchas veces en un exceso: romper todos los espejos en los que mirarnos para ser mejores. El exceso queda de manifiesto, en este caso, cuando nos damos cuenta de que, al final, presuntamente rotos todos los espejos, aún nos queda uno: el de la "mala" del cuento de Blancanieves, el "espejito, espejito" que nos repite - porque nosotros ponemos en él las palabras - que somos los más guapos, los más hermosos.
Asi, sintomáticamente, una época que dice querer romper todos los espejos, acaba quedándose en el narcisismo y en el infantilismo. Pues bien, una de las cosas más notables de las que están ocurriendo en esta época de desmitificaciones es precisamente que, treinta años después de la muerte del hombre, el mito Guevara sale reforzado, agrandado como ningún otro. De todos nuestros mitos de los años sesenta (Mao, Ho Chi Minh, Ben Bella, Fidel Castro, Giap, Cohn Bendit, Rudi Dutschke...) Guevara, es, sin ninguna duda, el que mejor se ha mantenido, el que suscita hoy más adhesiones entre jóvenes y viejos.
Creo que puede decirse incluso que los libros publicados en estos tres últimos años, con motivo de la conmemoración de la muerte del "Che", están contribuyendo a enaltecer su leyenda. Estoy pensando en cuatro de los libros recientemente publicados en castellano: el de Paco Ignacio Taibo II, el del catedrático y corresponsal del diario Le Monde en Chile, Pierre Kalfon (Una leyenda de nuestro siglo), el del periodista norteamericano Jon Lee Anderson (Una vida revolucionaria) y el de Jorge Castañeda (La vida en rojo).
Ninguno de esos libros es una hagiografía: ninguno de sus autores se caracteriza por la intención de escribir una vida de santos para uso de devotos, una biografía de aquellas en que se presenta al héroe biografiado, como decía Unamuno de las hagiografías cristianas, absteniéndose de mamar los primeros viernes ya en la más tierna infancia. Al contrario: estos son libros gruesos, que no se pueden leer de un tirón, escritos con espíritu analítico y crítico; que entran sin beatería en los detalles más controvertidos y oscuros de la vida de Guevara; que aportan datos nuevos, desconocidos hasta hace muy poco no sólo por el gran público sino también por los guevaristas de ayer. Libros que se basan en testimonios y entrevistas de y con personas que trataron al "Che" en los momentos decisivos de su vida: en Argentina, en Guatemala, en México, en Cuba, en el Congo, en Bolivia. Libros escritos por autores que no siempre comparten los ideales del Che o que tienen muchas objeciones que hacer a la revolución cubana (por ejemplo, y muy explícitamente, en el caso de Kalfon).
Siempre que se entra en el detalle, analítico y crítico, de la vida de los hombres que han sido leyenda, ésta, la leyenda heredada, se complica. Y tampoco hay duda de que el Che que ahora estamos empezando a conocer es otro Che, un Guevara muy distinto del que apenas entrevimos hace treinta años cuando leíamos algunos de sus escritos más teóricos sobre la guerra de guerrillas, sus opiniones sobre el socialismo después del conflicto chino-soviético o las primeras ediciones del Diario de Bolivia.
Estos libros de ahora se han beneficiado de los recuerdos de Dariel Alarcón Ramírez ("Benigno", el que fuera compañero de Guevara en Sierra Maestra, en el Congo y en Bolivia), de Jorge Serguera Riveri ("Papito", compañero inseparable de Guevara en sus viajes por varios países de Africa), así como de los testimonios de Aleida March, la segunda mujer del Che, de María del Carmen Ariet y de muchos otros familiares y personas que conocieron de cerca a Guevara o coincidieron con él en distintos momentos de su vida. El diálogo y la colaboración entre historiadores, cronistas y protagonistas de los hechos, así como la consulta de archivos hasta hace poco inaccesibles, han permitido, entre otras cosas, una reconstrucción más fidedigna de los Diarios, en particular de una pieza clave para comprender lo que fueron los últimos años de Guevara: el diario escrito durante su estancia en el Congo en 1965.
Algunos de los testimonios mencionados son muy valiosos para el conocimiento de varios momentos decisivos de una vida dominada por el viaje, la aventura, la lucha guerrillera, la controversia ideológica y la huída. Estos testimonios aportan, además, mucha luz sobre la forma que el Che tenía de entender la relación entre actuación política y vida privada, o sobre la combinación de motivos (ideológicos, políticos, personales, tal vez sentimentales) por los cuales decidió, en una fase decisiva de su vida, dejar Cuba para irse a luchar al Congo y luego a Bolivia.
Pero cuando uno acaba de leer estos cuatro libros recientes y las memorias de "Benigno" (Vida y muerte de la revolución) o los recuerdos de "Papito" (Caminos del Che), más allá de las dudas sobre tales o cuales detalles y por encima de las preferencias políticas de sus autores (que son, a pesar del esfuerzo historiográfico, muy evidentes), queda la imprensión de que perviven el mito y la leyenda que hicieron de Guevara el personaje más admirado por los universitarios norteamericanos y europeos del 68. El Che que brota de esas páginas sigue siendo un ejemplo de revolucionario que, incluso en su estoicismo o en el fatalismo de las horas malas, o justamente por eso mismo, nos conmueve, nos sigue conmoviendo. Conmueve, quiero decir, a todos aquellos que hoy en día no quieren reconciliarse con la realidad de este mundo y desean arrimar el hombro en la lucha en favor de los que menos tienen, de los desheredados, de los excluidos, de los desventurados, de los humillados y ofendidos por los poderosos de nuestra época.

III

Ernesto Guevara no fue un teórico, ni un político al uso ni un filósofo licenciado. Fue siempre un hombre de acción y un aventurero romántico que será recordado por su coraje, por su extraordinaria valentía, por su capacidad de organizacion, por su forma peculiar de entender la disciplina entre iguales, por la fría pasión con que hacía frente a las circunstancias más adversas y difíciles. "Aventurero" no es palabra que haya que tomar aquí en sentido negativo o frívolo. El mismo Guevara escribió, para precisar esto, en carta a los padres poco antes de partir para Bolivia:"Muchos me dirán aventurero, y lo soy; solo que de un tipo diferente, de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades".
Los conocimientos que adquirió estudiando medicina le sirvieron para ayudar a los otros en la guerrilla y para sobreponerse siempre, y en los peores momentos, al principal de sus defectos físicos: el asma crónica.
Leyó mucho, volvió varias veces sobre los mismos clásicos antiguos y contemporáneos (Milton, Góngora, Baudelaire, Lorca, Neruda, León Felipe, Wells, London entre los poetas y narradores; Marx, Martí, Freud, Russell, Mariátegui, Fanon, Sartre; también A. Smith, Keynes, Mao) y escribió lo justo. Guevara no escribió sobre libros, sino sobre lo que para él era la vida misma: sobre lo que de verdad sabía porque lo había vivido en carne propia. También lo que leyó de economía lo pasó por el tamiz de la crítica práctica para ponerlo en relación con las necesidades contemporáneas de la política económica de la revolución cubana . De su producción escrita, más acá de la leyenda, quedarán los textos que redactó basados en la personal experiencia vivida: La guerra de guerrillas (1960) y Pasajes de la guerra revolucionaria (1963).
A pesar de que la comparación se impone todavía recurrentemente (Pierre Kalfon, por ejemplo, publica, juntas, la última foto de Guevara, muerto, y la del Cristo yacente de Mantegna, atendiendo a una sugerencia de John Berger), tampoco fue Guevara, ni quería serlo, un nuevo Cristo o un filántropo idealista: "Lucho por las cosas en las que creo, con todas las armas de que dispongo y trato de dejar muerto al otro para que no me claven en una cruz ni en ninguna otra cosa" .
Si contra la voluntad del propio Guevara lo fue, si hubiera que prolongar la sugerencia comparativa de John Berger, entonces habría que decir que este cristo ateo para campesinos del siglo XX se parece más al del evangelio desconocido de María Magdalena o al Cristo de Kazantzakis que al de los evangelios canónicos. Jon Lee Anderson ha reconstruido el sobrecogedor testimonio del propio Guevara cuando, el 17 de febrero de 1956, se vió obligado a matar a Eutimio Martín, el primer traidor ejecutado por los rebeldes fidelistas. Guevara se había referido a este incidente en el epígrafe titulado "Fin de un traidor" de sus Pasajes de la guerra revolucionaria (edición Era, 1963, págs. 140-141), pero fue suprimido este párrafo:
La situación era incómoda para nosotros y para él, de modo que acabé con el problema dándole un tiro con una pistola del calibre 32 en la sien derecha, con orificio de salida en el temporal [¿derecho?]. Jadeó un rato y luego murió. Mientras procedía a requisarle las pertenencias no podía quitarle el reloj que llevaba atado al cinturón con una cadena; entonces él me dijo con voz tranquila, mucho más allá del miedo: 'Arráncala, chico, total...'. Eso hice y sus pertenencias pasaron a mi poder [...] Dormimos muy mal, mojados, y yo con un poco de asma.
Después del triunfo de la revolución cubana, en La Cabaña, Guevara tuvo que dar órdenes difíciles, de esas que indefectiblemente acompañan transformaciones sociales de verdad y que ponen a la persona humana ante dilemas últimos. No vaciló. Él siempre propugnó una salida rápida a las situaciones ambivalentes y se ofreció a sí mismo en esas eventualidades. Probablemente porque estaba contra el egoísmo moderado y contra el individualismo rampante.
Fue todo extremos y los extremos le tocaron. No, no era la suya la moral del pacifista puro que tiene por primer mandamiento el "no matarás en ninguna circunstancia". Pero tampoco en la peor de las circunstancias, que para un revolucionario es siempre la institucionalización de la revolución, hizo más o menos de que lo que hubiera hecho el mejor de los hombres. Crónicas, historias y recuerdos coinciden en esto. Y tal vez por ello muchas personas cristianas y sanas, para las cuales aquel primer mandamiento es esencial, vieron en Guevara una versión, contradictoria y trágica, pero moralmente asumible, del verdadero espíritu cristiano, como me contaban no hace mucho, en Barcelona, los poetas cubanos Fina García Marruz y Cintio Vitier.
Una ulterior confirmación de esto que estoy diciendo se puede encontrar en el artículo escrito, con motivo del 30 aniversario de la muerte del Che, por el sacerdote y teólogo cristiano Benjamín Forcano: "El ejemplo del Che vive en todos los que se rebelan en el planeta" . En esse artículo Forcano recuerda el punto de vista del Che sobre la violencia:
Que la revolución tenga lugar por cauces pacíficos o nazca al mundo después de un parto doloroso no depende de los revolucionarios; depende de las fuerzas reaccionarias de la vieja sociedad que se resisten a dejar nacer la sociedad nueva, que es engendrada por las contradicciones que lleva en su seno la vieja sociedad. La revolución es en la historia como el médico que asiste al nacimiento de una nueva vida. No usa sin necesidad los aparatos de fuerza, pero los usa sin vacilación cada vez que sea necesario para ayudar al parto. Parto que trae a las masas esclavizadas y explotadas la esperanza de una vida mejor.
Muy probablemente en algo así pensaba Marx también cuando, en los días de la Primera Internacional, dijo de la violencia que era la partera de la historia en tiempos de crisis, esto es, en tiempos en que la sociedad está preñada de lo nuevo. Tratándose de violencia revolucionaria, si no hay preñez no hay tema. Y ya eso debería hacernos más cautos y compresivos, menos declamatorios, a unos y a otros, pacifistas todos, por supuesto, cuando hablamos de "violencia" en general, sin más especificaciones.

IV

Guevara fue un marxista-leninista y un comunista que vivió todas las contradicciones del marxismo-leninismo y del comunismo de los años cincuenta y sesenta. Como tantos otros, cuando se hizo comunista llegó a jurar ante los suyos "por el recuerdo del llorado camarada Stalin" .
Como tantos otros revolucionarios latinoamericanos, cuando juró no sabía en realidad en nombre de qué y de quién estaba jurando. Pero tampoco es bueno ocultar eso ahora, cuando el "yo fuí stalinista" se ha convertido, hipócritamente, en uno de los anónimos más generalizados del siglo XX.
En estas cosas Guevara, sobre todo el Guevara de los primeros años revolucionarios, en Guatemala y en Cuba, sigue trayendo a la memoria el tipo de resistente aludido por Bertolt Brecht en su poema titulado "A los por nacer": el revolucionario de los tiempos belicosos, oscuros y difíciles del anticomunismo rampante, el revolucionario que, contra su voluntad, "contempla con impaciencia la naturaleza" y que, luchando por la amistad y la fraternidad, no tiene opción para ser amable.
Si se considera lo que fue su trayectoria entre 1958 y 1967 hay que añadir enseguida que Guevara fue un marxista y un comunista inclasificable entre las corrientes de la época. Incómodo, heterodoxo, crítico de las burocracias y de casi todo lo que navegó en su época bajo el rótulo de "socialismo real". Nada que ver, por tanto, con el marxista académico ni con el estalinista de aparato. Nada que ver con ninguno de los marxismos cientificistas que dominaron en la década de los sesenta; nada que ver con el comunismo cristalizado en poder. Por su crítica a la burocracia soviética después de 1963 algunos le colgaron el sambenito de trotskista (y no lo era); por sus declaraciones sobre Vietnam y el Tercer Mundo se dijo un día que era pro-chino (y no lo era); por sus propuestas voluntaristas cuando estuvo al frente del ministerio cubano de industria algunos le han presentado como la contrafigura de Fidel Castro (y no lo era); por su proclamación sobre la necesidad de crear "dos, tres, muchos Vietnam" los dirigentes comunistas checos le calificaron en 1967 de "nuevo Bakunin" (y tampoco lo era).
Quiso ser un "hombre nuevo" en un mundo todavía viejo. Y lo consiguió de la única manera en que eso se puede lograr en un mundo socialmente dividido y desigual: con conciencia trágica de la contradicción propia, con pesimismo analítico y optimismo de la voluntad, con cierto estoicismo fatalista que, contra lo que dice el tópico, no es siempre fundamento de inactividad o resignación sino, a veces, y es el caso, fuente de rebeldía.
En esta permanente aspiración a ser un hombre nuevo junto con los otros, en colectividad, en este intento de ser un hombre nuevo en un mundo dominado por la división y por la desigualdad, es donde los jóvenes de hoy encontrarán tal vez los rasgos más patentes de la universalidad de la figura del Che. Estos rasgos se pueden resumir en tres: humanismo, crítica de la alienación e internacionalismo.
El amor al viaje, la aventura y la revolución fueron sus señas de identidad. La inquietud existencial y el desasosiego le impulsaban siempre al viaje, pero nunca, ni siquiera en su juventud, fue Guevara turista, ni accidental ni de los otros; el desacuerdo o el conflicto con los más cercanos le impulsaban a la huída, pero siempre acababa convirtiendo la huída en aventura y, una vez metido en la aventura, se imponía a sí mismo orden, disciplina y cierto ascetismo. Muchos hombres le admiraron por eso. Muchas mujeres le amaron por eso. Le admiraban y le amaban, además - y así lo dijeron y lo escribieron, y así se repite en los últimos libros publicados - por su decencia, por su nobleza, por su trato igualitario, por su temple, por su valentía, por su decisión, por su espíritu de sacrificio, por su simpatía inigualable, por su sonrisa cautivadora, por su informalidad gestual, por su vocación iconoclasta incluso cuando tuvo poder.
Lo que hace del hombre real una leyenda es que, siendo así, amado y admirado en vida por tantos y tantas, Guevara se consideró siempre un solitario. Se sintió así lo mismo cuando tuvo poder que cuando estaba perdido en el corazón de las tinieblas africanas o en la sierra boliviana. A la directora de una escuela primaria de provincias, en Cuba, le escribió: "A veces los revolucionarios estamos solos, incluso nuestros hijos nos miran como a un extraño". Pero tal vez el documento más sobrecogedor de ese sentimiento y el que mejor expresa la autocontradictoriedad del personaje sea este paso de una carta a la madre, escrita durante un viaje entre 2 y el 3 de julio de 1959:
Querida vieja: el viejo sueño de visitar todos los países vuelve hoy. Aunque ha crecido mucho en mí el sentido de lo colectivo en contraposición a lo personal sigo siendo el mismo solitario que va buscando su camino sin ayuda personal. Solo que ahora tengo el sentido de mi deber histórico. No tengo casa, ni mujer, ni hijos, ni padres, ni hermanos. Mis amigos son amigos mientras piensan politicamente como yo; y, sin embargo, estoy contento, me siento algo en la vida. Siento no sólo una fuerza interior poderosa, que siempre la sentí, sino también la capacidad de inyectarla en los demás; eso y un absoluto sentido fatalista de mi misión me quita todo miedo. No sé por qué te he escrito esto, quizá sea sólo nueva añoranza de Aleida.
V

"Hecha de dos un alma brilla entera". Cuando Nicolás Guillén escribió esto de Guevara tenía in mente a dos libertadores: el argentino José de San Martín y al hispanocubano José Martí. Pero, por lo que ahora sabemos, el "hecha de dos" se puede aplicar también a la contradicción interna del Che: un asmático crónico que dedica su vida a la guerrilla.
¿Cómo explicar que aquel hombre haya podido aguantar tanto en las jornadas durísimas de Sierra Maestra, en Santa Clara, en el Congo y en Bolivia? Se suele decir: por la voluntad y por sus sólidas convicciones. Y no hay duda de que, tratándose del Che, la voluntad fue algo muy importante. He aquí un ejemplo de la exaltación de la voluntad en el Guevara juvenil. El 17 de enero de 1947 escribió:
Lo sé, lo sé/ si me voy de aquí me traga el río/ Es mi destino: hoy debo morir/ Pero no: la fuerza de voluntad todo lo puede/ Están los obstáculos, lo admito/ No quiero salir/ Si tengo que morir será en esta cueva/ Las balas, qué me pueden hacer las balas/si mi destino es morir ahogado/ Pero voy a superar mi destino/ El destino se puede alcanzar con la fuerza de voluntad/ Morir, sí, pero acribillado/ por las balas, destruido por las bayonetas, si no, no/ Ahogado no/ un recuerdo más perdurable que mi nombre/ es luchar, morir luchando.
La persistencia de sus convicciones hasta el final está también fuera de cualquier duda razonable. Pero hay más. Hubo momentos, y momentos decisivos para la guerrilla, en los que, al parecer, se produjo una interrupción pasajera de la enfermedad de Guevara. Jorge Castañeda ha propuesto una curiosa explicación fisiológica para esos momentos buenos del Che. Después de comentar la cosa con un especialista mexicano en asma, ha llegado a la conclusión de que los niveles de adrenalina generados por situaciones casi permanentes de combate fueron para Guevara tan importantes como su voluntad de hierro.
Es verdad que la adrenalina es un excelente broncodilatador y que la tensión producida por la lucha incesante se la proporciona al organismo humano. Y esa explicación serviría para llegar a otro punto, para explicar por qué el Che siempre tenía prisa, el por qué de su impaciencia (revolucionaria), por qué lo llevaba todo, y en casi todas las circunstancias, a situaciones límite, por qué trataba de superar por la vía rápida toda situación ambivalente.
Sólo que cuando faltan las medicinas, cuando el enemigo es infinitamente superior, cuando el terreno es hostil, cuando el prójimo al que se quiere liberar es un prójimo culturalmente "lejano" de cuyas costumbres apenas nada se sabe, cuando las disensiones en las propias filas crecen y llega la traición, ni la voluntad ni la adrenalina pueden suplir físicamente la tremenda desigualdad de las fuerzas en juego. Es patético - y hoy conocemos bien eso - ver a Guevara en el Congo tratando de convencer por vía racional a los campesinos africanos para que abandonen los viejos ritos que, según su tradición, habrían de salvarlos de la muerte en combate mientras los propios cubanos se dan al alcohol para hacer frente al mismo miedo, interculturalmente compartido, a la muerte.
Es cierto que para un hombre como aquel, culto y leído, con capacidad para la organización también en el plano administrativo, quedaba todavía la salida política, que es siempre la cuerda floja de las ambivalencias.
Pero Guevara no quería ser un político. Quería ser otra cosa. Uno de los asistentes a una conversación de Guevara con Nasser, cuando ya el Che había decidido que su destino estaba en el Congo, ha recordado estas palabras suyas: "El momento decisivo de la vida de cada hombre es aquel en que decide enfrentarse a la muerte. Si la hace frente será un héroe, tenga éxito o no. Puede ser un buen o un mal político, pero si no hace frente a la muerte, nunca será más que un político".
Algunas de las biografías recientes ponen el acento en la "actitud temeraria" del Che, incluso en cierta vocación suicida. R. Debray ha afirmado que "el Che no fue a Bolivia para ganar sino para perder". Lee Anderson y Castañeda insisten en este fatalismo de Guevara, como si hubiera estando buscando la muerte, ya desde los días del Congo. Pero Kalfon subraya en este punto los indicios disponibles en sentido contrario . Y Paco Ignacio Taibo II matiza: "Es indudable que en el Che hubo un componente de temeridad durante toda su vida [...] pero no era un buscador de la muerte, como vienen diciendo algunos biógrafos bantante tontos. No hay una vocación suicida en el Che; sí existe - incluso a lo largo de su juventud - una actitud de probarse, de buscar el límite de una manera muy racional. Una especie de ‘hasta dónde doy’. La temeridad es un aspecto obligado del tipo de proyecto que desarrolló."

VI

Los dos últimos años de Guevara fueron, efectivamente, un continuo enfrentarse con la muerte. Salió vivo del Congo. Pudo ir a morir, con la guerrilla, a su Argentina natal. De esa muerte le salvó seguramente Fidel Castro, que conocía mejor que el Che la situación real de entonces en Argentina. Por lo que se sabe ahora de la última conversación, en Cuba, entre Fidel Castro y Che Guevara, se puede deducir que el hombre de estado hizo aún un último intento para disuadir al amigo guerrillero del que habría de ser su último viaje. No lo consiguió. De modo que para la leyenda, también, quedó la imagen entrevista de una discusión entre ambos, con palabras fuertes, y de ese semiabrazo embarazoso y emocionado que se dan los amigos que disienten, pero que saben a la vez lo que está en juego y que, a pesar de todo, respetan la voluntad del otro.
A partir de esa imagen, derivada de los recuerdos de muy pocos testigos, se han construido numerosas hipótesis y hasta se ha deslizado la sospecha de la traición. La persistencia del ejemplo legendario, sobre todo cuando se trata del "amigo del pueblo", siempre trae elucubraciones así: la búsqueda del Judas. Y esa sospecha aletea de nuevo en la interpretación de que la partida de Guevara de Cuba fue consecuencia de una ruptura, decisiva, con Fidel Castro. Otro resto de la moral mesopotámica servida con conceptos posmodernos: a un lado el bien (el romanticismo revolucionario, derrotado, por supuesto), al otro lado el mal (la revolución pervertida que no puede soportar ya la permanencia de los ideales). Paradoja de nuestro tiempo: cae por decreto "la ideología de la sospecha" y queda, sin embargo, la vieja sospecha de siempre, la más vieja de todas las sospechas: el Mal contra el Bien y en medio la traición, la traición entre los justos. Paco Ignacio Taibo II ha sido muy explícito al desmentir este punto: "Eso es mitología pura. No hay un solo elemento que apoye - y esto lo he discutido con Castañeda - la tesis de una ruptura Fidel-Che en 1965. Hay discrepancias. Y las había desde el 57 hasta el 65. Hay elementos de choque entre ambos, pero bastante amortiguados porque se tenían mucho respeto, pero la ruptura no es tal".
Guevara partió de Cuba para su calvario. Fue derrotado y murió en Bolivia. Sobre su muerte se han escrito miles de páginas; sobre las causas de su muerte, cientos de especulaciones: unas para romper el mito y el espejo en que mirarse, otras para reforzarlo. Creo que no hace falta traerlas a colación aquí. Lo esencial lo dijo el mismo Guevara cuando murió Camilo Cienfuegos, el amigo de Sierra Maestra: "Lo mató el enemigo y lo mató su carácter. No vamos a encasillarlo, para aprisionarlo en moldes, es decir, matarlo otra vez".
Lo que haya de ser del mito en el futuro ya se verá. De momento nos queda la palabra: la palabra anónima del pueblo campesino que no pudo, o no quiso, salvar a Guevara. Hela aquí pintada sobre un muro blanqueado de Vallegrande:
Che, vivo, como nunca te quisieron.

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Francisco Fernández Buey é professor da Universidade Pompeu Fabra, em Barcelona. O presente texto é uma "Introducción" a Ernesto Guevara. Escritos revolucionarios (antología). Madrid, Los Libros de la Catarata, 1997.
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