Argentina,
una crisis sin fin

Waldo Ansaldi
Especial para
*Gramsci e o Brasil*




La larga y compleja crisis argentina no muestra signos claros de encaminarse hacia su solución. Si bien - en el plano social y político - se encuentra alejada del paroxismo de noviembre 2001-marzo 2002, algunos indicadores muestran un empeoramiento de la situación. Ello es claramente perceptible en: 1) el incremento de la pobreza, 2) la profundización de la crisis de representatividad de los partidos políticos y 3) la dilución de posibles salidas políticas. En el breve espacio disponible trazaré algunas gruesas líneas ilustrativas.

El incremento de la pobreza

En sólo cinco meses, de mayo a octubre, del año 2002, la pobreza aumentó 4,5 puntos en todo el país. En efecto, según reciente información del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), un organismo oficial, los pobres argentinos pasaron, en dicho lapso, de 19.100.000 a 20.815.000, es decir, 1.645.000 más (y dentro de éstos, 973.000 son indigentes). En términos porcentuales, ello implica una suba desde 53 a 57.5 por ciento, cifras que constituyen récordes sucesivos. La gran mayoría de los pobres (19.678.000) vive en zonas urbanas, mientras el resto, 1.137.000, lo hace en las rurales.
Pero si se toman las cifras de un año - de octubre de 2001 al mismo mes de 2002 -, los nuevos pobres suman 7,1 millones, lo que significa un crecimiento a razón de 600.000 nuevos pobres por mes. En ese mismo período, el porcentaje de pobres pasó de 38.3 a 57.5 (19.2 puntos más) y el de indigentes de 13.6 a 27.5 (13.9 puntos más, esto es, un incremento del 100 por ciento).
El sustantivo incremento del número de pobres e indigentes es explicada, por el INDEC, por el proceso inflacionario, que incrementó fuertemente el precio de los alimentos básicos a lo largo de 2002: ellos subieron 28,3 % entre mayo y octubre y casi el 75% a lo largo de todo el año. A su vez, la tasa de inflación anual fue de 41 %, aunque no afectó del mismo modo a todos: para las familias más pobres, la inflación promedio fue de 47,4 %, contra 38,6 % para las más ricas. En contraste, los salarios, jubilaciones e ingresos se mantuvieron congelados, excepto un ligero incremente de 100 pesos (" 30 euros/dólares) otorgados a partir de julio para el personal en blanco.
Según el INDEC, en octubre del 2002 eran pobres las familias-tipo (matrimonio y dos hijos) que, en la Capital y el Gran Buenos Aires, ganaban menos de $ 716 (" 210 euros/dólares) mensuales. Los datos oficiales indican que el 70 % de los que trabajaban ganaban menos de esa cifra. En tanto, son considerados indigentes aquellos que no alcanzaban a comprar una canasta básica de alimentos, es decir, familias que ganaban menos de 324 pesos (" 100 euros/dólares) mensuales.
Debe tenerse en cuenta que, para establecer tanto la pobreza cuanto la indigencia estadísticas, se trata de la llamada pobreza o indigencia por ingresos. Vale decir, se consideran sólo los ingresos monetarios de las familias, prescindiendo de otros indicadores, como las condiciones de vivienda o el acceso a los servicios básicos. El monto de los ingresos es la variable que permite determinar si ellos alcanzan o no para comprar una canasta básica de alimentos (indigencia) o de alimentos y servicios básicos (pobreza).
La pobreza y la indigencia crecieron pese a la implementación masiva de la asistencia estatal mediante los Planes Jefes y Jefas de Hogar - en teoría, un subsidio universal otorgable a cualquier jefe de familia (hombre o mujer) de todo el país con hijos a cargo, desocupado y que no reciba otro beneficio social -, los cuales otorgan apenas $ 150 pesos (" 42-45 euros/dólares) a unos 2 millones de hombres y mujeres considerados jefes de hogares. Si bien esa cifra es paupérrima -alcanza apenas para cubrir menos de la mitad de una canasta básica familiar de alimentos -, ha permitido morigerar el aumento de aquellas. Según el INDEC, sin esos planes, la pobreza hubiera alcanzado 58,1 % y la indigencia, 30,5 por ciento. Pero, como veremos luego, la importancia mayor de estos planes asistencialistas radica en su formidable capacidad de contención de la conflictividad social.

La profundización de la crisis de representatividad de los partidos
políticos

La ruptura entre representantes y representados - a menudo centrada en la relación entre los partidos políticos y sus bases y votantes, pero también constatable en las principales organizaciones de representación de intereses, en particular los sindicatos obreros - se torna cada vez más profunda. La crisis arrasó con el Frente País Solidarios (FREPASO) - el último y, otra vez, frustrado intento de constituir un tercer gran partido -, que fue parte del gobierno de la Alianza, arrasado por los hechos de diciembre de 2001), y fracturó fuertemente a los dos grandes partidos tradicionales de masas, la Unión Cívica Radical (UCR) y el Partido Justicialista (PJ). Casi toda la dirigencia política actual está cuestionada y su soledad se hace más patética por la carencia de respuestas a los desafíos de la crisis.
La Unión Cívica Radical experimentó un desgajamiento por derecha y otro hacia un desvaído centro-izquierda. En el primer caso, Ricardo López Murphy, ex ministro del gobierno de Fernando De la Rúa, ha organizado y lidera un partido de derecha que, posiblemente, quedará bien posicionado electoralmente (dentro de un cuadro general de escasas adhesiones a las diferentes propuestas electorales), en buena medida porque una parte importante, si no todo lo significativo, de la gran burguesía optaría por él antes que por Carlos Menem. En el segundo, Elisa Lilita Carrió encabeza Argentina por una República de Iguales (ARI), una fuerza que se pretende progresista y de centro-izquierda, si bien no termina de definir su perfil político-ideológico ni sus propuestas y ha ido diluyendo un cierto entusiasmo inicial. Un tercer dirigente, Melchor Posse, ex intendente municipal (alcalde) de la ciudad de San Isidro, en el Gran Buenos Aires rico, se pasó a las filas de Adolfo Rodríguez Saá, a quien acompaña en las próximas elecciones como candidato a vicepresidente. Lo que queda del viejo partido ha vivido recientemente un proceso de elecciones internas para elegir sus candidatos a presidente y vice signado por el escándalo, denuncias de fraude e intervención judicial. Finalmente, el ganador formal ha sido el senador bonaerense Leopoldo Moreau, quien frustró las aspiraciones de su contrincante, el también senador (por la Capital Federal) Rodolfo Terragno. Éste ha anunciado que, pese a desconocer los resultados finales, no se postulará por fuera del partido. Curiosamente, en las encuestas Terragno ha recogido, hasta ahora, mayor intención de voto que Moreau, aunque el dato es casi irrelevante, pues la misma ronda un paupérrimo 2.5 por ciento.
El Partido Justicialista presenta la insólita situación de presentarse en las próximas elecciones de abril con tres fórmulas presidenciales, distintas y enfrentadas entre sí con una ferocidad mayor que la observable frente a adversarios de otras fuerzas. Dicho en otras palabras, un partido con tres candidatos. Aunque el litigio por el empleo del nombre, sigla y símbolos partidarios no está definido, de hecho el PJ ha estallado en tres pedazos y en abril dirimirá posiciones utilizando las elecciones generales como una interna (en el mejor de los casos) o como un decisorio acto convalidatorio de la división. Uno de los sectores es encabezado por el ex presidente Carlos Menem; otro, por el ex gobernador y efímero presidente (una semana, a fines de diciembre de 2001) Adolfo Rodríguez Saá - que ya ha registrado a su tendencia con el nombre de Movimiento Nacional Y Popular -, y el tercero, por el gobernador de la provincia de Santa Cruz, Néstor Kirchner, ahora propiciado por el presidente Eduardo Duhalde y devenido, así, candidato oficialista. Por paradójico que pueda parecer, el último es presentado como un candidato “progresista” y a su candidatura y posiciones han adherido dirigentes que pertenecieron o simpatizaron el FREPASO del ex vicepresidente Carlos Chacho Álvarez.
La izquierda es muy poco relevante en términos electorales y sus propuestas tampoco ofrecen efectivas salidas a la crisis. La expresión más innovadora, la de Autodeterrminación y Libertad, encabezada por el diputado nacional Luis Zamora, ha decidido no participar de las elecciones por entender que hacerlo es convalidar un proceso al que considera ilegítimo. Se trata de una estrategia atendible, aunque es posible conjeturar que tácticamente es un error, pues le priva de la posibilidad - siempre difícil para la izquierda argentina - de “tener tribuna” en los medios de comunicación masiva y de transmitir sus posiciones de manera más efectiva.
Las elecciones presidenciales de abril se encuentran, pues, próximas, pero no se advierte clima electoral en la sociedad argentina. Hay ausencia de propuestas y de debates de ideas. Los candidatos están instalados como personajes de la televisión sin libreto. Ninguno de ellos llega a tener, hoy, una intención de votos superior al 17 o 18 por ciento. Los cuatro mejor posicionados - Kirchner, Rodríguez Saá, Menem y Carrió (no necesariamente en ese orden) - oscilan entre esa cifra máxima y una mínima de 13-14 por ciento, variando los dos primeros lugares - lo cuales deberán definir la elección en una segunda vuelta electoral (ballotage) - según la empresa encuestadora y el momento. El llamado voto bronca, el voto en blanco y el impugnado y la abstención siguen siendo opciones importantes, aunque parecen haber ido disminuyendo a lo largo del último año.
Las expectativas de cambio a partir de la elección presidencial - los elegidos se harán cargo el 25 de mayo - no son significativas y no parecen, siquiera, inscribirse en la tradición de los cien días de gracia que se les adjudica a todos los mandatarios que inician sus respectivos mandatos. Lo cierto es que el próximo presidente será débil, situación nada propicia para quien tendrá que negociar con el Congreso y los gobernadores, amén del Fondo Monetario Internacional y los grandes grupos capitalistas nacionales e internacionales (muchos de ellos apoyados por gobiernos como los de España, Francia, Italia y Estados Unidos, entre otros). En el horizonte inmediato se observa la posibilidad de una complicada situación de ingobernabilidad.
Está claro que el sistema político argentino está en una aguda crisis, para la cual no se encuentran soluciones. Los principales candidatos son expresión de la vieja política, la que no termina de morir, mientras la nueva no termina de concebirse (y, por tanto, mucho menos de nacer). De hecho, no existen reglas para regular el consenso y la institucionalización del poder político es una ficción. Sólo la inercia de lo viejo mantiene un cierto grado de funcionamiento institucional.

La dilución de posibles salidas políticas

Las crisis suelen ser ocasiones propicias para la aparición de nuevas formas de representación, organización y acción. En la larga crisis actual, sectores de la sociedad argentina - en particular los más afectados - han generado algunas bien interesantes, tales como los piqueteros y las asambleas barriales.
Los primeros piquetes aparecieron en junio de 1996, protagonizados por trabajadores petroleros de Cutral-Có, a los que se sumaron luego, en 1997, los de Tartagal, desocupados tras el proceso de privatización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF, empresa emblemática), adoptando la modalidad del corte de rutas, al estilo de los campesinos bolivianos. Ambos fueron inicialmente desactivados por el gobierno de Menem, apelando al otorgamiento de planes de asistencia para desocupados. Empero, poco después, empezaron en el Gran Buenos Aires. Su expansión, como forma de lucha, fue muy rápida: en 1997 se registraron 140, pero en 2001, cuatro años después, la cifra se había casi decuplicado: 1.383, trepando a 2.154 a lo largo del duro 2002.
En los piquetes participan tanto hombres como mujeres, unos y otras en una amplia banda etaria. En su organización y modus operandi es posible apreciar el pasado obrero. Sólo la experiencia de las luchas sindicales puede dotar de instrumentos de las características de los empleados, incluyendo la apelación a la violencia. Política e ideológicamente constituyen un mosaico de posiciones, a menudo con importantes divergencias, aunque todos se reconocen como parte del campo popular, una expresión ambigua que sirve para potenciar lo que los une y postergar el análisis de las diferencias. Si bien las organizaciones piqueteras no responden orgánicamente a partidos políticos, su división en varias tiene algunos correlatos en posiciones políticas, especialmente en el caso de los dirigentes, mucho más que en el de las bases, en general sin formación ni experiencia política previa. Así, por ejemplo, el Bloque Piquetero, constituido por el Polo Obrero, el Movimiento Teresa Rodríguez y otras tres agrupaciones menores, reúne un significativo número de trotskistas (especialmente del Partido Obrero) y antiguos militantes comunistas, sin excluir a quienes carecen de pertenencia política, y no excluye la posibilidad de constituir un frente y participar de procesos electorales. A su vez, en el Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón se encuentran “guevaristas”, “peronistas rebeldes”, militantes de organizaciones defensoras de derechos humanos y de base de la Iglesia. Su posición es inequívocamente antisistema, negándose a participar de las elecciones y apostando, a largo plazo, a la revolución popular (a diferencia del Polo Obrero, que sostiene que ella comenzó con la caída del presidente Fernando De la Rúa). En la mayor organización piquetera, al menos por número de miembros y extensión geográfica, la formada por la Federación Tierra y Vivienda y por la Corriente Clasista y Combativa, hay hombres con una bien variable experiencia política, pasada y/o presente, desde peronistas, viejos sindicalistas y militantes laicos de la Iglesia hasta comunistas revolucionarios (que en los años 1960-1970 eran “pro chinos”). Esta organización está ligada a la Central Argentina de Trabajadores, una experiencia innovadora en las luchas sindicales. No desdeña la lucha electoral y algunos de sus dirigentes ocupan cargos políticos. Procura una política de alianza con la clase media y con los sindicatos combativos y es más proclive a la negociación que al enfrentamiento directo con la policía.
Las organizaciones piqueteras generaron un nuevo tejido social, a partir de originales formas de acción en los barrios, las cuales abarcan desde huertas vecinales hasta comedores y centros de salud comunitarios. Empero, el potencial disruptivo se ha visto ocluido por la entrada en la lógica perversa de funcionamiento del sistema político tradicional. El Estado destina una importante suma anual de dinero para atender los Planes Jefes y Jefas de Hogar y éstos se han convertido, adicionalmente a su objetivo específico, en una fuente de financiamiento de dichas organizaciones. Ellas rompieron el antiguo monopolio del reparto de la ayuda social, que compartían caudillos políticos y sindicales, pero no con la práctica de negociar con el Estado (en los niveles nacional, provincial y municipal) y entre ellas mismas, el quantum del reparto. De ese modo, terminó imponiéndose la lógica clientelística, propia de este tipo de planes, a la cual no escapan las organizaciones más contestatarias.
La otra gran novedad que generó la crisis fueron las asambleas vecinales o barriales, constituidas en algunas de las principales ciudades del país (de modo más destacado en la de Buenos Aires). Fueron - siguen siendo, pese a su tendencia al agostamiento - una formidable experiencia de recuperación de la política, del espacio público y de la participación activa. De hecho, devolvieron a la política su significado etimológico: La derecha y la izquierda realmente existente las vieron como expresión argentina de los antiguos soviets y actuaron en consonancia: la primera, para terminar con ellas; la segunda, proponiéndose como vanguardia de las mismas y haciendo todo lo posible por cooptarlas, provocando una fuerte corriente de vecinos desertores. Por acción de una y otra, pero también por incapacidad de pasar a una instancia superior de organización y acción, las asambleas barriales, más allá de algunas experiencias innovadoras y exitosas, parecen haber entrado en un pantano, al menos como espacio no sólo renovador de la práctica política, sino como embrión de una profundización de la democracia.

Buenos Aires, 20 de febrero de 2003.

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Waldo Ansaldi é professor da Faculdade de Ciências Sociais da Universidade de Buenos Aires.
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