Paco Frutos e o comunismo hoje

Francisco Fernández Buey
Especial para *Gramsci e o Brasil*














Paco Frutos. El comunismo contado con sencillez. Madri: Ed. Maeva, Madrid, 2003.
Poca gente se lo pregunta, pero aún hay en el mundo personas que lo preguntan en serio:¿se puede todavía seguir siendo comunista hoy en día? Paco Frutos, el secretario general del PCE, da por supuesta la respuesta positiva a esa pregunta en un librito reciente que lleva por título El comunismo contado con sencillez. Como ahora no es de buen tono hacer declaraciones de este tipo, casi nadie ha dicho nada del librito en los grandes medios de comunicación. Y, sin embargo, en él hay cosas tan sencillas como veraces que darán que pensar a las personas que se interesan por la vida social.
Yo no creo que después de lo que hemos visto y vivido en el siglo XX haya que dar por descontada la respuesta positiva a la pregunta. Pero pienso, en cambio, que se puede llegar a una conclusión parecida a la que saca Frutos siguiendo un camino oblicuo: por aquello, que decía Machado, de que a veces quien pretende atajar rodea. Hace algunos años el dramaturgo alemán Heine Müller, que sin duda sabía de que hablaba, contestaba a un pregunta parecida más o menos así: todavía se puede ser comunista por comparación, por vía negativa. Esta respuesta me parece atendible. Y quisiera argumentarla un poco para aquellas personas preocupadas por las desigualdades sociales y a las que no les gusta dar por supuesto nada.
De todas las grandes ideas que ha tenido aquella parte de la humanidad que podríamos llamar humanidad sufriente y pensante el comunismo ha sido una de las mejores. Claro que ha habido ideas mejores: la de la conservación del fuego, la de la rueda, la de la palanca, la del alfabeto, la de la relatividad del movimiento local, la de la gravitación... Pero en el ámbito socio-político no ha habido muchas tan buenas. La idea de comunismo viene de muy lejos. En realidad se podría decir que esa idea se pierde en los confines de la historia. No es una idea moderna; se hizo moderna, con Babeuf y con Marx, atendiendo a las desigualdades existentes en la sociedad capitalista, a la extracción de plusvalía y a la explotación social, protestando por ellas y luchando contra ellas. El comunismo hace suyas viejísimas aspiraciones de la humanidad sufriente, de los explotados y oprimidos, de los que sufren por ello y de los que piensan con los que sufren por ello.
Cuando nació como idea, tal vez en los albores de la historia, el comunismo era un humanismo. Tampoco es que eso fuera mucho, pero fue algo importante en un mundo dominado por ideas animalescas (con perdón de los animales más próximos a los humanos). El comunismo moderno es un nuevo humanismo para una fase de la historia de la humanidad en la que el viejo humanismo está ya en crisis.
El comunista quiere que haya libertad en esta tierra. Pero, como la quiere en serio, en tanto que libertad concreta, pregunta, a quienes usan el nombre de libertad en vano, “libertad, ¿para quién?”
El comunista quiere la igualdad en esta tierra. Pero, como no pretende uniformar a los hombres y a las mujeres, precisa qué tipo de igualdad es posible entre seres humanos psíquica y culturalmente diferentes. Aspira, por tanto, a la igualdad social. Más es demasiado.
El comunista quiere la fraternidad en esta tierra. Pero, como sabe que en esta tierra sigue habiendo mucho cainismo y mucho amiguismo que pretenden estar por encima de la justicia, precisa de qué fraternidad se trata: fraternidad entre iguales.
Y al luchar por la libertad, la igualdad y la fraternidad, el comunista se orienta por un principio: a cada cual según sus necesidades; de cada cual según sus posibilidades y aptitudes.
El comunismo es un ideal, una idea sencilla. Brecht decía: lo sencillo es lo difícil. No es un juego de palabras. Es pensamiento dialéctico, pensamiento que conoce la dialéctica histórica. También el poeta alemán sabía de qué hablaba cuando puso el Manifiesto comunista en verso. Lo sencillo es difícil.
Pero no ha habido ideal de la humanidad que, antes o después, no haya sido convertido en mierda por los que transforman los ideales en dogmas, en templos y en iglesias. Aspirar a la mesura y a la prudencia, como querían los filósofos griegos, era una buena cosa; pero en nombre de la mesura y de la prudencia el ser humano ha tolerado lo intolerable y ha condenado la rebeldía de los que no tienen otra cosa que perder que sus cadenas. El cristianismo, dijo Marx, nos enseñó a amar a los niños; pero luego convirtió a los niños en patrimonio privado de los padres. “Caridad” empezó siendo una buena palabra para comportarse con el prójimo próximo en el valle de Caín; pero luego los de arriba identificaron caridad con paternalismo e hipocresía. Los europeos modernos amaron tanto la libertad que hicieron la revolución por ella; pero en nombre de la libertad la burguesía, que un día fue revolucionaria, suprimió o limitó las libertades de los de abajo. Y en nombre de la igualdad el socialismo que se llamaba a sí mismo “real” cometió durante el siglo XX un montón de barbaridades.
Lo sencillo es lo difícil. Engels, uno de los padres fundadores del comunismo moderno, escribió una vez: “Tal vez nos pase a nosotros lo que les ocurrió a los revolucionarios burgueses, que queriendo traer la libertad a este mundo lo que acabaron trayendo fue el Credit Mobilier”. Él no lo supo ya, pero nos pasó. Nos pasó a los comunistas: queriendo traer la igualdad a este mundo acabamos confundiendo la unión “soviética”, el reino de los soviets, la democracia directa consejista, con la unión “cosmética”, con un nuevo poder orientado a la conquista del cosmos que quiso ser superpotencia. Lo dijo Guevara en su momento y lo ha dicho hace poco el hijo de Jruschev, que también debe saber de lo que habla.
Así que para ser comunista hoy, si se quiere serlo en serio, lo primero es el trago amargo. Hay que saberlo: que las grandes ideas, incluida la gran idea del comunismo, se convierten en pura mierda al contacto con eso que, para abreviar, solemos llamar poder. Ha pasado con todas las grandes ideas de la historia de la humanidad, incluidas las mejores ideas científicas y las mejores invenciones técnicas. Y no hay razón para pensar que el comunismo hubiera de ser una excepción.
¿Quiere esto decir que para ser comunista hoy, después del reconocimiento de las barbaridades cometidas en su nombre, hay que convertirse en un cínico misántropo, despreciador de la naturaleza humana? Hay quien piensa así. Pero quien piensa así, piensa mal. Que los grandes ideales se conviertan en grandes porquerías no es algo que esté ya grabado de una vez por todas en el código genético de la humanidad. Eso está escrito, en cambio, en la gramática elemental del poder, que no es precisamente un código genético sino parte de la cultura de los seres humanos, como lo es el cainismo pero como lo es también el altruismo y la fraternidad.
Por eso, porque lo que cuenta en estas cosas es la gramática elemental del poder, una pieza de la cultura humana que se aprende o se puede aprender, ha habido “comunismo” y comunismo. Del libro negro del comunismo circulan muchas copias por ahí. El libro blanco del comunismo lo han escrito y lo seguirán escribiendo aquellos seres humanos, la mayoría anónimos, mujeres y hombres, que se han pasado la vida luchando contra el poder (independientemente del nombre que éste adoptara). O sea, tratando de poner un buen bozal a ese monstruo llamado Leviatán o Behemoth y que se concreta en los estados sin riendas y en las ataduras que ni siquiera son estados.
El monstruo llamado poder tiene tentáculos varios: económico, político, judicial, mediático. Pero, sobre todo, ese monstruo tiene una particularidad muy especial y difícil de reconocer: la de transformarse en amigo de san Jorge cuando los demás tendemos a creer que quien lo ejerce, en algunos de sus tentáculos, es de nuestra cuerda y que, por ello, puede ejercerlo igual que lo habían ejercido quienes le precedieron.
Ser comunista ahora, a pesar de los pesares, querrá decir, por tanto, renovar la vieja lucha de los anónimos contra ese monstruo, hacer algo concreto, con los de abajo, en este mundo, para poner un bozal al monstruo del poder. A este embridar al monstruo lo podríamos llamar democracia radical para diferenciarlo de la democracia demediada que conocemos hoy en nuestras sociedades con el nombre de neoliberalismo.
De todas las descripciones del comunismo que he conocido en estos años, la que más me ha tocado, la que ha parecido más sensata, por lo poco ideológica que era, se la oí a un viejísimo campesino, creo que mongol, en un documental reciente sobre los orígenes de la Unión Soviética cuando ya ésta había fenecido. Explicaba el viejo campesino que en 1918 llegaron a su aldea unos funcionarios de Moscú y dijeron a las gentes allí reunidas que se había acabado el viejo régimen y que ahora empezaba una nueva era: la era del comunismo. A la pregunta desconfiada del viejo campesino sobre qué era esa cosa llamada comunismo, el funcionario de Moscú contestó: “En primer lugar, tener las tierras en común, labrarlas en común y repartir comunitariamente el producto de las tareas realizadas en común; y en segundo lugar, trabajar bien la tierra con los tractores que nosotros os daremos”. “Nos pareció lo mejor” -comentó el viejo campesino-“porque lo primero, labrar en común, es lo que veníamos haciendo desde hacía mucho tiempo; y lo segundo, lo de los tractores, era una ayuda inesperada, como llegada del cielo”.
Esta descripción protocomunista del comunismo no implica la idea de misión, ni promete que quienes realicen la idea irán al paraíso, ni atribuye a los sujetos una particular conciencia de clase, ni dice que las pobres gentes hayan de creer a pies juntillas las nuevas que traen los funcionarios de la modernidad. Es una descripción sencilla del por qué “nos pareció lo mejor”. Tan sencilla que aún podrían hacerla suya los campesinos sin tierra, los ni-siquiera-explotados y los miles de miles de excluidos en este mundo nuestro.
Solo que este mundo nuestro ha cambiado mucho desde entonces. Muchos campesinos de ayer son hoy empresarios agrícolas y razonan como empresarios; muchos trabajadores industriales que ayer luchaban contra su burgués se consideran hoy parte de la empresa en que trabajan y han olvidado lo que quería decir “control obrero”. Marx decía muy drásticamente: “La clase obrera o es revolucionaria o no es nada”. Tal vez no sea eso la primera premisa de un buen silogismo, pero suena a verdad. Y si es verdad (y la mayoría de los comunistas han tendido a pensar que todo lo que escribió Marx es verdad), entonces, por el momento, y dicho con los debidos respetos, la clase obrera no es nada.
Nada, naturalmente, en el sentido del comunismo-misión (una idea, esta del comunismo-misión, que, por cierto, desagradaba mucho a Bertolt Brecht). Pero aún podría ser algo, mejorando lo presente, en el sentido que daba a la palabra el viejo campesino mongol, aquel que en 1918 escuchaba, con tanta atención como distancia, al funcionario que llegó de Moscú. O también en el sentido del valeroso soldado Schwej, el personaje de Hasek-Brecht, que no era precisamente un héroe, pero que, al hacer casi siempre lo contrario de lo que le mandaban sus mandos, creaba en éstos la duda de si era realmente un idiota o un insumiso.
Es posible que ahora, tal como están las cosas, aquella vieja lucha comunista se tenga que renovar por la vía negativa. O sea: no diciendo “el comunismo será así y así”, sino diciendo más bien: “el comunismo no podrá ser así y así”, porque quererlo así (por ejemplo, en el sentido de “a todos según sus necesidades”) sería tanto como: a) rebasar las capacidades humanas, o b) entrar en contradicción con los principios jurídico-morales que nos proponemos plasmar, o c) entrar en contradicción con las leyes elementales de la naturaleza, con la base material de mantenimiento de la vida sobre el planeta.
Siguiendo esta vía negativa el comunista de ahora acabará encontrándose con el viejo Nicolás Maquiavelo de los orígenes de la modernidad: “Conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos”. No hay lucha comunista sin conocimiento, sin teoría, sin ciencia social. Ya los clásicos del comunismo moderno fueron algo más allá del enunciado de los principios jurídico-morales. Y precisaron. Y al precisar sugirieron las formas de poner un buen bozal al poder (del estado y del mercado). Los clásicos del comunismo llaman a eso transición. Si se quiere seguir hablando de comunismo en serio, sin perder el espíritu positivo de la vieja utopía, habrá que seguir precisando en esa línea. Precisando sobre lo que, racional y plausiblemente, no puede ser. Esa es, en mi opinión, la única vía que permite juntar utopía y ciencia sin que las dos palabras se peguen entre ellas ni caer en un cientificismo en el que no puede creer hoy en día ningún aspirante a comunista con formación científico-social que se precie.
Tal vez por eso, porque siguiendo la vía negativa el comunista de hoy acaba encontrándose con Nicolás Maquiavelo en los orígenes de la modernidad, una de las cosas más llamativas del librito de Paco Frutos es que el secretario general del partido comunista apenas hable en él de comunismo (ni siquiera de sociedad socialista) cuando se refiere al futuro. Dice que el mundo necesita una pasada por la izquierda. Habla de democracia radical y participativa, de otra globalización, de nuevo humanismo. Y sobre todo de derechos, de derechos que, por así decirlo, habría que reconquistar: derecho a un trabajo digno, derecho a la vivienda, derecho al agua, derecho a la educación, a la salud y a la cultura.

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Francisco Fernández Buey é professor da Universidade Pompeu Fabra, em Barcelona.
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