Por ocasião da morte de Antonio A. Santucci

Guido Liguori & Francisco F. Buey
Especial para *Gramsci e o Brasil*














1. Antonio A Santucci: In memoriam.
(Guido Liguori, Il Manifesto, 28 fev. 2004.)

Morreu Antonio A. Santucci, conhecido estudioso e editor das obras de Gramsci. Tinha apenas 54 anos, tendo nascido em 2 de outubro de 1949, em Cava dei Tirreni, província de Salerno. Travou um longo combate contra a doença com suas armas de sempre, o understatement e a ironia, por vezes o sarcasmo, o vitalismo inato e o arraigado ceticismo. Isso fazia parte de uma concepção da vida que - repetindo a palavra que Togliatti usou para Gramsci - podemos chamar de “pagã”: inteiramente consciente de nossa finitude, de nossos limites, da felicidade parcial que, apesar de tudo, é justo buscar, bem como da importância das escolhas com que deparamos cotidianamente, da coerência e da consciência que tais escolhas exigem.
Antonio estudou filosofia, dedicando-se inicialmente ao Iluminismo francês, em particular a Diderot. Através da amizade e da colaboração com Valentino Gerratana, logo chegou aos clássicos do marxismo, ajudando Valentino na edição da correspondência de Antonio Labriola e organizando mais tarde um volume das cartas de Marx e Engels. Rapidamente, porém, suas energias foram absorvidas sobretudo pelo estudo e pelo trabalho de edição das obras de Gramsci. No âmbito da Fondazione Istituto Gramsci, Santucci representou, durante os anos 80, um ponto de referência para estudiosos de todo o mundo, tornando-se diretor do Centro de Estudos Gramscianos. Desempenhou muitas vezes o papel de “embaixador itinerante” da própria Fondazione e também do Partido Comunista Italiano; foi o que ocorreu, por exemplo, quando esteve no Chile, ainda parcialmente controlado por Pinochet, para participar numa universidade católica de um seminário sobre Gramsci que, embora semiclandestino, teve uma enorme participação de massa. Com estudiosos italianos e estrangeiros, Antonio participou também, em janeiro de 1991, em Roma, da fundação da International Gramsci Society, a rede internacional de estudiosos e cultores apaixonados do pensamento de Gramsci.
A estreita colaboração com Gerratana - que, além de mestre, era seu amigo fraterno - levou ao trabalho comum de edição dos escritos gramscianos do período 1919-1920 (L’Ordine Nuovo 1919-1920. Turim: Einaudi, 1987). Mais tarde, Antonio organizou e editou as cartas pré-carcerárias de Gramsci (Lettere 1909-1926. Turim: Einaudi, 1992); finalmente, em 1996, encarregou-se de uma preciosa edição das Cartas do cárcere (Lettere dal carcere 1926-1937. Palermo: Sellerio, 2 v.), que pôs fim ao paradoxo de que existiam no exterior coletâneas de cartas do comunista sardo mais completas do que as publicadas na Itália. Entre seus mais recentes trabalhos, cabe lembrar a introdução e a edição dos Saggi sul materialismo storico de Labriola (Roma: Riuniti, 2000) e uma coletânea de seus escritos intitulada Senza comunismo. Labriola Gramsci Marx (Roma: Riuniti, 2001).
Juntamente com os livros baseados num paciente trabalho filológico e científico, Santucci sempre deu grande importância à obra de divulgação do pensamento gramsciano e marxista, oferecendo a um amplo público de militantes e jovens estudiodos livros de introdução (Antonio Gramsci 1891-1937. Guida al pensiero e agli scritti . Roma: Riuniti, 1987; e Gramsci. Roma: Newton & Compton, 1996) e antologias gramscianas (como, entre outras, Le opere. Roma: Riuniti, 1997), bem feitas e de grande successo. Para ele, esse era um modo de ser coerente com os ideais democráticos e comunistas que sempre defendeu.
Depois do fim do PCI, contra o qual se posicionou, Santucci - não sem conflitos - afastou-se nos anos 90 da Fondazione Gramsci, passando a dedicar-se mais intensamente ao trabalho no mundo editorial, primeiro na Ed. Laterza e, depois, na Ed. Riuniti. Ingressou também na Universidade, ministrando cursos em Sassari, Parma e Nápoles e assumindo, mais tarde, um posto estável na Universidade de Salerno. Foi seguramente um professor muito amado pelos estudantes, graças à sua capacidade natural de relacionar-se com os jovens, à simpatia instintiva que despertava, à sua inata curiosidade cultural, ao amplo espectro de interesses e paixões que o animavam e que iam da filosofia à música, da política ao esporte.
À mulher, à filha, aos familiares, o abraço de todos os amigos e companheiros que o conheceram e com ele percorreram, ainda que por um tempo demasiadamente breve, um trecho da nossa estrada.

2. En la muerte de Antonio A Santucci.
(Francisco Fernández Buey)

Ha muerto en Roma, a los 54 años, Antonio Santucci. Era sin duda el mejor conocedor de la obra de Antonio Gramsci y, después de la desaparición de Valentino Gerratana, la persona que más ha hecho para difundir el pensamiento gramsciano en el mundo. De joven fue el principal colaborador de Valentino Gerratana en su excelente edición crítica de los Quaderni del carcere publicada por Einaudi en 1975. Con Gerratana preparó también la edición de los escritos de Gramsci de la época de L´Ordine Nuovo (Einaudi, Turín, 1987).
Durante años fue el alma del Instituto Gramsci de Roma. Allí, en aquella sede romana en la que compartieron precarios medios jóvenes comunistas voluntariosos y viejos resistentes que aún recordaban los días de la guerra de la España, acogía Antonio Santucci a los investigadores que llegaban de los cinco continentes para consultar los manuscritos gramscianos. Siempre lo hizo con una generosidad inigualable y con una simpatía que no olvidaremos. Eran tiempos en los que Gramsci formaba parte esencial de la cultura política italiana y se había convertido en el escritor italiano más consultado (y tal vez leído) en el mundo.
Antonio Santucci puso mucho de su parte para que esto ocurriera. Y lo que es tan importante como eso: siguió trabajando en el mismo sentido cuando lo que había representado Gramsci para la cultura política italiana se vino abajo, al final de la década de los ochenta, y cuando empezó a ser difícil encontrar en librerías la edición crítica de sus obras, ya en la década de los noventa. En esos años difíciles Santucci hizo varias aportaciones sustanciales a los estudios gramscianos, aportaciones de las que quedarán. A él se debe la edición más completa de las cartas de Gramsci: Lettere, 1908-1926 (Einaudi, Turín, 1992) y Lettere dal carcere, 1926-1937 (Sellerio, Palermo, 1996). Él editó la más amplia antología de los escritos de Gramsci: Le opere (Editori Riuniti, Roma, 1997).
Las introducciones que Antonio Santucci escribió para éstas y otras ediciones de escritos de Gramsci tienen una particularidad difícilmente paragonable en la ya inmensa literatura gramsciana. En ellas se junta el rigor filológico, el respeto escrupuloso a los textos y un equilibrio notabilísimo en la interpretación de los mismos. En todas las cuestiones discutidas relativas a la vida y la obra de Gramsci, y ha habido muchas (algunas de ellas discutidísimas), la interpretación de Santucci ha sido siempre decisiva. Lo ha sido por su conocimiento de los textos y de los contextos; por su alejamiento de las modas y de las instrumentalizaciones políticas; por su prudencia al tratar los documentos nuevos que iban apareciendo; por la seria discreción con que abordaba las cuestiones privadas, íntimas, de la vida de Gramsci; por su respeto profundo hacia la persona y sus familiares; por su equilibrio en la forma de tratar la tragedia comunista del siglo XX. Por su veracidad, en suma. No he conocido a nadie que se tomara tan en serio como él aquella frase de Gramsci que dice que la verdad es revolucionaria. Sobre la veracidad gramsciana y sobre lo que significa mantener esta veracidad para los revolucionarios sin revolución, sin comunismo (Senza comunismo fue precisamente el título de una de sus últimas obras) escribió Santucci uno de sus mejores ensayos (Editori Riuniti, Roma, 2001).
Siempre conservaré en el recuerdo sus intervenciones en los congresos gramscianos: en Formia, en Cagliari, en Turín, en Madrid. En los pasillos, en los encuentros esporádicos, en los tiempos de descanso, Santucci bromeaba, ironizaba sobre el pasado, el presente y el futuro: sobre lo que fuimos y sobre lo que somos. Pero cuando llegaba su turno en los plenarios todo el mundo sabía que estaba escuchando lo esencial: las especulaciones en curso sobre este o aquel avatar de la vida de Gramsci, las últimas sospechas y las nuevas instrumentalizaciones políticas se disipaban de repente con su palabra y su saber. Un saber que era también saber estar. Con su ironía, a veces con un sarcasmo no exento de melancolía, Antonio Santucci sabía orillar lo que otros estaban considerando, quizás presuntuosamente, descubrimientos u originalidades. Con él Gramsci volvía a ser un clásico: un clásico del pensamiento revolucionario, un clásico de la acción comunista. Incluso al llegar a ese punto recurría a la ironía: cuando en Formia, en 1989, se planteó que había que leer a Gramsci como a un clásico, allí estaba Antonio Santucci para matizar, con un sonrisa, que no convendría convertir el Instituto Gramsci en una asociación académica para competir con la asociación de estudios sobre Dante, perdiendo con ello lo que más importó al hombre Gramsci: saberse parte de una tradición, la tradición comunista, y actuar en consecuencia.
Por eso cuando la tradición comunista se quebró en Italia Antonio Santucci quedó fuera del Instituto Gramsci. Fue entonces uno de los fundadores de la International Gramsci Society y nos siguió recordando, desde ella, que no debería haber contradicción entre considerar a Gramsci un clásico, aspirando a que este clásico fuera leído y amado por todos (como quería Togliatti), y decir sin miedo, y con verdad, que aquel hombre fue un clásico comunista. Esto lo decía Santucci sin aspavientos, sin alzar la voz, evitando los tonos polémicos, con aquella ironía seria que seguramente había heredado de otro de sus amores intelectuales, tan querido por Marx: Diderot.
En España la obra de Antonio Santucci es poco conocida. Sólo se han traducido un par de ensayos suyos sobre Gramsci, cuando ya Gramsci había dejado de ser “una moda” y una parte de los antiguos gramscianos renegaron de él. Es una lástima, porque su lectura nos habría enriquecido. Pero creo poder hablar en nombre de los quedan si digo que también aquí le recordaremos siempre.
Adiós y gracias, Antonio, compañero. Sé que compañero y compañía fueron las palabras preferidas, y muchas veces repetidas, de tu español gramsciano. Incluso cuando la enfermedad y el dolor empezaron a hacer mella en tu ironía. Notaremos, y cómo, tu falta en los congresos gramscianos. Pero recordaremos tu presencia y lo que hiciste.