Composición
y contraposición
en la política argentina

Vicente Palermo

Especial para *Gramsci e o Brasil*




En los tiempos que corren observar sine ira et studio al menemismo es exponerse a la furia de los dioses. Sin embargo creo que vale la pena correr el riesgo para pensar acuciantes cuestiones políticas presentes. Para hacerlo partamos de una distinción conocida en el pensamiento político, la que se establece entre concebir la política como composición y concebirla como contraposición [1]. Quizás se trate sobre todo de talantes que nortean la acción, no de formas excluyentes de captar la naturaleza de la política. La guia de aquellos políticos que conciben la política como composición no omite en modo alguno la lucha. No obstante, entiende que lo principal es la negociación, las transacciones, que permiten alcanzar resultados, “consensos”, parcialmente satisfactorios para las partes pero (tal su convencimiento) colectivamente beneficiosos y en todo caso superiores a los que podrían ser alcanzados agudizando los enfrentamientos. Como, desde luego, ningún “animal político” desatiende la cuestión del poder (a secas), los políticos de la composición tienen, al respecto, una tesitura que podríamos calificar de optimista y hasta “magnánima”: están dispuestos a compartir poder, porque creen que hacerlo es, para acrecentar su propio poder, más inteligente y fructifero que no hacerlo. Dicho ésto es fácil, por contraste, describir el espíritu que gobierna a los políticos de la contraposición: por un lado, están convencidos de que el resultado colectivamente más beneficioso se consigue mediante la confrontación y la intransigencia, y si es necesario a través de la tajante oposición de intereses y posturas. Por otro lado, en lo que se refiere al propio poder, los domina una tesitura pesimista y nada magnánima: creen que la mejor opción para consolidar el poder propio es quitarle poder a los otros.
Quizás algunos lectores se extrañen pero acto seguido diré que muy probablemente algun biógrafo desapasionado (y distante) del ex presidente Menem llegará a la conclusion, que hoy puede sonar escandalosa, de que, como “animal político”, el diablillo interior que mejor daba su sello a las acciones del riojano era el de la composición, no el de la contraposición. Ciertamente esto tiene en parte que ver con el “pragmatismo” (término impreciso si los hay) que se le conoce al ex presidente: incluso su retórica “neoliberal” más vehemente estuvo al servicio de componer heterogéneas coaliciones y acomodar intereses, y Menem, más allá de la imagen de liderazgo confrontativo y propenso al gobierno por decreto que se ganó, negociaba, negociaba y negociaba. Podía ser enfático en ocasiones al tomar posición pero la misma variabilidad con que definía sus posiciones ponía en evidencia que más que un dueño de la verdad Menem se consideraba a si mismo dueño (mayoritario) de una mesa de negociaciones. Y me atrevo a decir (horrorizando a los pocos lectores que consiguieron llegar hasta aquí) que Menem era “magnánimo”: abria el juego del poder a sectores que conservaban autonomia y margen de accion y no parecia temeroso de hacerlo, sino confiado en que haciéndolo se beneficiaba, aun en el caso de correr riesgos. El problema con Menem no era ésto sino con qué combinaba sus composiciones: mucho más que con la virtud cívica, con un vasto sistema de complicidades. Compartia, negociaba, componia, pero la materia de los entendimientos era opaca y la índole de los vínculos era la complicidad (y a veces hasta la colusión mafiosa). Asi las cosas, no es extraño que el resultado de sus años de gobierno fuera un mix de patrimonialismo y mercado, debilitado a su vez con ingredientes expresivos de insolvencia fiscal y corrupción, mix que no podía funcionar y mucho menos en el marco de un régimen tan exigente como el de la convertibilidad.
El lector ya advirtió el propósito de estas líneas: comparar al Menem de la composición con el Kirchner de la contraposición. En efecto, el diablillo de Kirchner parece decirle al oido que el poder no es otra cosa que un juego de suma cero: “hay un quantum fijo de poder, y sólo puedes acrecentar el tuyo en la medida en que despojes en cantidades equivalentes a los demás”. Y también le dice que el bien colectivo se obtiene confrontando, lo más intransigentemente posible, y en base a posiciones fijas, y hasta que la negociación y la transigencia son comportamientos deleznables.
Evitaré caer en la tonteria de afirmar que uno u otro estilos no son compatibles con el sistema democrático, las instituciones republicanas y la política representativa. En sus versiones extremas, ni uno ni otro lo son; administrados en dosis guiadas por la virtud cardinal de la prudencia, ambos lo son. Lo que no deberíamos olvidar es que ambos tienen también sus riesgos y sus costos. Y que ambos exigen para obtener resultados colectivos beneficiosos, la temperancia, que a veces depende, más que de la virtud de los propios líderes, de la valentia de quienes los rodean. Es patente, por otra parte, que un gobierno que desee fundar sus acciones y su poder en una opinión pública “harta de la política y los políticos” y que cree ingenuamente que la recta política es el triunfo de los buenos sobre los malos, encontrará en el talante de la contraposición la mejor receta para mantener y acrecentar su popularidad. Todavia es temprano para saber si es esa la mejor receta, en la Argentina de hoy, para mantener luego el respaldo ganado (aunque tal vez la “manifestación de independientes” del 1 de abril en la Plaza de Mayo sugiera algunas de las dificultades), y para producir resultados de gobierno en términos de consolidación de las instituciones, juego representativo, equidad social y crecimiento ecónomico.

Buenos Aires, abril de 2004.

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Vicente Palermo é cientista político e pesquisador do Instituto Torcuato di Tella - Conicet, de Buenos Aires.
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Nota

[1] Sigo en esto, de memoria, a Michelangelo Bovero (1985): Lugares clásicos y perspectivas contemporáneas sobre política y poder; Norberto Bobbio y Michelangelo Bovero: Origen y fundamentos del poder político, Grijalbo, México.